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Atanasio Alegre

El tiempo traicionado

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El hombre que acaba de llegar de Munich rueda una maleta por la T4 hacia la entrada del Metro que lo llevará a Madrid. Es un periodista enviado por un semanario alemán para saber, primero, e informar después, qué es lo que va a pasar en España de cara a las elecciones generales de diciembre. Su nivel de español es el de un nativo, ya que su madre fue una dama de la mejor sociedad latinoamericana y el padre, un industrial alemán que encontró a la que sería su esposa –¡mira por dónde!– en un crucero.

El recién llegado ha alquilado previamente un estudio en la calle de Isabel la Católica con vista a la Gran Vía y es allí donde se aloja. Este final de noviembre que da por cancelado un espléndido otoño con sus correspondientes sanglots des violons de l´automne, que cantaba el poeta francés, confiere a esta cosmopolita ciudad de Madrid un tono de nostalgia y pesadumbre, acentuadas por un golpe de lluvia fina que no ha logrado, en todo caso, despejar las calles del centro de la ciudad de gente que va y viene. Van y vienen y el hombre, viendo la cara de la gente joven piensa que tal vez regresen de una entrevista laboral sin éxito, dada la dificultad de encontrar trabajo en uno de los países con los sueldos más bajos y el paro más alto de la Unión Europea.

Se equivoca. Es viernes y la mayor parte de los jóvenes, que ni siquiera esquiva esta lluvia que tan civilizadamente comienza a caer, busca el sitio donde van a pasar en compañía la velada que inicia el fin de semana. Lo comprobará el periodista alemán más tarde cuando ya con la ciudad a boca de noche emprenda un recorrido por una de las zonas de marcha que le han recomendado, el distrito de Malasaña. Lo que ha visto bien merecería por sí una crónica. ¿Dónde quedan las noches de Munich en cervecerías donde beben clientes silenciosos en esta región de Alemania que se ha ganado, incluso, el título de la Andalucía alemana?

Pero no viene a levantar una crónica sobre las formas de vida de los españoles. Viene a otra cosa, aunque bien pensado el asunto, esto también influye en lo que políticamente puede pasar. De todas maneras, un distrito tan animado en una ciudad europea no tiene comparación con el que aquí ha visto.

Con esta idea, el hombre, nuestro periodista de marras, se recoge en su estudio después de haber cenado algo en uno de los restaurantes de la calle Preciados.

La prensa de la mañana siguiente que ha revisado, primero por Internet y luego en los tres periódicos más importantes, dan noticia de tres cosas: de la muerte del organizador de los atentados de París, del ataque al hotel Radisson Blue en Bamako, Mali, y sobre todo, del cuarenta aniversario de la muerte del general Franco. Franco constituye todavía la obsesión de la izquierda española: mientras más radicalizada, mejor. Franco gobernó con mano férrea al país durante cuarenta años. Y a su muerte, contra toda previsión, se sucedieron cuarenta años de paz y progreso. Un progreso que ha colocado a España entre las diez naciones más avanzadas del primer mundo.

España, sin embargo, cuyos políticos habían pactado la llamada Transición, una suerte de olvido de las atrocidades cometidas por ambos bandos durante la guerra civil y luego en la posguerra, han vuelto a las  andadas en el sentido de que dan por caducada aquella transición para comenzar una nueva.

Nuestro hombre se formula ya desde el primer día después de estas impresiones una hipótesis: España podría seguir el camino de la recuperación económica bajo los dos partidos más importantes –el bipartidismo del PP y del PSOE, frente al que combaten el comunismo no disimulado y el otro que se esconde bajo el ala del socialismo del siglo XXI– si llegaran a un acuerdo para formar una mayoría de gobierno en coalición como ha sucedido en Alemania. No va a ser posible, y no lo va a ser porque la izquierda –es su obsesión, incluyendo al partido socialista– está empeñada en caracterizar como franquista a la derecha española, apoyándose en aquella vieja fórmula: todos los franquista eran españoles, pero no todos los españoles eran franquistas. Los segundos, los limpios de cualquier corrupción, somos nosotros, la izquierda, dicen. A la llamada derecha española –que no lo es, sino más bien una forma autóctona de liberalismo– no le importa para nada la figura de Franco por dos razones: primero, porque muchos de ellos no vivieron esa época y segundo, porque su visión es de futuro y no del pasado.

Así las cosas, las puertas quedan abiertas para la formación de un frente popular entre las izquierdas. Justamente, la formación contra la que se rebeló Franco y dio origen a la guerra civil

Esta es su hipótesis, que tratará nuestro periodista de comprobar y, a partir de ahí, dar cuerpo a una crónica que merezca el nombre de tal para la revista a cuyo servicio se encuentra. 

Teóricamente no me parece que va mal encaminado el hombre. Eso es así, al menos es lo que he podido apreciar en este encuentro ocasional en el que me ha abordado en el café Varela, donde suelo acercarme para dar un repaso a la prensa inglesa a disposición de parroquianos y huéspedes en este espléndido local situado en la primera planta del hotel Preciados.

En todo caso, cuando ya, entrados en el tema, me pregunta por el título  que yo pondría a una crónica política sobre lo que van a traer estas elecciones españolas, le digo sin titubeos: El tiempo traicionado.

 

atanasio9@gmail.com