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Francisco Suniaga

La transición militar

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Fieles a la cultura democrática que se creó y desarrollo en el país entre 1958 y 1998, millones de venezolanos tienen la tendencia a juzgar los fenómenos políticos posteriores a ese período con los paradigmas analíticos de aquellos años. Así, muerto el comandante-eterno, tras un oscuro resultado electoral en abril, con una economía descuadernada y con una división interna producto de la lógica disputa por el liderazgo del chavismo, se comenzó a hablar de una necesaria transición.

Cuando se habló de transición, se hablaba de una transición en positivo, una transición democrática, hacia lo mejor, hacia la normalidad institucional. El paso primero de ese proceso habría sido, obviamente, el reconocimiento de la oposición y su liderazgo. Una vez cubierta esa condición sine qua non, se pudo haber negociado, no necesariamente de manera expresa, el desmontaje el aparato político e institucional creado por el eterno para administrar violencia y atacar a los opositores. Un monstruo que va desde los motorizados armados hasta el Tribunal Supremo de Justicia, pasando por todos los entes que integran el Poder Moral. A partir de allí, las elecciones que se fuesen realizando habrían terminado por normalizar la vida política del país.

Se pudo incluso haber pensado en un plan de emergencia económica conjunto que protegiera al bolívar, hoy devaluado y devaluándose, y no sometiera a los venezolanos a una inflación cercana al cincuenta por ciento anual, este y los próximos años. En fin una transición como la de los chilenos o la de los españoles a finales de los setenta, eso esperaban los demócratas.

Pero ese no ha sido el caso. Quienes pensaban en Chile y España han terminado en Bielorrusia. Lo que Maduro y los “barones” del chavismo han ejecutado, ha sido una transición absolutamente negativa, desconocedora de la oposición democrática (de hecho, parte importante de su tiempo, un recurso muy escaso para cualquier presidente, lo consume en conspirar contra ella y su liderazgo),que avanza hacia la oscuridad del autoritarismo militar. Aquellos venezolanos que desde 1958 clamaban y pedían un gobierno militar, pueden darse por satisfechos porque si este no es uno, se parece muchísimo.

A medida que se hundía en su debilidad personal y política, Maduro decidió aferrarse a los militares y entregarle con una rata creciente posiciones de mando importantes en el aparato del Estado. Hasta la economía y su funcionamiento tiene un estado mayor (Órgano Superior de Defensa de la Economía) dirigido por un general activo. Por supuesto que la culpa no es toda suya, ese camino quedó demarcado por el comandante-inmortal. Ahora está claro que cuando Maduro habla de “radicalizar el proceso” se refiere a esto, a militarizarlo y hacerlo aún más autoritario. Todavía hablan de unión cívico-militar, ya se verá por cuánto tiempo.

En los modelos teóricos de economía política que los académicos de Estados Unidos han elaborado para tratar de predecir los fenómenos políticos que florecen entre sus convulsos vecinos, hay uno que se resume en una terrible conclusión: las experiencias populistas de izquierda en América Latina terminan en un golpe militar de derecha. Allende fue el caso más emblemático, pero no el único, también se cuentan la de Velasco Alvarado en Perú, Getulio Vargas (y ni qué decir de Juan Domingo Perón e Isabelita, si es que, como al chavismo, con indulgencia se les considera de “izquierda”).

Factor determinante en ese destino terrible es la política económica de esos regímenes. En su afán de “hacerle justicia” al pueblo, incurren en barbaridades económicas que conducen a mega devaluaciones e hiperinflación. En ese ambiente, la política se distorsiona y el régimen se desmorona. En su clásica Macroeconomía del populismo, el extinto Rudiger Dornsbusch, explica paso a paso el proceso que conduce a ese infierno. Al contrastar ese modelo con esta realidad venezolana, el resultado ciertamente da miedo.

Las últimas decisiones de Maduro: su radicalización en el discurso y en las acciones y su insistencia en obtener una ley habilitante (para lo cual han violado la Constitución y los derechos humanos de diputados opositores y pervertido la voluntad popular de darse representantes legítimos) apuntan todas en la dirección que el modelo predice.

Por eso cuando haga su entrada al Palacio Federal para solicitar a la Asamblea Nacional poderes ilimitados para acelerar su paso hacia los abismos de una dictadura, no estarán en el pórtico escritas las palabras del infierno de Dante, pero bien podrían estarlo: “Pierde toda esperanza, tú que entras”.