• Caracas (Venezuela)

Opinión

Al instante

Rodolfo Izaguirre

El tigre azul

autro image
  • Tweet:

  • Facebook Like:

  • Addthis Share:

Las veces que veía venir a mi vecino el abogado M. R., un hombre gordo, de avanzada edad, afable y de andar pausado, lo saludaba con mucha cortesía: “¡Buenas, doctor! ¿Cómo está?”. Y él, mirando hacia algún punto en el espacio, levantaba la mano como si avizorara a alguien distante y contestaba invariablemente: “¡Aquí, con mi asma!”. Y al decirlo, sentía uno que, en efecto, ella estaba junto a él haciéndole compañía como una joven amante amorosa y dedicada, y resultaba razonable, pensaba yo, que los familiares del doctor M. R. aceptaran resignados o complacidos aquella relación entretejida en el parsimonioso y taciturno andar de mi vecino.

Era como si con la inasible Asma hubiese vuelto al perdido paraíso de la niñez: ese tiempo de ensoñaciones que hizo estallar de júbilo al niño que fuimos cuando comenzamos a conocer y a jugar con las formas y los colores y animábamos los objetos otorgándoles una vida secreta. Un tiempo en el que todo adquiría vida propia y las sombras, una grieta en el muro, el rumor de los árboles que se mueven en la noche brotaban desde el fondo de algún misterioso lugar asumiendo una asombrosa corporeidad.

El tiempo, también, en el que aparece el amigo imaginario con quien emprendemos gloriosas aventuras mientras aseguramos una prodigiosa interrelación entre la realidad y la imaginación que permitirá explorarnos en la medida en que también deformamos las cosas, las moldeamos a nuestra manera y tratamos de parecernos a ellas con el único propósito de afirmar nuestra existencia a fuerza de ensoñaciones.

Tal vez presentíamos; sin saberlo, desde luego, al poeta que igualmente borra los límites y mantiene encendido el resplandor del universo interior que lo separa de las incertidumbres y desasosiegos de esta realidad a veces áspera y endurecida que acecha la alegría de vivir que tanto despierta y fortalece la imaginación.

Mi hijo Rhazil encontró a Yeti, un bondadoso monstruo de la montaña que se hacía presente cada vez que lo llamaban. ¡Un día regresó al Ávila y no volvió más! Boris sostuvo una larga amistad con el Conejo Salvador, en homenaje, creo yo, a Salvador Garmendia que visitaba mi casa con frecuencia. (¡La vez que jugando con fósforos casi incendia su cuarto culpó al Conejo de las llamas!). Valentina, por su parte, conoció al Tigre Azul que vivía en una lonchera y le lamía las manos; pero la amistad fue desvaneciéndose en la medida en que ambos advirtieron que el mundo de los adultos interfería y malograba sus fantásticas aventuras. Vio al Tigre por última vez desde la ventanilla del avión en el aeropuerto de Barranquilla: una mancha azul que corría veloz hacia un hangar y entraba en él buscando, seguramente, nuevos y excitantes episodios. Pero todavía persiste en Valentina no solo la gloria de haber traído al mundo a un tigre azul cobalto, sino que, al igual que sus hermanos, insufló alma a los objetos; algo importante porque llegados a la edad adulta les atribuimos un carácter sagrado y doblamos amorosamente la manta que nos protege del frío o cuidamos la olla en la que cocemos los alimentos.

Y así avanzamos por el mundo compartiendo los resplandores que nos iluminan desde dentro y nos defienden de este otro mundo real que nos obliga a vivir y nos sonríe a veces, a pesar suyo.

Y vuelvo a ver a mi vecino caminando con pasos tristes y melancólicos en compañía de Asma, su amiga invisible, y cada vez es como si me encontrara con el eterno animal de costumbre que observaba, vigilaba y devoraba todos los días a mi amigo el extraordinario poeta Juan Sánchez Peláez, quien no supo nunca, mientras tensó el arco prodigioso de su vida, que existían líneas divisorias entre lo real y lo imaginario.