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Ricardo Ramírez Requena

La tentación de escribir

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Rafael Castillo Zapata es un poeta que, por razones inexplicables, a veces ha quedado fuera de algunas antologías. De igual manera, sus trabajos teóricos, ensayísticos, en los que aborda con inteligencia asuntos más que interesantes (el bolero, por ejemplo) no han tenido la difusión que merecen. Reconocido académico, la escritura del Diario lo ha acompañado durante muchos años, pero apenas recientemente podemos disfrutar de ellos. Travesías. Diarios de viajes. 1990-2010, es la primera compilación de estos textos. Luego, han aparecido dos compilaciones más y todas gracias a la editorial La Laguna de Campoma.

Tratados. Diarios. I: La tentación de escribir. 2008 es la reflexión más completa que Castillo Zapata nos ha ofrecido hasta ahora, alrededor del hecho escritural y, en especial, la escritura del Diario. Escritura que lo escribe a él y nos escribe a nosotros, sus lectores. Libro en donde la duda, la reflexión, el resplandor y un epicureísmo crepuscular, sereno, reina en cada palabra.

El Diario comienza en agosto de 2008, cuando el autor se plantea lecturas, la exploración de la vida y obra de Salvador Novo, en tiempos de Revolución mexicana todavía, y en esa exploración el análisis del poeta y su tiempo, del poeta y aquello que debe sacrificar o no, en la modernidad. La exploración de Castillo Zapata recorre todo el Diario, analizando, decantando el lugar de Novo en la literatura de un espacio geográfico (México, Latinoamérica) y ese espacio geográfico en las dinámicas de su escritura. A través de esa exploración, en donde la homosexualidad de Novo y la propia del autor es auscultada, diseccionada, podemos ver un planteamiento que recorre toda la literatura moderna: cuál es el lugar del escritor en el mundo, y cómo ese lugar está determinado por la experiencia de la marginalidad, la autocensura, las concesiones a la sociedad a la que se pertenece por temor a un ostracismo, y la decisión mayor: qué escribir, cómo escribir, en una época ingrata y dura de oído; cómo escribir, para qué escribir, cuando los interlocutores son tan pocos. ¿Cómo saber cuándo hemos perdido en contra del ejército de falsos oidores?

Kierkegaard, una lectura de Blanchot de Kierkegaard, Foucault, forman parte del entramado teórico que Castillo Zapata va utilizando para hilar, al calor de los días, sus reflexiones mayores en el Diario. Diario que se explora desde la escritura misma del Diario, del asombro ante esa escritura y ante el mismo transcurrir de los días. En ese ínterin, aparece siempre el poeta, con sus dictados, limitaciones, peculiaridades. Como esta, señalada por Blanchot alrededor del Diario de Kierkegaard:

“Tal es el papel del poeta, ocuparse en el plano de la imaginación del ideal religioso en lugar de intentar realizarlo en la existencia. Así, existe para los secretos más profundos una forma de comunicación que es la del poeta, forma auténtica, indudablemente, pero marcada por el hecho de ser comunicación de lo que no es en sí mismo. ‘El hecho de ser poeta, afirma, es la expresión de que no me identifico con el ideal’. Revela idéntica situación cuando escribe en el Diario: ‘Parece que mi destino sea exponer la verdad, arruinando al mismo tiempo toda mi posible autoridad”.

Hay siempre en Castillo Zapata la duda ante la importancia o no del Diario; se confronta, lo confronta con lo que otros autores dicen o realizan; avanza, retrocede, a través de los planteamientos de Blanchot y de la escritura de un autor como Connolly, por ejemplo. Hay un vínculo, a partir de lo que Blanchot dice de Kierkegaard, por ejemplo, entre sacralidad y máscara en los tiempos modernos. El poeta, el escritor, como fingidor, como diría Pessoa, pero también como pura máscara, espacio hueco por donde pase el lenguaje, la poesía (esto cercano a Keats), más allá de las intenciones, planes, ideas compositivas del mismo creador en su tiempo y a la luz del gusto de su público. No dejo de pensar en la idea, el concepto de bufón en las indagaciones de nuestro autor en cada acercamiento a Novo, por ejemplo. La bufonada como verdad exagerada por la máscara, lo barroco que nos reclama en la autenticidad de nuestra representación: la máscara como única realidad en un mundo sin dioses.

