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Tulio Hernández

¿Por qué?

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La pregunta la he escuchado muchas veces en los últimos meses: “¿Por qué si en otros países como Egipto, Yugoslavia, Serbia o Filipinas la población en la calle, jugándoselas todas, resistiendo sin violencia, ha logrado salir de sus tiranías, los venezolanos no podemos hacerlo mismo con la nuestra?

Desde que comenzó el 2014 la escucho con mucha más frecuencia. Y el pasado lunes por la tarde, en lo que podríamos llamar “señales de alerta silvestres”, esas que nos llegan sin estarlas buscando, la volví a escuchar en Caracas, en ambientes clase media profesional, formulada cada vez con más angustia, a tres personas distintas en asunto de dos horas.

El dato es estadísticamente revelador. Porque, más allá del azar, la frecuencia de la pregunta revela un nivel de hartazgo colectivo, impotencia, amargura y desesperación en crecimiento exponencial en el seno de la población abiertamente antimilitarista. Revela, además, que quien la formula parte de la convicción profunda de que el actual no es un gobierno democrático y que por lo tanto urge salir de él como se salió de los de Gadaffi, Marcos, Milosevic, Mubarak o Jaruzelsky.

Y, de alguna manera, también, pone en evidencia cierto descontento de algunos sectores con la manera como la dirección política de la unidad democrática conduce con prudencia constitucional su actividad opositora, lo que a juicios de algunos suena a resignación y de otros a “colaboracionismo”.

En algunos casos, la pregunta expresa ganas sinceras de encontrar explicaciones. En otros es una, a veces vedada, otras explícita, acusación de pasividad colectiva expresada en el añadido: “¡No cómo los venezolanos pueden aguantar tanto!”. Obviamente nadie tiene respuestas precisas a unas preguntas tan complejas pero algunas consideraciones pueden ayudar.

La primera es que en estos años la respuesta de los venezolanos demócratas no ha sido pura pasividad. Sería injusto, y además inútil, soslayar el esfuerzo colectivo en activismo político, movilizaciones de masas, construcción de partidos y protesta social que si no han impedido plenamente el avance del blindado proyecto militar autoritario por lo menos ha operado como barrera humana que ha impedido su definitiva implantación.

Que nadie olvide la descomunal movilización de masas del 2002, la más grande de nuestra historia, dicen. Tampoco los costos de su conversión en ópera bufa gracias al secuestro de El Carmonazao y el atajo anticonstitucional. Voluntad colectiva allí había y suficiente, pero igual fue secuestrada.

La segunda, que en la imagen de estos movimientos de masas triunfantes en la calle sólo aparece la foto final y no el largo proceso de luchas, clandestinidades, sufrimientos, persecuciones, reconstrucciones e imaginación política que los hizo posible. En el combate la lucha contra las tiranías no hay, nunca lo ha habido, sobre todo cuando ya se han hecho adictas a la mieles del poder, camino rápido. Política “fast”.

La tercera, que no todas las historias de movimientos de masas derrotando tiranos en la calle tienen final feliz. De los métodos que se usen y los aliados que se escojan dependerá lo que sigue. Allí está la primavera árabe convertida en gélido invierno, el poder en manos de los militares y los jóvenes entusiastas de la revolución echados a un lado.

Y la cuarta, es que la situación venezolana no es la de una tiranía. Como la de Gadaffi o la de Mubarak. Es un autoritarismo del siglo XXI que ha aprendido a jugar con la constitución – y la legitimidad electoral- en una mano y en la otra un garrote vil. Lo que le da un gran margen de juego al gobierno pero le permite a las fuerzas opositoras seguir haciendo política con las dos manos en el marco constitucional.

Escribo estas notas la mañana del 12 de febrero, cuando todo anuncia una intensa jornada de masas estudiantiles enfrentando los abusos del proyecto rojo. Antes que salidas rápidas hay que pensar en la solidez democrática del final. Como dicen que dijo Emiliano Zapata: “Si el pueblo no tiene justicia, que el gobierno no tenga paz”.