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Gabriel Antillano

El teatro, una disidencia

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Desde temprana edad, mis padres me cultivaron el gusto por el cine. La primera forma de representación que me impresionó fueron las películas. Recuerdo a mi papá explicándome cómo todo lo que veía era «falso», realizado en un set de grabación, para así poder compartir conmigo algunas de sus películas preferidas, de un contenido no del todo apropiado para mi edad según el consenso general (el tema de la violencia en el cine invita a grandes discusiones). Yo mentía y decía que este principio estaba completamente asimilado en mi mente, cuando en realidad, si la película era buena, la ficción triunfaba y me hacía sentir miedo, alegría, rabia y hasta una tristeza devastadora; todos sentimientos muy reales. Mi mamá me introdujo a las películas de Woody Allen, uno de sus directores preferidos, lo cual invitaba a una investigación previa para lograr comprender la serie de referencias presentes en todas sus películas y que ningún niño de 12 años puede entender a totalidad. El cine, de cierta forma, me llevó a la literatura. Parte de mi educación consistió en películas y libros.

El único recuerdo positivo que tengo del teatro es una etapa confusa a los seis o siete años cuando mis padres me llevaban a ver Oto, el pirata y El Cascanueces. No entendía mucho, solo lo que los niños de mi edad pueden interpretar, pero disfrutaba las obras por el movimiento y la agitada puesta en escena. Era, podría decirse, emocionante. Luego, cualquier otra obra me producía un tedio tremendo.

En nuestro país quien tiene una opinión distinta al consenso general suele ser considerado un loco o un provocador. Uno de estos consensos generales es que la representación teatral es algo “necesario” y maravilloso, además de “culto” –vaya insistencia con el término–, concepción responsable de la cantidad abrumadora de obras teatrales que se “montan” en nuestra ciudad. Pues, sin buscar provocar y contándome dentro de los límites de la cordura, afirmo: yo detesto el teatro. No lo soporto. Sea dicho de paso que no busco tener razón ni convencer a nadie, es un gusto personal. Quien disfrute del teatro es libre de hacerlo.

Siempre me sentí algo solo en mi incomprensión sobre la fascinación popular ante este arte de la representación, hasta hace algunas semanas cuando leí un imprescindible artículo de Javier Marías  titulado Por qué detesto el teatro. En su artículo, Marías articula que la culpa de su desidia hacia las tablas fue que, al igual que muchos –y me incluyo en ese grupo, salvando las distancias entre el talentoso escritor madrileño y yo– se educó desde niño en el cine.

Explica Javier Marías:

“Creo que el primer culpable de mi aversión es el cine. Para quien se educó desde niño en este arte de la representación, la que las tablas ofrecen no puede por menos resultar comparativamente pobre, hierática e inverosímil. En el cine uno adopta todos los puntos de vista imaginables, el propio del espectador pero también el de cada personaje, el de un avión, un águila o una serpiente, el de Dios; contempla la acción y a los intérpretes de lejos o de cerca, sesgados, con movimientos de cámara —esto es, propios—, y por supuesto no hay nunca el menor impedimento para cambiar de tiempo o de espacio.

“En el teatro, por el contrario, nuestra perspectiva no varía: tenemos a los personajes siempre a la misma distancia, apenas vemos sus caras, nuestra sensación frecuente es de impotencia. Y, por otra parte, no logro sacudirme con facilidad el distanciamiento que me produce la comparativamente pobre escenificación. Me molesta que los decorados se noten tanto, que las puertas se perciban tan falsas, que cuando se abre un grifo no siempre salga agua. Pero en fin, si sólo fuera esto. Si fueran tan sólo las deficiencias técnicas del teatro de antaño o tradicional… Podría sobreponerme a ellas y entrar en el juego y la convención”.

Javier Marías explica que un aspecto influyente en su disgusto son las representaciones de nuestra época. Las características de las representaciones teatrales de la modernidad, del tiempo que nos ha tocado vivir, son terribles. Sobre esto, dice Marías:

“El problema mayor es que el teatro que me ha tocado en mi época ha pretendido casi siempre ser «innovador» y «moderno». Y las supuestas innovaciones y modernidades consisten a menudo en desdichas como las que siguen: si se trata de una obra clásica, uno ya no ve nunca esa obra, sino la versión, adaptación o recreación que de ella ha llevado a cabo algún avispado contemporáneo nuestro que así se embolsa el dinero que ya nadie cobraría, pues Sófocles, Shakespeare, Lope de Vega, Molière, Goldoni y demás lumbreras son del dominio público.

