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Fernando Londoño

El tono moral de Santos

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Cuando Juan Manuel Santos invitó a Álvaro Uribe a su posesión, como nunca en la historia había ocurrido, lo hizo con el propósito de humillarlo en público, notificarle que no jugaba con él la virtud retrógrada de la gratitud y que haría como Presidente lo que le viniera en gana. Que sería, por supuesto, todo lo contrario de lo que se había hecho en los ocho años anteriores. No supimos calificar esa felonía. Era cuestión de tono moral.

Para declarar a Hugo Chávez, el patán golpista que destruía a Venezuela y cuantos valores y riquezas albergara ese nuestro país hermano, como su nuevo mejor amigo, no bastaba parecerse a Chávez, para cumplir aquello de las afinidades electivas. Con tener su propio tono moral bastaba.

Para mentir una vez y otra y ciento sobre el tema de sus acuerdos con las FARC en La Habana, negándolas con obstinación y con la cara de los que jugando póquer niegan su par de sietes, no es menester aparecer como embustero redomado y engañador empedernido. En lo que mejor sabe Santos, algunos dicen que lo único, que es jugar póquer, al que miente así lo llaman jugador excelente, cañador fantástico. Y Santos obra de tal modo porque no se somete a nuestras reglas universales de conducta. Para él mentir es cuestión de tono moral.

Cuando en medio del debate sobre su marco para la paz estalló la bomba que asesinó a nuestros dos escoltas, hirió a más de cuarenta personas que escaparon de morir por los caprichos de la onda explosiva, y nos dejó vivos por gracia de Dios y obra de San Miguel Arcángel, ahí no tartamudeó don Juan Manuel un instante. De la mano de su carnal general Naranjo, que tanto se le parece en estas cosas, inventó una extrema derecha que podía ser la culpable de la bomba. A otro lo acusaríamos de farsante. Con Santos la cuestión es distinta: la de su tono moral.

Para estas elecciones sustrajo de la hacienda pública tres billones y medio de pesos para repartir mermelada entre sus áulicos, compradores de conciencias y mercaderes de la dignidad de un pueblo, sin que llegara a inmutarse al ser sorprendido con los detalles que salían de sus propios computadores. Pues sin asomo de vergüenza dice ahora que se trata de inversiones regionales, de excelente pronóstico para el bien público. Peculador desfachatado le dirían los que criticaran su conducta juzgándola éticamente imputable. Pues se equivocan. Los discípulos de Antístenes y Diógenes, los cínicos, son irreparablemente así. Delinquen sin notarlo. Es cuestión de tono moral.

Como resultado de esas elecciones quedó en manos de Musa, de ‘Ñoño’ y de Yahír, los privilegiados de la mermelada que mejor supieron usarla en la compraventa de almas, como en Rusia se llamaba a los siervos irredentos, y que pasan a ser los jefes de su partido. No le importa. Es cuestión de tono moral.

Los cuatro muertos y diecisiete heridos de Quibdó no le quitaron un minuto de sueño; los cuatro soldados asesinados en Montañita no le van ni le vienen; los dos policías muertos a garrotazos en Tumaco y luego degollados no califican para detener la farsa de La Habana. Es cuestión de tono moral.

Y es por tal irremediable ausencia de control y armonía en su conducta, por lo que a Santos le importan una higa los estudiantes masacrados en las calles de Caracas; o las mujeres y los ancianos violentados; o la prisión de Leopoldo López y mañana la de María Corina Machado, o el mayor acto de saqueo al que ha sido sometido un pueblo entero.

En su tono peculiar le parece muy bien respaldar al mamarracho de Maduro en la OEA y en Unasur. Para conseguir lo que convenga con la medida de su felicidad o su interés, todo le vale igual. Eso enseñaron los cínicos que ya citamos, que nuestro presidente aprendió sin estudiar. Asunto de tono. Simplemente.