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Juan Esteban Constaín

Los trabajos y los días

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Fui a que me tomaran una foto para un documento. La típica 3 x 4 de toda la vida, con sus viejos rituales y sus viejas normas que están allí desde que éramos niños, o aun desde antes: el fondo blanco y sucio, el cepillo para peinarse –me tocó la época en que a uno le prestaban saco gris y corbata roja–, y esa especie de cubículo lleno de espejos por el que se metía la cámara y disparaba sin avisar. Clac, clac, clac: ojos cerrados o muy abiertos, facciones bruscas. Y el pelo: del pelo mejor ni hablemos.

Lo increíble, o no, no sé qué sea peor, es que caminé varias cuadras por la carrera 15 de Bogotá y no pude encontrar un solo sitio de fotografías donde me tomaran una. Ni uno solo, ni siquiera un Foto Japón. Lo juro: caminé y caminé y solo al final del túnel, en un centro comercial, di con un lugar casi clandestino y vergonzante de Kodak, donde un buen hombre, con su bata blanca, solitario, hacía cuentas en una de esas viejas calculadoras con cinta de papel. Fue como si de golpe yo entrara a 1989.

Entonces le pregunté que si allí tomaban fotos; una como la que yo necesitaba, de 3 x 4, con fondo blanco. El tipo asintió con rigor profesional, quizás emocionado o sorprendido. Me señaló el cubículo, me dijo que me sentara. Cogió su cámara y la limpió con parsimonia y resignación. “Levante un poquito la cara”, fue lo único que me dijo antes de disparar: clac, clac, clac. Esperamos más de cinco minutos hasta que estuvieran las fotos, él las cortó. Luego las puso en un sobre y me las dio.

Y mientras caminaba de regreso por la 15, se me ocurrió hacer hoy esta columna sobre eso: sobre los oficios que están condenados a desaparecer y que pronto ya no veremos más; sobre los que han ido desapareciendo en nuestras propias narices, llevándose consigo un pedazo muy grande de nuestro pasado y de nuestra vida, de lo que fuimos. En eso consiste también el progreso, sin duda, y así ha sido y será siempre. Los trabajos y los días van cambiando con la historia. Eso lo sé de sobra.

Recuerdo que cuando yo era niño, por ejemplo, al frente de mi casa pasaba todos los días, muy temprano, un camión con un pito estridente: era el del lechero, que llegaba con tarros rebosantes de leche recién ordeñada, o eso creíamos todos, y uno iba con su ollita para que el tipo se la llenara con lo que fuera: 50 pesos de leche, o 20, qué sé yo. Con él, en las vacaciones, iba también un niñito que lo ayudaba: debía de ser su hijo o su sobrino, y hacía el trabajo en silencio, con gran devoción. Un aprendiz y un heredero de ese oficio ancestral.

Hace poco entrevisté a don Alfonso García Solano, quien se dedica a uno de los oficios más nobles que uno pueda imaginarse; un oficio que ya en su nombre promete la belleza, el oficio de la caligrafía. En él lleva 40 años don Alfonso, tratando de escribir con buena letra. Allí están sus plumas y sus cuchillas, la piedra en que las pule; y están sus pergaminos, sus tintas, sus borradores. Pero hace más de un año que nadie los toca, hace mucho que ya nadie los necesita para nada.

Cartero, telegrafista, telefonista, tipógrafo, mago de fiesta infantil, fotógrafo de parque, celestino, picador de hielo, afilador de cuchillos, deshollinador de chimeneas, campanero, barbero, sombrerero, encuadernador, plañidera y tantos oficios más que ya no existen, o cuyos últimos sobrevivientes son unos héroes: los custodios de un saber que morirá con ellos; protagonistas de ese bellísimo verso de Eliseo Diego: “El hacha y el serrucho bajo el brazo, / ¿quién eres tú, señor de cuál oficio?”.

Es el progreso, ¿no? Algún día alguien se lamentará por la desaparición de quienes hoy nos arreglan los computadores.

 

catuloelperro@hotmail.com