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César Pérez Vivas

La tragedia desnuda

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Durante casi tres lustros el verbo encendido del comandante, y la brutal propaganda del régimen, le permitió a la cúpula roja esconder, justificar, manipular y mentir sobre el proceso de destrucción nacional que se estaba ejecutando, en nombre de los pobres, de la patria y del socialismo, y bajo el pomposo nombre de “revolución bolivariana”.

Los voluminosos recursos financieros que el petróleo produjo en la última década permitieron comprar lealtades internas y externas, corromper a la sociedad, hacer populismo, montar el más gigante aparato de propaganda política que haya conocido un gobierno en el mundo occidental, en medio siglo. 

Frente a todas las violaciones de los derechos humanos, frente a todo desaguisado de la cúpula gobernante o de cualquiera de sus agentes políticos, siempre había una excusa o un culpable, que en ningún caso era el gobierno o sus representantes.

Siempre se fabricó un enemigo a quien acusar de los desastres, a los que diariamente nos hemos venido enfrentando. Cada día que pasa, se agota la creatividad oficial. Ahora “las historietas” y los enemigos son cada vez más fantasmagóricos, más irreales. Nadie, ni siquiera los más fanáticos partidarios del régimen, se comen los cuentos de Maduro, Diosdado y sus cooperadores cuando aparecen con declaraciones buscando justificar la cada día más dramática tragedia que vive el país.

El régimen hace metástasis en todos sus órganos y en todos los niveles. El cáncer que corroe sus entrañas se muestra cada vez más dramático, y no hay forma de esconder sus incuestionables manifestaciones.

El aparato de propaganda al servicio de la autocracia gobernante se empeña en mostrar cada día una realidad que solo existe en sus libretistas, pero que cada ciudadano percibe como una burla, porque choca con la dramática realidad a la que tiene que enfrentarse en cada jornada.

Por una parte, la crisis económica se revela cada vez más espantosa. Por la otra, la crisis moral hace estragos en las entrañas mismas del régimen.

Nunca antes los venezolanos habíamos sufrido una escasez como la que estamos enfrentando. Los socialistas han logrado el prodigio de quebrar un país, en medio de una bonanza nunca conocida. No solo dilapidaron esa riqueza, sino que destruyeron el aparato privado, con lo cual nos han hecho un país absolutamente dependiente de las importaciones para alimentarnos, vestirnos y curarnos. La caída que estamos observando en el precio del petróleo en el mercado internacional nos va terminar de hundir en la pobreza. Si con barril a 100 dólares hemos llegado a la precariedad que vivimos, con el petróleo a menos de 80 las consecuencias serán dramáticas.

La crisis económica explota junto con una crisis moral de imponderables consecuencias. El asesinato del diputado comunista Robert Serra y la confrontación de los colectivos (movimientos paramilitares rojos) con la policía judicial revelan un proceso de descomposición ética, que la cúpula roja no logra esconder recurriendo al desgastado libreto del paramilitarismo colombiano, del ex presidente colombiano Álvaro Uribe, del imperio o de la CIA. La verdad ha venido saliendo a flote a pesar de las cadenas de Nicolás Maduro, o de su silencio en otros casos, buscando desviar la atención nacional.

La violencia en el mundo del chavismo muestra el rostro materialista e inmoral de quienes, por aferrarse al poder, han tomado el camino de aliarse con el crimen para hostigar a la disidencia, tolerando sus movimientos y conductas, aprovechando para ello el control absoluto que ejercen sobre el sistema judicial del país.

Ni la crisis económica ni la descomposición ética de las estructuras políticas y paramilitares, cuya erupción es inocultable, pueden ser maquilladas o ignoradas. Sus reveladoras consecuencias están ante los ojos de todo el país.

La tragedia se ha revelado integra y está desnuda ante propios y extraños.

Eso no quiere decir que el proceso de descomposición haya terminado. La situación siempre puede deteriorarse aún más. De ahí la responsabilidad de los sectores dirigentes de nuestra sociedad. La lucha por producir el cambio político, esencial para reconstruir el país, no puede traer males adicionales y mayores.

Ante la desnudez de la tragedia nacional, la tarea de quienes luchamos por el cambio debe intensificarse hasta convertir en poder real el inmenso malestar que se apodera de la nación. He ahí el gran desafío.