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Diego Arroyo Gil

Una tarde con Sofía Imber

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Es una mujer bastante “particular”, por decirlo así. Tiene 89 años de edad pero demuestra una fuerza física e interior que a ratos resulta avasallante. Aunque habitante de un cuerpo que ya no responde a la agilidad de antes, Sofía Imber se obliga a diario a un combate vital impresionante, se mantiene vigilante de sí misma y de su mundo, no da treguas. “Morirse debe ser horrible”, dice, y esa frase cifra su pasión de resistir los embates del tiempo y del destino. Pedro, su único hijo varón, falleció en enero, inesperadamente. “No hay dolor comparable”, confía. “Lo pienso mucho. El dolor hace pensar”.

—¿Por qué usted usa dos relojes, uno en cada mano? –le pregunto, mientras una ayudante de la casa me sirve un café.

—Trátame de tú, Diego. Si no, me siento vieja –esboza una sonrisa–: más vieja.

—Bien, ¿por qué usas dos relojes?

—Porque exijo puntualidad. No me gusta llegar tarde a ninguna parte. Si un reloj se daña, el otro sigue funcionando. Tú hoy llegaste 15 minutos antes de la hora que dijiste. Yo no estaba en casa y me llamaron para avisarme. No aguantaba la angustia de que estuvieras aquí esperándome.

—¿En dónde estabas?

—Por ahí.

—Me han dicho que sales todos los días.

—Me aburro mucho. Me gusta salir, aunque solo sea a ver las calles.

—Es comprensible. Siempre llevaste una vida muy activa… Por cierto, ¿a qué edad fue que llegaste a Venezuela?

—Muy pequeña.

—Porque tú naciste en Soroca. ¿Te sientes rumana o venezolana?

—Es una pregunta insultante. Venezolana.

—¿Qué fue para ti trabajar en Venezuela?

—Trabajar en Venezuela me permitió hacer cosas, crear cosas. En otros países me parecía tan difícil luchar para hacer algo. Aquí me dejaron hacer lo que yo quería. Yo di todo por Venezuela.

—Trabajabas obsesivamente.

—Yo era un bicho raro –dice.

—¿Eras?

—Era –sonríe–. Ahora soy una anciana venerable –graciosa ironía.

—Además de otros logros, fundaste el Museo de Arte Contemporáneo de Caracas y lo dirigiste durante tres décadas. ¿No lo extrañas?

—No –responde de inmediato y sin titubeos.

—¿Cómo que no si fue tu vida durante tanto tiempo?

—Por eso mismo. Fue tanto para mí que hoy no puede ser a medias. Punto y aparte.

—¿Quisieras volver algún día al museo?

—No hagas preguntas imposibles.

—¿Qué te dolió más, que Chávez te echara del museo o que ordenara quitarle tu nombre?

—Que le quitaran mi nombre.

—¿Por qué?

—Porque cuando una persona escribe un reportaje, lo firma. Cuando pinta un cuadro, lo firma. Cuando uno hace un museo, lo firma. Yo hice el museo, con mis colaboradores, claro.

—Si Chávez no te hubiese botado…

—Yo iba a renunciar en marzo –se apresura en aclarar–. Él me botó en enero.

—¿Por qué ibas a renunciar?

—Porque yo no podía trabajar con Chávez, que imponía lo que él quería.

—Pero tú lo recibiste alguna vez en el museo.

—Era el presidente.

—¿Qué pensaste cuando ganó las elecciones?

—Me pareció horrible, y me dije: “¿Esto es lo que viene?”.

—Pero, ¿alguna vez te imaginaste que el país atravesaría una crisis como la actual?

—Jamás. Más bien me imaginaba una Venezuela un poco idílica. Yo, que soy una pesimista, tenía esperanzas. Hoy estamos en un tobogán hacia lo malo.

—El país está en manos de unos bichos.

—Mejor ni los menciones, por favor –exige, y guarda silencio un momento. En breve, se reincorpora–: ¿Quieres más café? ¿O te pasas al whisky?

—Prefiero un whisky, así comenzamos a celebrar que el próximo 8 de mayo vas a cumplir 90 años –bromeo.

—Si no me muero antes.

—¿Qué harías si tuvieras 20?

—Estaría en la calle, haciendo lo que hacen los estudiantes: protestar.

—¿Qué les dirías a esos jóvenes?

—Que creo que están haciendo lo correcto y que me gustaría serles útil. Pero estoy muy vieja.

Levanta la bocina del teléfono que tiene a un lado. Llama a la cocina.

—Una botella de whisky, un vaso, hielo y maní. Gracias –y cuelga.

—¿Un vaso? –le pregunto–. ¿Y tú no vas a tomar?

La señora Imber niega ligeramente con la cabeza. Sonríe.

—Cuéntame, Diego. ¿Qué noticias tienes? ¿Qué ha pasado hoy en el país?