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Javier Solana

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El drama de los refugiados ha situado a Europa frente a dos realidades innegables: la distinta respuesta de sus Estados miembros ante la acogida de refugiados y la insostenibilidad de su posición ante el conflicto sirio. Tan grave es rechazar a los que huyen de la persecución como no trabajar por la paz en Siria. No olvidemos que los refugiados son solo un síntoma de la enfermedad cruel y duradera que supone la guerra civil siria.

Los defectos de la legislación europea de asilo y la diferencia de trato que los Estados miembros dan a los refugiados ya eran evidentes, pero los 350.000 refugiados que desde enero a agosto han cruzado las fronteras europeas y los más de 2.600 que han fallecido ahogados en el Mediterráneo nos han abierto los ojos. Las condiciones inhumanas a las que se ven sometidos muchos de los que huyen de la guerra no pueden admitirse en países europeos.

Junto a la pretendida división entre la Europa del norte y del sur –a raíz de la crisis económica–, la posibilidad de que Reino Unido abandone la UE y la crítica situación de Grecia, esta crisis humanitaria está provocando una nueva grieta: entre el este y el oeste. La UE no se puede permitir más fisuras y debe ser tajante con los Estados miembros, sirviéndose de todas las vías posibles para que respeten sus obligaciones legales, internacionales y europeas.

Con la misma urgencia la UE tiene que implicarse en la construcción de la paz en Siria. Para ello, es vital entender en qué punto del conflicto nos encontramos y, con responsabilidad y decisión, ayudemos en la solución. Hemos oído en muchas ocasiones que hay más de 4 millones de refugiados que huyen del conflicto sirio, que supera los 4 años y medio de duración. No hay que olvidar que, además, hay alrededor de 8 millones de desplazados internos y ha causado la muerte de más de 200.000 personas. De los 22 millones de habitantes que tenía Siria en 2011, más de la mitad han muerto o están desplazados, ya sea dentro o fuera del país. Esta catástrofe humanitaria no puede extenderse por más tiempo.

Hoy Siria es un país completamente dividido. El control del territorio se encuentra repartido entre el régimen de Bashar al-Asad, las fuerzas de la oposición, los kurdos y el Estado Islámico. La guerra civil ha permitido que el Estado Islámico logre una organización con capacidad para llenar el vacío de poder que dejaría la eventual desaparición del régimen sirio y controlar el país.

Sin embargo, no podemos dar crédito a la elección que nos plantea Moscú: el Estado Islámico o el gobierno de Al-Asad. En los últimos días se han levantado numerosas sospechas acerca del supuesto aumento de la ayuda militar que el gobierno de Putin está otorgando al gobierno de Al-Asad. Desde Moscú no se ha confirmado de manera tajante, pero su discurso sobre la importancia de combatir al Estado Islámico en el país, apoyándose en el régimen, es cada vez más frecuente. No hay que olvidar que, desde el principio del conflicto, Rusia ha querido mantener el gobierno de Al-Asad para conservar su influencia en Oriente Medio.

Sin embargo, es erróneo pensar que se puede acabar con el Estado Islámico sin llegar a una solución política en Siria. Una operación militar dirigida contra el Estado Islámico sería, si acaso, únicamente una solución parcial. No acabaría con el conflicto político que ha sido la causa del auge del grupo terrorista, así como del inicio de los masivos desplazamientos forzosos. Es necesaria la solución política del conflicto sirio para que la lucha contra el Estado Islámico sea un éxito.

Al pensar en la construcción de la paz y de un nuevo Estado sirio no podemos volver a cometer los errores del pasado. En Irak se intentó reconstruir el Estado desmantelando por completo el régimen de Sadam Hussein y sin contar con las estructuras previas, lo cual llevó a un vacío de poder del que se aprovecharon las milicias sunníes y, finalmente, el Estado Islámico. Siria tiene que reconstruirse contando con parte del Estado existente e incluyendo a los alauitas (la secta del régimen actual) en una gran coalición, junto con los opositores y kurdos. Sin un acuerdo de unidad nacional, el gobierno del país no sería efectivo y el terrorismo ocuparía su lugar.

Por otro lado, hay que ser consciente de que, al igual que Rusia, Irán apoya al gobierno sirio, y sin Teherán es prácticamente imposible lograr un acuerdo. Mientras tanto, Arabia Saudita, Turquía y Qatar no quieren apoyar una solución que incluya a Al-Asad. El bloqueo no puede mantenerse, no podemos dar por imposible el alcanzar un acuerdo. Todas las crisis acaban con las partes sentadas en una mesa de negociaciones. Esta no puede ser menos.

La Unión Europea, que estos días se ve tan afectada por una de las consecuencias de la guerra, tiene que asumir un mayor liderazgo ante la cuestión siria y presionar para que las partes pacten una solución política. Para ello es primordial que los Estados europeos mantengan una posición común y apoyen los esfuerzos del enviado especial de Naciones Unidas para Siria, Staffan de Mistura, que ve en las negociaciones entre la UE, Estados Unidos, Rusia, Irán y Arabia Saudita la única opción de lograr la paz.

La UE debería instar al E3/EU+3, el grupo que logró el pacto nuclear con Irán, a reunirse de nuevo, con prontitud, para realizar los primeros contactos. Se ha comprobado que han sido capaces de alcanzar consensos por muy distintos que fueran sus intereses. Más adelante, el formato de negociaciones podrá avanzar e incluir a Arabia Saudita, Irán y Turquía.

Tenemos que centrar nuestros esfuerzos en lograr la paz en Siria de manera urgente. No hay más tiempo disponible. Cuatro años y medio son demasiados para un pueblo que ha perdido toda esperanza y al que pocos quieren acoger. Nos urge a todos construir la paz en Siria y un nuevo Estado que la garantice.