• Caracas (Venezuela)

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Ignacio Ávalos

Los tacones de Patricia Janiot

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I.

El país anda desacomodado. El diagnóstico lo tiene cualquiera con tan solo salir a la calle para hacer su vida de cada día. Pero no tenemos cómo ventilar los problemas, ni cómo bregar las soluciones que los pueden arreglar. Desde hace tiempo se erradicó el diálogo y no hay forma de canalizar racional y pacíficamente la diversidad política. Ni manera de evitar que las naturales tensiones provenientes de la pluralidad den como resultado la exclusión o la violencia.

El gobierno, principal, aunque no único, responsable del diálogo nacional, jamás lo ha hecho suyo, apenas ha ensayado algunas fintas en determinadas coyunturas. Desconoce a los opositores. No admite sus puntos de vista. No les reconoce el derecho de ser oídos. Los patriotas no tienen nada que hablar con los apátridas. El acuerdo con estos equivale a un sacrilegio político. Desde su superioridad moral, el gobierno olvida, así pues, que aceptar al adversario es condición ineludible de la vida social, único camino para fundar la convivencia sobre la palabra, la deliberación y los consensos necesarios, convertidos en reglas. Mal se encuentra el país si hay que repasar estas cosas, parte elemental del sentido común democrático.

II.

El país lleva casi dos semanas en medio del terror y la zozobra. El presidente habla todos los días durante largo rato en cadena nacional y nos cuenta su versión de lo que ocurre. Hasta ahora nunca ha pronunciado la palabra rectificación. Jamás se ha referido a la necesidad de transitar otras vías. El país viene bien desde hace quince años, explica. Y va bien encaminado hacia el futuro. No podía ser de otra manera, añade, pues se sigue a pie juntillas el libreto escrito por el comandante Chávez, quien aún vigila su cumplimiento. No hay, pues, ninguna razón para las manifestaciones iniciadas por los estudiantes y luego extendidas a otros sectores sociales. Solo disfrazan la intención de dar un golpe de Estado que, por cierto, piensa uno, solo podría venir de quienes le son cercanos.

Su respuesta ha sido hablar de paz en lenguaje de guerra. Llamar a la serenidad, pegando gritos. Invertir la lógica de los hechos y transformar a los agredidos en agresores. Tolerar que se reprima de manera desproporcionada a la gente, valiéndose, incluso, de grupos armados, dizque revolucionarios, que actúan a su aire conforme a una agenda propia y hasta con un pie en el delito.

Y, por otro lado, el presidente le ha puesto un candado a la información disidente. Ha levantado un cerco a través de varias medidas que no son sino la continuación de la política de hegemonía comunicacional, traída desde los tiempos del presidente Chávez. Aun disponiendo ya de un amplio dominio mediático, durante estos días ha tomado nuevas medidas, entre ellas retirar la señal de NTN-24, además de revocar –y luego “desrevocar – el permiso a CNN para realizar reportajes sobre Venezuela. Su periodista Patricia Janiot tuvo que abandonar Venezuela y, antes de abordar el avión, fue examinada por las autoridades del aeropuerto a fin de constatar que no llevaba explosivos en el tacón de sus zapatos. Un episodio que sería hasta chistoso, si no fuera tan revelador de un estilo de gobernar, más evidente que nunca durante estos días, caracterizado por la arbitrariedad y la desmesura en el uso del poder.

III.

No son tiempos fáciles estos. En su perplejidad el presidente Maduro le saca el jugo a la teoría de la conspiración. Le resulta mucho más cómoda de manejar que la realidad (desabastecimiento, inseguridad, corrupción, el dólar paralelo y esas cosas). Y, por su parte, la oposición tiene frente a sí, y eso lo sabe el grueso de su dirigencia, la tarea de convertir su enorme caudal electoral en capital político, partiendo de una urgente relectura de la sociedad venezolana, condición para que sea alternativa frente a los graves aprietos que vive el país. El “Maduro vete ya” que esgrimen algunos grupos desmemoriados y las guarimbas callejeras, suerte de autogol, le quitan profundidad a la protesta. Como se la quita también el hecho de que algunos de sus dirigentes se valgan del momento para asomar sus pretensiones de liderazgo, cosa que, por cierto, también ocurre, y en mucho mayor grado, en los predios del oficialismo. Se trata, desde luego, de una mala noticia: las agallas descuadran la mirada sobre lo que está pasando. 

IV.

En suma, el país debe volver a la política, de la cual se ha desentendido durante demasiados años. Debe ser iniciativa del gobierno volver al diálogo honesto, con una agenda amplia, sin barajitas escondidas. Solo allí puede tomar cauce la presente crisis nacional. Eso lo sabe uno leyendo a Perogrullo.