• Caracas (Venezuela)

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Ana Julia Jatar

¿Dónde terminará todo esto?

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Venezuela es un volcán de incertidumbre, división, cansancio, desilusión, arrechera, jodedera y esperanza. Es un acertijo difícil de descifrar.

Entre el vértigo del colapso, la premura de la necesidad y la punzada de la anarquía, mi patria ya no se pregunta para dónde va, sino más bien: ¿cómo terminará esto? Esta diferencia es profunda. Y es que el venezolano por encontrarse atrapado ante la omnipresente miseria de sobrevivir el hoy, ya no descubre espacios para imaginarse un futuro.

Venezuela está en una encrucijada en la cual ni la oposición ni el gobierno la convencen de la posibilidad de un mañana mejor. El populismo reina y nadie le ha explicado al país que eso de repartir lo que otros han construido nos lleva a más miseria y que para no hacer colas hay que echarle bolas.

Pero todavía no se ven suficientes líderes que sean capaces de articular esa narrativa. En vez de repartir migajas de la destrucción, necesitamos dirigentes que nos digan que Venezuela ya no es rica y que solo se enriquecerá con el trabajo y el esfuerzo de todos. Yo no sé si de este desastre saldremos por la vía electoral, se los confieso, pero en el ínterin necesitamos  la construcción de esa narrativa con soluciones viables que nos indique el camino de cómo salir desde este desierto hacia la tierra prometida.

Entre las poderosas armas de las tiranías, además de la embrutecedora indignidad de la escasez y la servidumbre que trae consigo, predomina la nefasta incertidumbre: ¿me expropiarán? ¿Me llevaran a la cárcel? ¿Qué le harán a mi familia? ¿Sobrevivirá mi hijo en La Tumba?, o ¿en Ramo Verde?

Desafortunadamente, para el futuro de la libertad de todos, esa incertidumbre que nos imponen, esa eterna espada de Damocles sobre nuestras cabezas y que nos hace temer por lo que más queremos en la vida, es lo que ellos necesitan para mantenerse en el poder. Y por eso tenemos que quitárnosla de encima. Somos rehenes de un régimen, no solo quienes sufren tortura y cárcel, todos estamos presos, lo sentimos en la calle, en las colas, en las morgues, en la bochornosa creciente desigualdad entre quienes tienen dólares y los que cobran un miserable sueldo con un bolívar que cada vez vale menos. Todos sabemos que somos rehenes, las cifras de los economistas no nos  hacen falta.

Si en Venezuela no se conforma una alianza para la unidad nacional para sacarnos del desastre al cual nos está conduciendo el gobierno de Maduro,  nos vendrá una crisis humanitaria que desbordará las fronteras en una devastadora realidad. Ante la brutal escasez de alimentos y medicinas, miles de venezolanos, sobretodo los mas débiles morirán y otros optarán por emigrar a Colombia, Brasil y al resto del hemisferio. Venezuela se convertiría en un problema de seguridad continental.

Despertemos, porque mientras nos adormecen con colas y escasez, la crisis humanitaria nos toca la puerta.