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Samuel González-Seijas

Sobre una tumba una rumba

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Enorme como un Frankenstein recién levantado, de modos lentos y pesados, el presidente intentó bailar mientras jóvenes eran asesinados por las fuerzas gubernamentales en las calles de Venezuela. Intentó es una manera aproximativa de decirlo. No sabemos bien si lo logró, aunque quedó clara la intención que tuvo de hacerlo.  Con ese gesto quiso dar inicio a la temporada de carnaval, invitando a la alegría, al relajo. Lo hizo además con la franqueza del ogro de feria, el que destripa la oveja en sus enormes manotas mientras le hace cariño y la muestra a los concurrentes como su posesión más preciada.

¿Cómo poder olvidar ese gesto, cómo calificarlo, cómo pasar la página? Hasta donde es posible recordar, en nuestro país ningún mandatario había logrado extremar la sorna y el desparpajo como pudimos ver ese día. Tal vez Boves y sus mesnadas comparten este cartel. A Cipriano Castro le gustaba bailar y, al parecer de Rufino Blanco Fombona, que lo dice en sus diarios, entre 1904 y 1908 en Caracas no había noche en que no se dispusieran los asuntos para dar una recepción. Y bailar hasta el amanecer. Y tomar champaña. Y las chicas de buen ver. Ah.

Si la política está basada en acuerdos, argumentos y sobre todo en el ejercicio retórico del lenguaje, que ayuda a persuadir, negociar, armonizar los opuestos, es evidente que su poder reside en el ámbito de lo simbólico, allí donde se supone se abre el espacio de la promesa y el consentimiento entre humanos. Y el lenguaje de la retórica no sólo es el de los discursos en el papel, o el de las alocuciones improvisadas, es también, y en ocasiones con mayor poder de comunicación, el del cuerpo y el de la voz.

Pues bien, ese día de comienzos del carnaval, vimos a un hombre para el que la política dejaba de ser posibilidad de encuentro, suma de voluntades. Un hombre que rasgaba el velo definitivamente. Terminamos de constatar lo que todos sabemos desde que heredó el poder. Constatamos que una profunda insania lo gobierna, que un vacío de humanidad suena su aire dentro de él, que, como dirían en los cuentos infantiles, no tiene corazón. Es un gigante sin alma. Qué habrán pensado las mamás y los papás de los muchachos asesinados, qué pudieron sentir al ver esta invitación al festín sobre el dolor incurable de perder un hijo. Si hubiera podido oírse con detalle, tal vez se hubiese sentido el rastrillar de sus inoportunos zapatos sobre la tarima, ese chaz chaz con música de muertos, con lamento, con lágrimas.

Hay una famosa rumbita popularizada por el Sonero Clásico de Caribe que sonaba con fuerza décadas atrás. “Sobre una tumba una rumba” es la petición que hace un hombre dolido pero finalmente vengado por la muerte. Al parecer, una mujer lo engañó, mujer al que él llama Bandolera en la canción, y para la que pide al enterrador que sobre su tumba una mata de abrojos sea su único recuerdo. Pide además que no la lloren, que vaya al infierno y que “el diablo le haga bien”. Entonces, suena el tres magníficamente, la clave se oye nítida, los cueros calientan el aire y los metales entran a rajar con fuerza. Qué sabroso. Bailar sobre los muertos nunca tuvo tanta salsa, tanto guaguancó. Hoy lo sabemos.