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Diego Arroyo Gil

Ni talento ni probidad

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Las reacciones no se hicieron esperar. Luego del acto protagonizado la semana pasada por Héctor Rodríguez, ministro de Educación, grandes figuras de la vida nacional se vieron en el deber de repudiar sus declaraciones. Resulta que, no contento con haber juntado un cerro de paja con lugares comunes de la demagogia chavista sobre el bienestar social –y el país, en el piso–, el funcionario remató un discurso público soltando esta perla: “No es que vamos a sacar a la gente de la pobreza para llevarla a la clase media y sean escuálidos” (sic). Reputados hombres de nuestra sociedad escucharon la frase ignominiosa y se levantaron de inmediato de sus sillas.

“¡Ese hombre no lleva mi sangre!”, aclaró Simón Rodríguez, y, tras largar algunos tacos, recuperada la calma, añadió: “Nadie hace bien lo que no sabe; por consiguiente nunca se hará República con gente ignorante, sea cual fuere el plan que se adopte”. Andrés Bello, radicado en Chile, fue muy claro: “Los que no moderan pasiones son arrastrados a lamentables precipicios”. Rufino Blanco Fombona se mostró breve y fulminante: “¡La abyección prevalece!”.

El más elaborado fue Gonzalo Picón-Febres, polemista que no da treguas, feroz pero muy fino: “¿Por qué el trabajo que ennoblece, el menester que dignifica, la conducta sin deslealtades ni traiciones, la propiedad de inteligencia y de carácter, la conciencia que no anda por ahí con torcedores de villanías infames, el alma sin pasiones canallescas y el cuerpo que nunca se puso de barriga delante de los déspotas vesánicos, los recompensa usted, ministro, con la afirmación mendaz, desvergonzada y trapacera?”.

El venerable Cecilio Acosta, sabio y sereno, echando mano de metáforas, ofreció así su diagnóstico: “Ese señor no quiere aceptar más ramas que las del árbol viejo”. Quiso agregar Acosta: “…Y caído”, pero los buenos modales le aconsejaron dejarlo hasta ahí. Con respecto a las opiniones de Pío Gil y de Juan Vicente González sobre Rodríguez, estamos en un aprieto. Con lo dicho por Domingo Alberto Rangel y por Manuel Caballero, también. No es simple autocensura del escribiente. Es que son acusaciones demasiado arrojadas que es mejor no repetir por respeto a las muchachas.

Concluyamos el reporte con Bolívar, para no incumplir con los designios de la patria que le arrogan al Libertador el derecho de tener siempre la última palabra: “En este caso, queridos compatriotas, ni talento ni probidad: tan solo un vulgar azote”.