• Caracas (Venezuela)

Opinión

Al instante

Rodolfo Izaguirre

¡No termina de despertar!

autro image
  • Tweet:

  • Facebook Like:

  • Addthis Share:

A veces, de manera brutal, basta que asome por la ventana de mi cuarto la claridad de la mañana para que se borren los buenos y malos sueños que me acariciaron o atormentaron durante la noche. En otras, tal como hacen algunos Nocturnos de Chopin, los sueños cruzan un arco radiante y luego se desvanecen suave y lentamente. En un instante se extinguen las rocambolescas peripecias que estuve protagonizando en casas en las que jamás viví en la infancia con seres muertos que aparecen en lugares que no fueron suyos; alturas y abismos de peligro, reiteraciones y persecuciones sin tregua que se interrumpen al despertar. Mary Ferrero, la esposa de Adriano González León, despertaba a Adriano en mitad de la noche para advertirle que en su sueño un hombre malencarado con camisa roja lo estaba buscando para matarlo. Adriano, sin abrir los ojos, gruñía o mascullaba: “¡Dile que no me has visto!”, y seguía durmiendo, soñando tal vez que Mary lo estaba despertando para avisarle que un desconocido malencarado lo buscaba para matarlo y él gruñía mascullando un “¡Dile que no me has visto!”.

En todo caso, con estos sueños míos que inevitablemente se desmoronan al amanecer no habría podido acompañar a los surrealistas franceses que convertían sus prodigiosos sueños en extraordinarias obras poéticas como acostumbraba hacerlo Robert Desnos muerto de fiebre tifoidea en el campo de concentración de Terezin en Checoslovaquia, ocho días después de ser liberado por el Ejército ruso en junio de 1945. En su último poema a Yuki, su mujer, y antes de que él se convirtiera en sombra de sí mismo, suspiró: “Te he soñado tanto; hablado y caminado tanto y amado tanto tu sombra que has perdido tu realidad. Sólo me queda ser cien veces más sombra entre las sombras. La sombra que vendrá una y otra vez a tu vida iluminada”. Mi amigo el fallecido poeta José Lira Sosa sufrió en vida la absurda, injusta y lastimosa confabulación de sus apellidos. Sin embargo, escribió Fiat Lux, un libro importante. En París lo oía lamentarse de no poder poetizar sus sueños como lo hacía Desnos porque, contrariamente al autor de Rrose Sélavy, de Les Portes Battantes y de Le Veilleur du Pont-au Change, él solo soñaba exasperantes banalidades.

Del mismo modo que olvido los sueños, también se desvanecen en mi memoria quienes de una u otra manera me han ofendido porque desatiendo sus nombres y se me borran sus fisonomías. Hace años, una burocrática directora de cultura en el oriente del país me trató tan mal que al regresar a casa pedí que no mencionaran el nombre de aquella horrible mujer; pero meses más tarde a las puertas del Conac, Belén me vio conversando animadamente con ella porque no la recordaba y era como si la estuviese viendo por primera vez. Pero es difícil olvidar las ofensas y agravios del autócrata y los de sus ordinarios delfines porque sus espesuras son tales que no logran disolverse en la fragilidad de nuestra memoria. Tampoco podemos olvidar los insultos porque fueron y son constantes, groseros, agresivos y vulgares como si surgieran de alguna taberna marinera; de alguna casa sin número y farolito rojo en la puerta. Ellos arrojan sobre nuestra vida civil los detritus de la misma desvergüenza con la que arropan la inconstitucionalidad de sus actos políticos, la corrupción a todo nivel, la arrogancia de una áspera cultura cuartelaria de carato de avena a las 5:00 de la tarde en lugar de una fina copa de jerez.

¡Olvido mis sueños, sí! Pero es un asunto personal. En cambio, ¡es difícil olvidar y perdonar la humillación que abruma a un país que no termina de enterrar a Juan Vicente Gómez y tarda tanto en despertar de la pesadilla!