Estas lecturas, acercamientos, intuiciones de Castillo Zapata, no son ajenas al país en 2008. Todo lo contrario: son un espejo en donde ver(nos). Su exploración, a través del Diario, del lugar del escritor en la sociedad moderna y contemporánea, se extiende a todas las costas del país en un tiempo determinado y fijo, que se mueve a la luz (y a las sombras) de los días. El 6 de septiembre escribe:

“El diario como campo de maniobras para darle vueltas y ejercitar la posibilidad de decir, por esos caminos, algo que contribuya a mantener un punto de arraigo en medio de la debacle moral, la desesperanza y la confusión: ese punto de arraigo es la poesía, por paradójico que parezca.

En realidad, no tenemos más bases sólidas a las que recurrir que a las que nos han proporcionado nuestros escritores a lo largo del siglo XX, y principalmente los poetas, aunque hayan sido leídos por una evidente minoría (y precisamente por eso, porque la poesía no se ha convertido en una referencia ética para mayor cantidad de gente en este país, esta democracia está sufriendo esta peligrosa crisis; reafirmar los vínculos entre poesía y democracia sería uno de los aspectos a propósito de los cuales nosotros podríamos y deberíamos decir algo)”.

Los vínculos entre la poesía y la democracia: esa exploración es el camino que traza cada día de este Diario: arte, literatura, poesía y sociedad, política, ágora.

Castillo Zapata explora un camino ético, señalado más arriba y uno estético: aquel que da autoridad al Diario para ser un género literario, una forma auténtica y artística de expresión, que no debe considerarse menor. El autor propone, por ejemplo, las mismas exigencias que Pound y Eliot pedían para la poesía, para el Diario: exactitud, laconismo:

“Romper los enlaces que dan demasiado volumen al detallismo de la prosa y eliminar estratégicamente las marcas referenciales que impliquen la intención de producir un retrato demasiado fidedigno, con una intimidad demasiado púdicamente expuesta. El diario como ecce homo fragmentado, insinuado, encubierto”.

Castillo Zapata va finalizando el Diario, su recorrido, con acercamientos a Monterroso, Borges, Chesterton y el humor en la literatura, la plenitud, la felicidad. Temas difíciles de encontrar hoy en día en las reflexiones altas de la cultura: han sido dejadas a la autoayuda, a otros géneros en los que la escritura no es un arte. Nuestro autor se complace en la lectura de estos autores y, a partir de Foucault, se plantea un gran proyecto de exploración de los movimientos y vanguardias de la modernidad, incluida Latinoamérica en ese proyecto, desde Novo como motivo disparador de esta exploración maravillosa.

La serenidad final de Castillo Zapata, una melancólica tranquilidad, en donde lo amargo hace espacio a lo dulce, nos complace y hace entender el carácter redondo, en cuanto a exploración vital, de este Diario 2008. Estas palabras hacia el final de los textos de este año, claramente nos los dice el 27 de noviembre. Con ellas, invitamos a leer todo el Diario, sin dudarlo:

“Constatar que sí han existido y existen Marco Aurelio escribiéndole a su maestro Fronto, Chesterton celebrando la bienaventuranza de la risa, Borges evocando versos en anglosajón, John Shade paseándose por el campo imaginario de una universidad recitando fragmentos de sus Cantos en Pálido fuego, el personaje de Giulietta Masina en La Strada, las trompetas que acompañan el Sanctus del Réquiem de Fauré, la Reticulárea de Gertrud Goldschmidt, los objetos de Reverón, una tarde en un campo de golf en Caracas junto a la respiración de A, una playa en Niza contemplada desde una explanada plateada de olivos, un beso nocturno en una playa de Puerto La Cruz, el collage, el clavecín, la lasagna de mi madre, mi madre, mi padre, mi hermana, mis amigos, mis alumnos, el vino, los muchachos, M., los kouroi (su sonrisa), el chocolate, el mar, el olor de la canela, los libros, el baile, la escritura, la devoción de Mireya Damas, las cerezas, el pandoro, las moules con papas fritas, el vino blanco helado, la conversación, la vida tiene sentido, la humanidad significa algo para mí y me alegra pertenecer a ella”.