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Catalina Mertz

La tentación de lo simple

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Dicen que castigar a los delincuentes con largas penas de cárcel es lo único que permitirá bajar los delitos en nuestro país. Por lo tanto, lo que importa es que los policías reaccionen rápido y pillen a los malhechores, y que fiscales y jueces pidan y otorguen penas ejemplares.
La verdad es que, justamente, eso lo que hemos hecho estos últimos ocho años: hemos duplicado el gasto en seguridad pública, logrado récords regionales de tasas de personas recluidas, y hoy gastamos 5% del presupuesto en policías, Ministerio Público y hacer cumplir las penas.
El problema es que la reacción de los policías siempre llega tarde –el delito ya ocurrió– y las penas de cárcel han resultado mucho más costosas que beneficiosas, sobre todo en el caso de los jóvenes. Y sucede que alrededor de 80% de los delitos se puede predecir. La mayoría de los delitos ocurren en unos pocos lugares, a determinadas horas, y son cometidos por unos pocos.
Sí, ¡la prevención!, responderán algunos pensando en educación, empleo, vivienda y salud. Pero acá está la segunda trampa, porque las políticas sociales no bastan como políticas de prevención del delito. Pueden servir de puertas de entrada y contribuir, pero no pueden sustituir programas especializados y focalizados en niños y jóvenes.

En Chile hoy no hay programas hasta que son condenados, y una vez allí no hay iniciativas evaluadas. No es ahí donde hay que gastar, sino que hay que gastar bien, pues son varias las ideas bienintencionadas que no solamente no han tenido impacto, sino que han hecho daño.
Derribado el segundo simplismo, nos encontramos con el nudo de fondo de la prevención social del delito en Chile, que he llamado “discriminación por omisión”.

Mientras no se impulse la prevención desde todos los sectores, seguiremos fallándoles a aquellos niños y jóvenes cuyas vidas son hoy truncadas para siempre por involucrarse en la delincuencia.