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Tulio Hernández

El tamaño del duelo

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Desde 1973, cuando me correspondió participar por primera vez en un acto electoral, hasta el presente he visto a muchos venezolanos de partidos diversos ganar o perder elecciones. Pero nunca antes, ni siquiera en las más recientes, había presenciado que en un bando se generara tanto dolor, desconsuelo y aflicción como ha ocurrido entre los votantes de la unidad democrática desde el domingo en la noche, cuando se anunció otro triunfo rojo, hasta hoy cuando el clima de opinión oscila todavía entre la depresión, el desconsuelo, la sospecha de fraude y los primeros esfuerzos de quienes lo niegan para impedir que nos dejemos secuestrar por el desaliento.

No es a un grupo de plutócratas, de oligarcas perversos y de grandes colmillos, auspiciados por el Departamento de Estado –el estereotipo que el chavismo ha construido sobre quienes le adversamos– a quienes he visto con los ojos enrojecidos preguntándose desolados qué cosa harán en el futuro, cómo resistirán seis años más, cuántas libertades personales perderán, de qué nuevas persecuciones tasconianas serán objeto.

No. Las víctimas de este descomunal sufrimiento ético-político, para decirlo en el lenguaje de la psicología social, son personas comunes, desde secretarias y obreros calificados hasta profesores universitarios, taxistas o pequeños comerciantes que estaban convencidos de que esta vez sí íbamos a despertar de la larga pesadilla, superar la polarización y salir de la omnipresencia de la política que enrarece incluso la vida íntima y familiar.

Pero por lo que más apostábamos los venezolanos que no estamos ni seducidos ni controlados aún por el régimen rojo era por frenar el avance de un modelo político basado en la corrupción y el abuso de poder que se supone, con el pretexto cínico del pueblo como destinatario, que de ganar la reelección, tal como ocurrió, arreciaría en la tarea de terminar de cerrar el cerco del colectivismo, el estatismo y el control parapolicial de la sociedad deshaciéndose cada vez más de lo poco que se conserva aún de democracia y acercándose dramáticamente a modelos corporativistas y comunales como el de los ayatolás en Irán o el de Al-Assad en Siria, la ensangrentada.

Ese es el tamaño del duelo. Hay que reivindicar el avance de las fuerzas democráticas, también el esfuerzo de la campaña, pero no se le puede pedir a la población que pase la página y se levante de improviso como si nada hubiese pasado. La dirigencia política, académica y de opinión, sin poner en riesgo la unidad, tiene la responsabilidad de ir al meollo del asunto.
 
Para que las personas demócratas afectadas procesen el duelo y no se queden atrapadas por el luto es necesario ofrecer instrumentos de comprensión. Y alternativas de futuro. Seguir explicando por qué si dijimos que íbamos a ganar aceptamos luego sin más que la derrota es legal. Enfrentar cómo vamos a responder en el futuro inmediato ante el dilema de la inexistencia de fraude pero la obvia existencia de ventajismo delictivo por parte del Ejecutivo a lo largo de las campañas con la complicidad del CNE. Que no es lo mismo, pero produce efectos análogos.

Hay que responderse sobre el qué hacer ante el hecho evidente de que los rojos ganan con el voto de los más pobres. Porque el chavismo no es ni un partido político ni un equipo de gobierno. Primero fue, es cierto, un aluvión de entusiasmo, pero hoy es básicamente un descomunal y eficiente aparato electoral basado en el culto a la personalidad de su líder, cuidadosamente manejado con la tradición fidelista y el control social de la población más pobre. Las misiones son, al tiempo que aparatos de redistribución populista de la renta petrolera, eficientes instrumentos parapoliciales de coerción electoral. En romper ese círculo perverso hay que poner el foco, la acción política y el esfuerzo electoral.

Hay que rectificar otra vez. Hace falta imaginación y nuevos modos de acción política. Otros escenarios de proselitismo y confrontación. Otros lenguajes. Más pensamiento político. Y consolidar efectivamente, no sólo para elecciones, la acción unitaria de viejas y nuevas organizaciones. La lucha contra el autoritarismo nunca ha sido fácil. Ni breve.