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Antonio Sánchez García

La trascendencia histórica del congreso ciudadano

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Leo no sin agradecimiento y emoción el artículo de Nitu Pérez Osuna en que hace un generoso recuento de lo que fuera la Coordinadora Democrática, el esfuerzo de coordinación unitaria más importante que se haya efectuado en estos catorce años de ruindad y sometimiento. Participé de ese esfuerzo asistiendo diariamente y durante dos largos años a las a concurridas reuniones de su Comisión Política. En las cuales, como bien lo reseña Nitu, participaban todos los partidos políticos, mujeres y hombres de la sociedad civil, con un absoluto desinterés personal y motivados por el empeño en realizar el Referéndum Revocatorio y preparar las condiciones para una transición democrática, seguros como muchos de nosotros estábamos de que venceríamos ampliamente al chavismo.

Las comisiones constituidas bajo el liderazgo más que encomiable y respetuoso del gobernador Enrique Mendoza, las permanentes actividades de calle, las discusiones y trabajos de nuestros mejores intelectuales, han constituido el mejor esfuerzo organizativo e intelectual del que yo tenga memoria en estos 14 años. Participé en tres de ellas: fuera de la Comisión Política, amplia y democrática, fui parte de la Comisión de Política Exterior, que coordinaba Humberto Calderón Berti, y tuve el honor de coordinar la Comisión de artistas e intelectuales. En la primera compartíamos espacio con ese gran venezolano que se nos fuera cuando más lo necesitábamos, Alejandro Armas. En la segunda, con Maruja Tarre, Asdrúbal Aguiar, Timoteo Zambrano, Agustín Berríos, Fernando y Beatriz Gerbasi, María Teresa Romero, Adolfo Salgueiro y otros destacados internacionalistas. En la Comisión de Artistas e Intelectuales fuimos acompañados por Pedro León Zapata, Manuel Bermúdez, Manuel Caballero, Alexis Márquez Rodríguez y todos quienes, participando del mundo de la cultura, compartían nuestros ideales democráticos y anti dictatoriales.

Cumpliendo misiones que se nos encomendaran viajamos a Chile, Argentina, Uruguay y Brasil con Agustín Berríos, Adolfo Salguerio y Pompeyo Márquez, establecimos importantes vínculos con las autoridades, políticos, intelectuales y empresarios de dichos países y dejamos adelantada una importante plataforma de solidaridad con Venezuela. Mientras otros miembros viajaban a Colombia, a Ecuador, a Perú y a distintos países europeos. Inolvidables los encuentros con el Cuerpo Diplomático acreditado en Caracas en pleno. La oposición agrupada en la Coordinadora Democrática era respetada como la legítima representación del conjunto de las fuerzas democráticas, más allá de partidos y conciliábulos.

Ha sido una auténtica tragedia que ese extraordinario esfuerzo de convivencia democrática, multisectorial y abierta a todas las formas de lucha garantizadas por la Carta Magna no tuviera la capacidad de resistir el embate de las adversidades y que el empeño por integrar a partidos políticos y sociedad civil en pie de igualdad tras un maravilloso objetivo común, haya sido sobrepasado por la voluntad hegemónica de los partidos políticos, la relegación de la participación ciudadana a mera masa de respaldo electoral y las formas de enfrentamiento contra la dictadura reducidas a la participación en procesos electorales manejados a discreción por una suerte de dependencia ministerial del ejecutivo, bajo candidaturas manejadas en sus cotos cerrados por los partidos tradicionales siguiendo caprichosos mecanismos de imposición y formas de entendimiento con la dictadura absolutamente ajenos al conocimiento y la voluntad de las mayorías.

De allí que el proceso de enfrentamiento de la oposición con la dictadura haya pasado por dos grandes etapas: la de la participación activa y popular de la sociedad civil, en coordinación con los partidos políticos, desde comienzos de 1989 a mediados de 2006, que viviera los momentos estelares de la oposición democrática: la rebelión popular de abril de 2002, que fuera la acción más exitosa de los demócratas al obtener la salida del autócrata; el Referéndum Revocatorio, escandalosamente pervertido tras un fraude continuado al que la Coordinadora Democrática, en su más grave y escandaloso error de cálculo, ni enfrentara ni fuera capaz de rechazar; y el rechazo de las bases populares, indignadas por dicho fraude continuado, a participar de las elecciones parlamentarias de diciembre de 2005, con el mayor rechazo electoral conocido en la historia de la democracia venezolana: 83%.

El acuerdo de Teodoro Petkoff, Julio Borges y Manuel Rosales para participar de las elecciones presidenciales de 2006, con el magro resultado electoral sufrido entonces, le devolvió a los partidos políticos su plena hegemonía sobre el conjunto opositor, desplazando toda actividad de la sociedad civil, protagónica más que exitosa hasta dicha fecha, pasada directamente a retiro. Dicha hegemonía se ha impuesto hasta la conformación de la MUD, los resultados electorales de abril de 2013, el abandono de todo reclamo ante las evidencias del fraude, incluso tras la consignación del reclamo ante el Tribunal Supremo de Justicia y el fracaso electoral de diciembre de 2013. Tras del cual se avizoraba una larga, infructuosa y adversa travesía por el desierto electoral de 2014 y 2015 bajo la forma de una plena apatía.

El resto es historia. Ese ciclo abierto por el teodorismo, PJ, UNT, AD y los restantes partidos en 2006, llegando a su mejor expresión con la conformación de la MUD, se ha agotado, ha llegado a su fin. Vivimos los coletazos de su crisis. Ante el llamado de Leopoldo López, María Corina Machado, Antonio Ledezma, Gabriel Puerta Aponte y los restantes partidos que le acompañan, como Proyecto Venezuela y la Causa R, vuelve la sociedad civil a asumir el protagonismo directo de su lucha por la reconstrucción democrática nacional. Complementando y fortaleciendo el rol de combate de los partidos políticos. Es la tarea que se plantea el Congreso Ciudadano: volver a asumir el desafío de luchar cuerpo a cuerpo, puerta a puerta y palmo a palmo, Partidos y Sociedad Civil, por el rescate de la dignidad nacional y la democracia republicana. De su éxito depende la sobrevivencia de la República.