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Ángel Oropeza

Entre la transición y la ingobernabilidad

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Ningún observador serio de la realidad nacional pone en duda que el próximo año será de agravamiento de las ya críticas condiciones que caracterizan el día a día de la mayoría de los venezolanos.

El gobierno perdió en 2014 una oportunidad dorada para “medio ordenar” los severos desequilibrios macroeconómicos y atacar algunas de las causas estructurales de nuestros problemas más urgentes, como la inseguridad y la pobreza, a pesar de tratarse del último año no electoral que le quedaba de aquí en adelante, disfrutar de altos precios del petróleo durante gran parte del año y haber contado con una oposición limitada en su acción por sus contradicciones internas. Ahora enfrentan una situación radicalmente distinta: año electoral, crudo en baja y una oposición en vías de reorganización.

Para colmo de males, el gobierno no posee un plan alternativo al de creer que el “legado” que heredaron es correcto. Según su visión, lo que estamos sufriendo no son consecuencias de la inviabilidad estructural del “legado”, sino simples accidentes temporales, producto de la caída del petróleo y de la supuesta inmadurez de los venezolanos para adaptarse al modelo comunistoide que se les quiere imponer. En consecuencia, la crisis debe ser tratada solo con movimientos tácticos, esto es, tratando de apagar los incendios a medida que vayan surgiendo y buscando fundamentalmente la preservación de la clase política gobernante, ya que es solo cuestión de tiempo para que el precio del crudo vuelva a subir, y se pueda volver al camino trazado por el hegemón anterior.

Por supuesto, la reiteración en este error solo conduce a aumentar las probabilidades de que Venezuela entre de lleno en una indeseable situación de ingobernabilidad. Recordemos que la definición más básica de “ingobernabilidad” hace referencia a cuando el gobierno pierde el control de los procesos políticos, económicos y sociales de un país.

En este escenario de peligro de ingobernabilidad creciente, de deslave de la popularidad del gobierno y de movimientos fuertes en la dinámica de lealtades en la base del oficialismo, tendrán lugar unas cruciales elecciones para la Asamblea Nacional. En las actuales circunstancias, y si la oposición hace las cosas bien, la probabilidad de que el oficialismo pueda ganar no solo esa, sino cualquier tipo de contienda electoral, luce muy difícil.

Su única esperanza –de nuevo, dadas las variables actualmente en juego– es esperar que la oposición caiga en el error de ir desunida a las elecciones, o que vuelvan a cobrar fuerza los ingenuos llamados a la abstención “hasta que la dictadura no ofrezca condiciones democráticas”. No hay nada mejor para quien va a perder que esperar que el que pueda ganar no vote.

Por supuesto, también intentará las clásicas jugadas de corrupción electoral, que van desde adelantar la fecha de los comicios para afectar el cronograma de escogencia de candidatos de la oposición, hasta el “inflado” poblacional de circuitos que considera ganadores, pasando por la modificación arbitraria de algunas circunscripciones, todo esto “aderezado” por un aumento de la persecución política contra dirigentes opositores. La intención última es tratar por todos los medios de enredar la elección parlamentaria, ante el convencimiento de que no tiene hoy fuerza para desafiar a una voluntad popular en demanda y necesidad de cambio.

De fracasar en su intento, al oficialismo no le quedará otra opción que enfrentar las derrotas electorales que se le vienen encima, e ir preparando un escenario de transición política, todavía tan incierto como el país que vivimos. Solo errores garrafales de los múltiples sectores que se oponen al gobierno, o el intento desesperado de los privilegiados por mantener el statu quo, aun a costa de la gobernabilidad, pueden atravesarse en este escenario.

Lo cierto es que en 2015 parece abrirse un incierto camino que nos puede conducir a una transición inminente o, en su defecto, a una situación de peligrosa ingobernabilidad.