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Antonio Sánchez García

El tango

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“El tango es un pensamiento triste que se baila”.

Enrique Santos Discépolo

 

A Soledad Bravo

 

El sonido de fondo de mi infancia fueron un bandoneón, una quena y una guitarra. La guitarra la tocaba mi madrina, Elena Muñoz, obrera textil que en paz descanse, en el tradicional estilo de rasguear la guitarra que tienen –o tenían entonces, sepa Dios ahora– las campesinas de mi patria: sosteniéndola verticalmente sobre los muslos, de modo que quedaba oculta por su mástil y su melena negra azabache, que medio le ocultaba las cuerdas. Con ella se acompañaba unas tonadas tristes y nostalgiosas, con una voz que brotaba del fondo de los valles centrales donde había nacido, y que osaba entonar solo en los dos grandes acontecimientos que se celebraban en su modesta vivienda, en un cité de la avenida Independencia: san José, el santo de mi padrino Pepe Tudela, y santa Elena, el suyo propio.

La quena solía oírla en unas melodías fascinantes que llegaban hasta el Cité Rosado y la calle San Luis, en días de lluvia, desde las más lejanas alturas andinas, como traídas hasta el patio de mi casa por el viento mojado. Me entroncaban con la indiada de nuestros lejanos orígenes: profundamente nostálgica, trepidante, saltando en sus alturas de risco en risco sobre los contracantos de la zampoña, que brotaba del fondo de los ríos profundos, haciendo el eco de sus alucinantes contrafuertes pétreos y selváticos con el charango punteador de lomo de hueso. Quena, zampoña y charango nos ataban al altiplano, a las inmensidades cordilleranas, al desierto, a las alturas de Machu Pichu, haciendo escalas arpegeadas como terrazas a los montes inmarcesibles, fundiéndonos en esa gran patria que debimos haber sido con Perú y Bolivia. Tan tristes, tan nostálgicos, tan apesadumbrados y distantes los tres hermanos. Leo a Arguedas, a Neruda y a Vargas Llosa, y es como penetrar en el laberinto de nuestra única verdad ancestral. Fuimos y debiéramos seguir siendo incaicos.

El bandoneón se adelantó a los otros instrumentos ancestrales en mis querencias. Intruso traído de Europa a fines del siglo XIX con “los millones de inmigrantes que se precipitaron sobre este país en menos de cien años” engendrando “no solo el resentimiento y la tristeza… sino el advenimiento del fenómeno más original del Plata: el tango”, comienza su ensayo sobre el tango el gran Ernesto Sábato. Siendo el bandoneón el instrumento cantábile de los tangos que estaban de moda en los tiempos de mi nacimiento e infancia se lo escuchaba a toda hora y a todo volumen brotando de los receptores de radio de las casas del vecindario cuando se encendían las luces amarillentas del atardecer. Mi infancia coincide con el apogeo del tango y el entrañable sonido del bandoneón en la cultura popular chilena y es acompañada por la época de oro de sus grandes compositores, letristas y orquestadores. Más que por Gardel y Lepera, Ignacio Corsini o Rosita Quiroga, mis nostalgias fueron alimentadas por Homero Mansi, Lucio Demare, Contursi, Cátulo Castillo y desde luego por Enrique Santos Discépolo, al que se deben monumentos como “Cambalache”, “Uno”, “Yira, yira”, Canción desesperada”. Y unos músicos y compositores verdaderamente extraordinarios: Aníbal Troilo, Horacio Salgan, Enrique Cadícamo, Marianito Mores y para mí el más genial de todos ellos, Astor Piazzolla.

De modo que mi crianza tuvo lugar correteando por las sombreadas aceras de los atardeceres de la calle San Luis, en el barrio Independencia, de Santiago, escuchando “Sur”, “Malena”, “La última curda”, “Cafetín de Buenos Aires”, “Los mareados”, “Tres amigos”, “Uno”, “Nostalgia”, “Pedacito de cielo” y las inolvidables canciones de Gardel. Cuyas películas disfrutábamos año tras año persiguiendo con mis amigos del Instituto Pedagógico –Ernesto Malbrán, Andrés Orrego, Dunav Kusmanic, Blanca Sánchez, Alejandro Venegas– sus tandas populares en los cines de barrio con ocasión del aniversario de su muerte, el día de san Juan. Nada más que para verlo cantar “El día que me quieras”, “Sus ojos se cerraron”, “Volver” o “Cuesta abajo” y echar unos lagrimones de tierna cursilería. El más antiguo recuerdo musical que he podido rastrear me sitúa frente el sonriente rostro de mi joven madre, tenía treinta años entonces, cantándome mientras me asea sobre el frío cubrecama de su dormitorio, “Negra María”, una maravillosa milonga de Homero Mansi con música de Lucio Demare: “Bruna, bruna nació María y está en la cuna. Nació de día, tendrá fortuna. Bordará la madre su vestido largo. Y entrará a la fiesta con un traje blanco y será la reina cuando María cumpla quince años. Te llamaremos, Negra María... Negra María, que abriste los ojos en Carnaval”.

De modo que, como ya lo he narrado, haciendo mi primera enseñanza sentimental en Buenos Aires recién salido de la adolescencia, lo primero que hice en cuanto tuve mi primer fin de semana libre y un par de pesos en el bolsillo fue ir a la Boca, recorrer el riachuelo, llegar a Puente Alsina y tomarme una foto en la esquina de Suárez y Necochea: “¿Dónde andarás, Pancho Alsina? ¿Dónde andarás, Balmaceda? Yo los espero en la esquina de Suárez y Necochea...”. Muchos años después, fiel a esos orígenes y lector empedernido de Jorge Luis Borges, supe que Suárez, Manuel Isidoro, un coronel de caballería, era uno de sus antepasados por parte de madre y Necochea el otro coronel que junto a Suárez desbarataran un ataque de la caballería de Canterac en la surrealista batalla de Junín, decidiéndola con una carga de su caballería contra la retaguardia de la de los españoles a favor de la Independencia. Una tarea siempre pendiente, pues “Junín son dos civiles que en una esquina maldicen a un tirano, o un hombre oscuro que se muere en la cárcel”. Las dos eternas manchas que vuelven a macular la Venezuela de hoy.

De esos tiempos de barriadas solo queda la nostalgia de lo perdido, aunque recuperado milagrosamente en el sentimiento de una voz y los acordes de un piano o de un bandoneón. Un puente inasible de sonidos familiares que recrea “una región en que el Ayer pudiera ser el Hoy, el Aún y el Todavía”. Asomarnos de algún modo a la eternidad, que no es más que un instante detenido. O un aterrador universo deshabitado. Pues, como lo dice el mismo Borges: “Esa ráfaga, el tango, esa diablura, los atareados años desafía; hecho de polvo y tiempo, el hombre dura menos que la liviana melodía, que solo es tiempo. El tango crea un turbio pasado irreal que de algún modo es cierto…”.

¿Bailamos?

 

@sangarccs