“Estas adaptaciones se fundamentan por lo general en la destrucción de la obra clásica: hay quienes deciden prescindir del verso, si lo había; hay quienes visten a Julio César, Marco Antonio y Bruto con chaqueta y corbata, o de gerifaltes nazis, o los hacen corretear desnudos durante la representación entera —aunque hay gran afición a vestir a todo el mundo con una especie de sacos espantosos, todos iguales—; hay quienes prefieren que los personajes brinquen y chillen mucho por un escenario completamente vacío, quizá una rampa, o una carpa, o una red de la que se cuelgan”.

Es importante recordar que Javier Marías publicó este artículo en 2001 y en él se hace referencia casi exclusivamente a la escena teatral de España de ese momento. Por mi parte, suscribo absolutamente a las opiniones expresadas y, creo, el caso nacional de este momento resulta mucho más desesperanzador.

En los últimos tiempos en Venezuela, o al menos en Caracas, se ha dado un renacer del teatro. Cada vez se presentan más obras y cuentan con gran éxito, lo más sorprendente para mí. La importancia y grandeza del teatro es considerada incuestionable. El teatro ha pasado a ser un aspecto fundamental del sector cultural. A esta concepción habría que reducirle 70% de las obras que son, me disculpan, una vergüenza. Me refiero específicamente a esas “obras” que consisten en hombres desnudándose y bailando, aquellas que tratan unas banalidades con una ignorancia feroz o las que tratan temas universales como las relaciones de pareja pero desde la misma carencia absoluta de densidad. Obras esencialmente tontas que sirven de entretenimiento ligero para la gente que no tiene nada mejor que hacer.

Lo que queda son representaciones de grandes obras con un resultado a mi parecer deficiente. Y un minúsculo grupo de obras aceptables. El grueso de la oferta teatral es basura.

La mayoría de las obras calza en la descripción de Javier Marías:

“En el teatro actual es casi imposible que, vengan o no a cuento, no haya: a) danzas más o menos histéricas y sin sentido, quizá para que se aprecie el ‘movimiento corporal’; b) alguna escena más o menos ‘salvaje’ o un poquito medieval, tipo aquelarre, jolgorio plebeyo, linchamiento, violación masiva o canibalismo en grupo: sea cual sea el modelo elegido, nada de eso impresiona ni resulta nunca creíble; c) saltos, piruetas y juglaría, y algo de mimo, y nada detesto tanto como los mimos y los juglares —espero no verme obligado a explicar por qué otra semana.

“De la palabra, en cambio, cada vez se sabe menos: entre lo corporal, los cortes y la abundancia de personajes idióticos —herencia en parte de mi admirado Beckett—, parece que fuera el verbo lo que menos importa. Algún término medio debería haber entre las perezosas y rancias representaciones a lo Pérez Puig2  —Teatro Español de Madrid desde hace siglos— y las superficialidades camelísticas de los innovadores profesionales”.

Lamentablemente, aun las representaciones que logran sus objetivos y son consideradas “buenas”, no logran convencerme. No les creo. Los actores son otro problema. Sobre esto, otro aporte de Marías:

“A los actores se los suele convencer de que sean ‘muy naturales’ o ‘muy artificiales’, pero en ambos casos el resultado es idéntico: una verdadera incapacidad para recitar los textos de manera que se escuchen, interesen y prendan la atención del espectador, el cual acaba por estar mucho más pendiente de los aullidos, las vacilaciones forzadas, los frecuentes canturreos o letanías y la imperfecta dicción de los intérpretes —así como de sus propios y continuos sobresaltos, pues a menudo los actores arrojan agua o bengalas al público— que de lo que éstos transmiten verbalmente”.

A mí, al igual que a Javier Marías, “lo último que se me ocurre, si tengo dos horas libres, es sentarme a ver sacos, carpas, rampas, aburridos juegos de luces, seres desquiciados correteando y bramando y danzando y balbuceando, pobres intérpretes engañados. Comprenderán que cuando viene así envuelto, me sea muy difícil creérmelo. ¿Y qué hago yo ahí sentado en tinieblas durante dos horas, si no me lo creo?”

Mientras escribo esto pienso en que desde hace tiempo tengo ganas de releer Hamlet. Porque, eso sí, yo también disfruto mucho de leer el teatro.