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Carlos Peña González

Un triunfo con bostezos

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Nunca —desde que terminó la dictadura— hubo mayor disonancia entre el entusiasmo radical de los programas y el entusiasmo pálido y sosegado de los votantes.
Más de 50% prefirió abstenerse. ¿Cómo interpretar el fenómeno y qué peso tendrá eso para el gobierno de la presidenta Bachelet?

La gente se siente empujada a pronunciarse cuando se siente parte de un colectivo y tiene razones para confiar que otros harán lo mismo. La gente no vota por motivos meramente instrumentales, nadie va a la urna como quien va al supermercado, seguro que obtendrá algo a cambio. La gente vota cuando se siente parte de una comunidad imaginada, con vínculos de lealtad hacia sus vecinos.
Y esto es lo que falla en Chile. Y será el problema de Bachelet.

El acto de votar es perfectamente irracional: creer que un voto puede cambiar o influir el curso histórico en un mar de millones, es perfectamente tonto. Luego, lo racional parece ser no votar, como lo hizo casi la mitad del padrón. Por eso, en todos los países donde la modernización capitalista campea o triunfa (es decir, donde la globalización se acentúa, la individuación se incrementa y la autonomía individual cunde), la abstención es alta o muy alta: en Gran Bretaña pasó de menos de 24% en 1992 a más de 40% en 2001; en Estados Unidos más de la mitad no ha votado en las últimas y las penúltimas presidenciales; la presidenta de Brasil, a pesar del voto obligatorio que allí rige, fue elegida con una alta abstención (y a poco andar su elección se adornó con protestas de las clases medias, las mismas que se abstuvieron).

Y como ocurre que los procesos de modernización deterioran los grupos de pertenencia y acentúan la autonomía individual, lo más probable es que en Chile —donde la modernización capitalista lleva varios años— la tendencia a la abstención haya llegado para quedarse. Es el signo de una transformación subterránea, más que el síntoma de un asunto puntual. Un nuevo estado vital, más que un desgano transitorio.

Nada hace pensar que la abstención de esta vez sea una abstención militante, un acto de protesta de quienes creen, como los anarquistas, que la votación no es más que un simulacro de libertad.
Lo que hay es autonomía e individualismo —¿no son esos los frutos de la modernización?— más que desgano.

El principal problema de Bachelet, entonces, no será la alta abstención con que fue elegida (la que, después de todo, en nada disminuye su legitimidad democrática), sino lidiar con esos millones de personas que carecen de vínculos hacia la comunidad de la que forman parte y creen que su vida depende nada más que de ellos y no está coligada a la suerte de su vecino ni a la de los demás.

Esos millones de personas que no votaron no son opositoras a Bachelet (o adherentes a Matthei), sino hombres y mujeres que están en eso que Max Weber llamaba la “jaula de hierro”: satisfechos con el consumo, esforzados y lidiando con su vida personal y sin un minuto siquiera para detenerse y pensar que quizá su vida individual está atada a otros millones de vidas cuya voluntad, sumada en la política o en el mercado, acabará determinando la suya.

El principal desafío de Bachelet después de este triunfo apenas somnoliento será despertar a esos millones de personas, no para que se sumen a una gesta épica (que no la habrá), sino para que recuperen el sentido de comunidad, el gran problema de las sociedades que se modernizan.
Un triunfo, pues, en medio de bostezos.

Son —mal que les pese— los bostezos de la modernidad.