• Caracas (Venezuela)

Opinión

Al instante

Diego Arroyo Gil

Un teatro patético llamado Maiquetía

autro image
  • Tweet:

  • Facebook Like:

  • Addthis Share:

Primera escena.

—¿El vuelo está en hora? –le pregunto.

Ella, sin verme (le pesaban la educación y la cabeza, como dos lastres):

—¿Por qué no habría de estarlo?

—¿Perdón?

Ella, la vista y una ceja levantadas:

—¿Que por qué no habría de estarlo?

—Los vuelos nacionales suelen retrasarse en este país, no sé si usted sabe.

Ella, displicente, como quien niega a un mendigo una limosna:

—Ah, no sé. Cuando entre, verá.

 

Segunda escena.

—¿Me tengo que quitar los zapatos para pasar?

—¿Para pasar por dónde?

—Para pasar por los controles de seguridad, ¿me tengo que quitar los zapatos, como en el terminal internacional?

—¿Lleva droga en los zapatos?

—¿Qué?

—¿Que si lleva droga en los zapatos?

—Son mocasines –le digo–. Con mocasines no se usan medias. Me puse talco, no sé si hemos llegado al punto en que hay gente que también se droga con talco.

Ella, cara de palo, cara de guardia de seguridad aeroportuaria, cara de generala atroz:

—Pase.

 

Tercera escena.

—Buenas tardes, una cerveza, por favor.

El hombre asiente, sin decir palabra. Pasan cinco minutos.

—Pana, una cerveza, cuando puedas.

El hombre asiente otra vez, sin decir palabra. Pasan cinco minutos más.

—Amigo, ¿me puede servir una cerveza, por-fa-vor?

Llega la cerveza… caliente, como orine de burro. Una señora con quien comparto la barra me mira y sonríe. Veo que delante tiene cuatro botellas vacías y en la mano una que va por la mitad.

—No sé cómo pudo bebérselas –le digo.

—Es la única manera de sobrevivir a esto –y levanta los hombros.

 

Cuarta escena.

(Ahora, en la puerta de embarque).

—Soy pasajero del vuelo a Margarita. Está en hora, ¿no?

—Sí, sí… ¡Ay, no, espérate!… Tiene una hora de retraso.

—¿Y eso? –pregunto, irónico.

—Lo bueno se hace esperar –se atreve.

—Sí, claro, con aire acondicionado, un whisky y maní. Y aquí no hay ni aire acondicionado, ni whisky, ni maní.

—Por allá venden churros –dice, sarcástica.

—A esta hora engordan, y mire –me sobo la barriga.

—No te preocupes. En el avión te dan agua, si quieres.

 

Quinta escena.

—La verdad es que Maiquetía se ha vuelto un chiquero –me quejo en voz alta mientras espero que nos llamen, cuando el diablo disponga, para embarcar el avión.

Un hombre, con pronunciado y gracioso acento zuliano:

—¡Hermano, cómo se nota que usted no ha ido al aeropuerto de Maracaibo! –Y un momento después–: ¿Por qué no llevas tu equipaje en la mano?

—Lo mandé como carga, para no tenerlo encima.

—En Margarita hay dos correas y las maletas se tardan una hora en salir –me informa, con gesto compasivo.

—¡¿Una hora?! ¿Más que lo que dura el vuelo?

Vuelve a mirarme, ya no con gesto compasivo sino con misericordia, con piedad cristiana. Agrega:

—Para la próxima. Igual rézale a la Chinita.

 

Ya en mi asiento, 21D, al fin, me pregunto por qué me asombra una situación que no debería asombrarme. Será, concluyo, porque en el fondo uno siempre guarda la esperanza de que las cosas estén en buen estado y cuando las descubre podridas registra esa desagradable crispación del ánimo que es hija de toda derrota. Un modesto viaje de Maiquetía a Porlamar es un vía crucis hecho de estaciones donde reconfirmar nuestra decadencia, un vía crucis que sirve para atestiguar el deplorable estado en que se halla este paisito venezolano, no obstante querido como nuestra propiedad más entrañable.

“Es comprensible que haya tantos jóvenes huyendo de Venezuela”, me digo, y de inmediato viene a mi memoria el rostro de un amigo que apenas una semana atrás había celebrado una fiesta para que brindáramos con él porque al día siguiente partía en busca de su destino, de su promisorio destino, en otras tierras.

La primera mañana de mi estadía en Margarita, con el mar y el horizonte en el borde de la mirada, viendo la belleza brutal de una costa inolvidable en compañía de un amor efímero o perdurable (el tiempo lo dirá), me resultaba muy difícil aceptar que quienes se van, aunque tanto pierdan, puede que tengan razón.

De vuelta en Caracas me siento a escribir este artículo con una cerveza helada y unas cuantas botellas vacías sobre la mesa… En fin. Ni modo, pues, salud… ¡Hip!