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Paula Cadenas

La triste soledad de Odesa

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El 27 de mayo, a las 7:20 am escuchaba la radio, era un martes soleado para el sur de Francia, pero de pronósticos reservados para Europa, pues apenas se despertaba de los resultados de las elecciones 2014. Mientras tanto, una enviada especial de France Culture en Odesa intentaba recuperar fragmentos de reacciones. Estupor no sería la palabra para definir cómo se recibían los avances de la derecha, con 25,01% de mayoría del partido del clan Le Pen a la cabeza de parte de Francia, los hoy “cuestionados” ciudadanos de Odesa –por su simpatía hacia Europa– no parecen comprender el que se haya llegado a una situación semejante en la que ganan escaños del Parlamento extremistas antieuropeos que simpatizan y colaboran con la Rusia de Putin e incluso neonazis como los de “Amanecer Dorado” por Grecia. Líderes y mandatarios, como tomados por sorpresa a pesar de las alertas de periodistas, se reúnen de emergencia para tomar medidas. En Odesa se sienten solos. Un hombre que ha perdido la vista en los recientes enfrentamientos entre civiles y fuerzas pro rusas con el conflicto en Crimea expresa apenas su pesar, la periodista enviada intenta así transmitirlo al menos. En los cortos segundos de frecuencia radiofónica, me siento cercana a ese hombre que ve menos, pero percibe más que muchos, desde que a escasos pocos meses presenciara cómo sus soleadas tierras costeras eran amenazadas por un despliegue en zonas cercanas de fuerzas militares del gigante vecino. Vemos confusas imágenes de civiles con armas largas, mientras una creciente lista de 42 muertes sin resolver aumentaba en mayo. Odesa, tierra de hombres antiquísimos, recurrentemente colonizada por Rusia y Ucrania, codiciada “perla” del mar Negro de un poco más de 1 millón de pobladores, y cuyos vestigios dan cuenta de los enclaves griegos y del intercambio político que se gestó mucho antes de que llegaran los romanos. Pero también se cultiva allí el recuerdo de las miles de víctimas del horror nazi, y tienen fresco aún el padecimiento del imperio de la URSS. Allí, como en el resto de Ucrania, se ha cuidado con celo el reciente pasado histórico, contrariamente a lo que ha sucedido en Rusia donde el celo ha sido para seguir modelando un glorioso pasado, mezcolanza de herencia zarista, neoestalinista y neoconservadurismo religioso, una suerte de pastiche ideológico que anima el retorno de Putin bajo los reflectores. Algunos jóvenes de Ucrania pueden estar más alertas con los riesgos de los extremos, mientras que los de la antigua URSS, que han crecido entre censura y medias verdades, pueden ser más proclives a idealizaciones. Claro, es más complejo de entender el pasaje cruzado de estos pobladores que se sienten a su vez herederos imperiales. Las diferencias se radicalizan. Especialmente cuando esta vuelta de un Putin menos dispuesto a negociaciones les traza vínculos imperiales hacia la dorada “Euroasia”, y señala como enemigos a los manifestantes de Maïdan, cuyo movimiento llaman hoy justamente “euromaidan” para identificar así claramente a los partidarios de la Unión Europea, perfilando tal vez a futuros enemigos.

Un hombre que no ve en Odesa, pero entiende mejor lo que sucede, acaso como Tiresias, percibe el peligro que le asedia, ¿nos asedia? Asimétrica amenaza de dinero, poder y cañón contra un cuerpo que es solo cuerpo de una polis y como tal sale en defensa, desnuda defensa. Vientos fascistas animan las costas. Y este hombre de corta vista hoy, con su estupor, tristeza y desasosiego logra ver más que otros que viven en democracia, y gozan sin saberlo, sin verlo, de uno de los proyectos más hermosamente ambiciosos: la Unión Europea. Los resultados de las votaciones, dicen los especialistas, acaban transmitiendo la borrosa percepción que aún se tiene de este proyecto, pues los electores se manifiestan con respecto a sus realidades locales, pero no consiguen ver Europa de manera integral. Osada utopía en la que debemos seguir creyendo, sin embargo, por muy imperfecta que nos parezca, pero que ya es finalmente la de una comunidad de ciudadanos en libre tránsito e intercambio, y no bajo el esquema de control imperial.

Mientras las tensiones aumentan, los bandos se dividen entre extremos, y los euroescépticos y euroapáticos juegan a abstenerse, se busca cultivar la memoria, ¿medida política de última hora? Llegan hoy, 5 de junio, a Francia más de quince mandatarios, entre los que se encuentra incluso la reina de Inglaterra –donde el partido de derecha, antiinmigración y antieuropeo, por cierto, llegó con casi 30% para presidir varios escaños del Parlamento en Bruselas–. El 6 de junio de 1944, hoy hace cincuenta años, fue el desembarco de Normandía, fecha que marca el verdadero inicio –para muchos historiadores– de este proyecto común europeo de cooperación por la democracia y cuyos proyectos se articulan a partir de una de las estrategias principales como forma de trabajo, la del consenso. Esto fue su razón claramente trazada desde el inicio, justo para evitar el resurgimiento de líderes salvadores carismáticos. Pero entre tanta burocracia, corrupción e injusticia, no pocos egos van hallando pasillos para lanzar arengas patrioteras y nacionalistas, discursos de personalidades fuertes para habitantes desencantados que prefieren renunciar a la plaza pública y al ejercicio ciudadano. Pocos son los dispuestos al sacrificio por la unión, empezando por los que cenarán hoy en suntuosos salones parisinos. Toca preguntarse: ¿hasta cuándo seguirán gastando estos mandatarios en festejos, en pompa, en publicidad a color y fuegos artificiales en lugar de comenzar a hacer reformas especialmente de fondo aunque les cueste la popularidad y menos jugosos contratos con los amigos banqueros?