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Alberto Soria

La trampa no perdona

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Los tramposos no dejan santo con cabeza. Ni botella sin etiqueta. Le dan duro a la credibilidad. Pero puede haber finales felices.

Acaba de pasar. A finales de diciembre, dos sucesos de falsos tesoros salieron a luz al mismo tiempo.

Una pintura de Murillo comprada por un cura parece que no es de Murillo, sino de sus alumnos. Unas botellas de vinos famosos, con precios exorbitantes en subastas, no nacieron en el viñedo francés. Eran producidas en la cocina de un estafador.

El final de cada historia es diferente. El párroco dueño del cuadro-tesoro decidió exhibirlo en su catedral. Habrá peregrinaciones para verlo. A ocho horas de vuelo, el fabricante de falsos grandes vinos de leyenda masticará en soledad los años que gozó de aplauso y fama. Sus cómplices han desaparecido. Ahora nadie lo conoce.

 

I

Los especialistas en lienzos del artista sevillano Bartolomé Esteban Murillo (1617-1682) se enfrentan. Enrique Valdivieso, el máximo experto en el pintor barroco, asegura que el original está en un museo de Nueva York.

El Ecce homo que el párroco Joaquín Caler presentó la semana pasada en Guadix (Granada) es “una réplica recortada” que podría haber salido del taller del artista barroco. Lo dice Valdivieso sin dudar un segundo. No existiría solo esa, sino muchas. Las pintaban los alumnos del taller del maestro, antes de su muerte. Y después también. Don Joaquín, el párroco, decidió exhibir su cuadro por un año en la catedral. “Siempre estuve convencido de que compraba un Murillo”, dijo a El País de Madrid. Pero quienes le vendieron creían que la pintura era de autor anónimo, y del siglo XIX.

 

II

Después de vivir en la opulencia en “la hoguera de vanidades” norteamericana, Rudy Kurniawan fue encarcelado y declarado culpable en Nueva York. Se dice que enfrentará en abril de 2014 la posibilidad de una condena por más de 20 años. Está pasando a la historia como el mayor falsificador de vinos franceses.

Según el FBI, fabricaba en su cocina falsos grandes vinos legendarios de Borgoña. Los vendía en subastas (Nueva York, Londres, Hong Kong) a multimillonarios ignorantes: muchas botellas eran de añadas que nunca existieron en las casas productoras.

Ahora se sospecha que, solo, no pudo. Que hay más. Quizás muchos, haciéndolo al mismo tiempo. Los falsificadores han convertido las subastas de vinos para pantallar en negocio grande y extendido. No se sabe cuánto.