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Demetrio Boersner

2015: temores y soluciones

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Recuerdo pocos años que se hayan iniciado en un ambiente de tantos temores universales (parcialmente justificados) como el 2015 que en estos días nos abre sus brazos.

La economía mundial se encuentra en crisis. Junto con la caída de los precios petroleros después de las cotizaciones de los demás “commodities”, no solo se vienen abajo los sueños de las “potencias emergentes” (ex aristocracia de la comunidad de países en desarrollo), sino que se han agravado los síntomas de estancamiento o de recesión en el propio mundo desarrollado. La única excepción positiva la constituye Estados Unidos, donde (en parte por las acertadas políticas de Obama) la economía se halla en proceso de recuperación de los daños sufridos en la gran recesión de 2007-2009. Estados Unidos, en nueva etapa de crecimiento productivo y de reducción del desempleo, con su dólar fortalecido frente al euro y otras monedas, podría retomar el papel de motor central de la economía mundial y sacar de abajo las demás naciones mediante un incremento de sus importaciones, dando estímulo a la actividad productiva de aquellas.

Sin embargo, tal desenlace positivo no es seguro. Destacados analistas de la economía mundial predicen un porvenir sombrío. Opinan que el abandono del dirigismo keynesiano, a raíz de la contrarrevolución neoliberal de finales del siglo XX, ha dado a la oligarquía financiera transnacional un inmenso poder para desordenar la economía del mundo concentrando la riqueza en pocas manos y debilitando la capacidad de consumo de los pueblos, lo cual podría conducirnos a una depresión global peor que la de 1929.

En el ámbito político-estratégico, algunos se preocupan por la posibilidad de una nueva “guerra fría” que podría luego calentarse y convertirse en apocalipsis. Unos pocos recurren a analogías históricas absurdas, comparan a Putin con Hitler y opinan sobre estrategia sin mirar el mapa. Ello es peligroso, porque el que así proceda puede hacerles el juego a “occidentalistas” fanáticos o codiciosos de las riquezas de Eurasia, ignorando el hecho de que Rusia ocupa ese espacio con legitimidad histórica forjada durante un milenio. Ucrania, que históricamente formaba parte de ese espacio, e incluso del propio Estado ruso, ganó su legítima y respetable independencia nacional con el entendido de que esa independencia, consentida por Rusia, no debía servir de pretexto para adoptar actitudes perjudiciales o peligrosas para esta. Ucrania es, geopolíticamente, un factor vital para la seguridad de Rusia en su flanco suroccidental, y un elemento importante (aunque no vital) para su bienestar económico. Rusia podría aceptar (aunque sea de mala gana) que Ucrania ingresase a la Unión Europea, pero jamás que se hiciese miembro de la OTAN, alianza militar que fue creada con específica finalidad antirrusa.

Vladimir Putin, gran patriota y estadista capaz, pero con rasgos censurables –conductas autocráticas, malcriadez diplomática frente a gestos de buena fe, padrinazgo de un movimiento europeo fascista–, en todo caso ha reiterado su disposición a aceptar arreglos negociados del problema ucraniano, sin pretender anexar territorio de ese país más allá de Crimea. A diferencia de ciertos “halcones”, sobre todo norteamericanos, los estadistas sensatos de Europa occidental parecen inclinarse hacia la pronta búsqueda de un gran arreglo que permita el levantamiento de las sanciones europeas contra Rusia y la estabilización de una Ucrania inclinada hacia Occidente pero militarmente neutral. Ello podría ir de la mano con la exploración de un eventual pacto de cooperación económica “neohanseática”, que abarcaría Rusia, Ucrania, Bielorrusia, Polonia, los Estados bálticos, Finlandia, los reinos Escandinavos y Alemania.

En este mundo tenso pero dispuesto a los diálogos, Venezuela desentona con un ambiente de inmovilismo causado por la obstinación oficialista. Ojalá la presión de las necesidades objetivas rompa los muros de intransigencia despótica.