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Eli Bravo

Una tarde inolvidable

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Una tarde  inolvidable

Una tarde inolvidable

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La vida trae regalos inesperados. Por ejemplo, hace pocas semanas pasé una tarde de viernes conversando con un centenar de adolescentes sobre la experiencia de escribir esta columna. Lo sorprendente es que me prestaron atención. Yo pensaba que estas líneas tenían “otro público”, quiero decir, gente con varios años encima en búsqueda de mayor bienestar. Sin embargo, afortunadamente la vida me demostró, una vez más, cuán errado estaba porque estos chicos me enseñaron que para estos asuntos del vivir no hay horario ni fecha en el calendario, parafraseando al Tío Simón.

Si el corazón palpita hay algo para compartir y aprender. Siempre.

El encuentro ocurrió en el colegio Don Bosco de Puerto La Cruz. La historia va así: una maestra de esas que marcan vidas, la encantadora profesora Dora, les asignó a sus alumnos de Lengua y Literatura en el último año de bachillerato la tarea de leerme en la revista Todo en Domingo y analizar los textos. Por supuesto, la primera reacción fue “qué fastidio”. Leer por obligación no es muy divertido; no obstante, ocurrió algo que sorprendió a padres y profesores. Los chicos pasaron del desgano al interés y en cuestión de meses tenían un grupo de WhatsApp para comentar las lecturas.

“Escribe, que algo queda”, decía el gran periodista Kotepa Delgado.

Al enterarme del asunto me emocioné muchísimo, pero les confieso que al llegar al salón no tenía muy claro mi discurso. ¿Qué puede interesarle a un adolescente hoy en día? Para intentar responderme hice un ejercicio: recordé lo que sentía yo cuando estuve allí, en el pupitre, sorteando la aventura del colegio. Los miedos, los sueños, las hormonas, las ganas, las dudas, el asombro. Entonces, buscando conectar desde mi experiencia de vida, comencé a hablar, pero sobre todo a escuchar.

Esa tarde aprendí muchas cosas. La más importante: es imposible calcular el alcance o el impacto de nuestras acciones. Todos en esta vida vamos dejando una estela de obras y palabras. Con ellas construimos el mundo presente. Todos: padres, profesores, jefes, ciudadanos de a pie, líderes, celebridades, desempleados, amigos y desconocidos, todos vamos soltando semillas en nuestro transitar. Procurar que siga una cosecha de bien es el mejor propósito que podemos abrazar.

Además, recordé que los jóvenes saben apreciar una conversación cuando se les escucha. Que prefieren una buena historia a un sermón. Que llevan en sus almas un diamante que no aguanta las ganas de brillar. Que la adolescencia es una etapa de descubrimientos, crisis, rebeldías y vivencias vitales que nos ayudan a crecer, y que la única forma de entrar en ese torbellino de emociones es recordando lo que una vez sentimos. No para comparar o juzgar, sino para sentir.

Comprobé que la juventud no es asunto de años, sino de actitud. Como dice mi pana Iván Loscher, uno tiene los años que quiere. Tener el privilegio de conversar de tú a tú con estos estudiantes, a mis cuarenta y seis ruedas, fue una oportunidad de recordar que una cosa es envejecer y otra, ponerse viejo. Lo primero es natural; lo otro es una elección.

Estas líneas son para agradecer a la comunidad del Don Bosco por una tarde inolvidable, pero sobre todo para recordar(nos) que no hay tiempo mejor invertido que aquel compartido con los jóvenes y no para “enseñarles”, sino para enseñarnos unos a otros. Porque vivimos y aprendemos. Así, todos juntos.