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Guillermo Cochez

¿Por qué temer a los extranjeros?

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Desde hace algún tiempo observo que nos hemos olvidado de qué clase de país somos. De qué hemos sido formados y de dónde venimos. Somos un país multirracial, integrado por originarios, los menos; mestizos, bastantes, pero desde la colonia, muchos mezclados con extranjeros. En la Constitución de 1904, todo colombiano residente en Panamá que quisiese adoptar nuestra nacionalidad era bien recibido. Mi caso, al igual que el de muchos, refleja esa mezcla que somos: Cochez, francés; Farrugia, italiano; Humbert suizo, Ayala, español. Mi abuela paterna Humbert nació en Cartagena, Colombia y su madre en Calí, dueña de una fonda, casada con un relojero suizo.

A finales del siglo XIX, en los inicios de la construcción por los norteamericanos del Ferrocarril, y posteriormente del Canal por los franceses, los constructores tuvieron que buscar mano de obra en el Caribe y traerla de países asiáticos; no había suficientes panameños o criollos para la construcción de las gigantescas obras. Así, nuestros hermanos afrodescendientes y chinos se fueron convirtiendo en parte esencial de nuestra nación, al quedarse viviendo en Panamá luego de terminada la vía interoceánica. Muchos intereses creados alrededor de las casas de inquilinato que ocupaban hicieron posible que no se fueran de aquí.

Es lo mismo que sucedió en Venezuela a finales del siglo XIX, por la hambruna que se dio en Europa y por los inicios de la I Guerra Mundial a principios del siglo XX. Fue así como ese país suramericano recibió oleadas de portugueses, españoles e italianos que se abrieron paso en el país procurando por cualquier medio lograr su subsistencia para seguir adelante.

Es casi lo mismo que hoy ocurre en Panamá con la inmigración venezolana que por la caótica situación de su país muchos han escogido el nuestro como el camino para seguir adelante. Los vemos por todas partes, pero es gente que no podemos decirle que no; como en su país no le dijeron que no a los inmigrantes europeos que tanto bien le generaron con su laboriosidad a su país. Y aquí no se trata de los que llegaron con dinero suficiente. Se trata de aquellos que por la inseguridad que vive su tierra y porque quieren buscar mejores horizontes encuentran o ahorran el valor del boleto de ida y regreso de Venezuela a Panamá y los 500 dólares necesarios para poder llegar aquí, se arriesgan y llegan.

Son los mismos, en su gran mayoría jóvenes, que encontramos vendiendo galletas y dulces caseros en las calles, sin molestar a nadie y con mucha humildad, o que barren temporalmente una oficina, aunque sean contadores públicos, o sirven de camareros en un restaurante, a pesar de tener un título de psicólogo o ingeniero. Hacen lo que sea para subsistir, al igual me imagino que hicieron aquellos italianos, portugueses y españoles que se afincaron en Venezuela y que hoy, luego de una o dos generaciones, han logrado convertirse en respetables ciudadanos y más venezolanos que cualquiera, al igual que ocurrirá en nuestro país.

¿Dejarlos desprotegidos?; ¿Deportarlos a su país de origen será la solución? ¿Ignorar, como algunos pretenden, que existen y permitir lo que hoy se da con muchos que trabajan ilegalmente y que sus empleadores, en muchos casos abusan de ellos? ¿Abandonarlos a su suerte?

Panamá vivió tiempos parecidos a los que vive hoy el pueblo venezolano. Para los años de 1986 y siguientes, hasta después de llegar la democracia en 1989, muchos panameños emigraron. No tenían trabajo; sus negocios sucumbieron; vivíamos en una opresiva dictadura; las oportunidades, sobre todo para jóvenes, desaparecieron. Yo mismo, en 1989 había aceptado enseñar en una universidad en Estados Unidos pues, a pesar de haber ganado mi reelección como diputado, el régimen militar había clausurado la Asamblea y prácticamente los militares me habían prohibido ejercer mi profesión.

Este asunto hay que mirarlo como cristianos. Como el samaritano que ayudó al que lo necesitaba. El Papa Francisco a diario nos lo recuerda. Mirar a los extranjeros, hoy venezolanos, como los hermanos que nos harán ser mejores y más grandes, así como los europeos que huyeron de sus países, ayudaron a ser más grande a Venezuela. A la larga serán buenos panameños también.

 

gcochez@cableonda.net