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Francisco Suniaga

1814 / 2014

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1814 fue, como se sabe, un año negro para la lucha por la independencia de Venezuela, y tal vez el peor de toda su historia. Trajo, entre otras calamidades, a Boves, la gran derrota en La Puerta, la caída de Caracas y la emigración de sus pobladores a Oriente, la masacre de Valencia, la muerte de Ribas, Ricaurte y Girardot y el exilio de Bolívar y Mariño (quienes en medio de la derrota fueron desconocidos como los jefes de la lucha contra España). La Segunda República cayó estrepitosamente y todo parecía haber terminado para quienes sostenían la causa de la libertad.

 

El año 2014 ha sido anunciado como un año particularmente duro y, a no dudarlo, lo será por donde quiera que se mire. El muy pobre desempeño del gobierno en todos los ámbitos públicos ha conducido a una crisis política, social y económica de proporciones inéditas. Pobre desempeño que, si bien tiene mucho que ver con la escasa preparación y entrenamiento de quienes ocupan los cargos públicos relevantes, se origina más en la decisión del régimen en adoptar como software ideológico al marxismo-comunismo, un sistema probadamente inservible para manejar cualquier sociedad. Adopción ideológica a los fines del discurso, habría que añadir, porque en la realidad la divisa filosófica de esta “revolución” es el poder mismo y su detentación a cualquier precio (por eso es tan fascista como bolchevique en sus procedimientos, en particular a la hora de confrontar a sus adversarios).

 

Los primeros albores de 2014 han encontrado a los opositores sufriendo de cierta fatiga por la confrontación (no hay que olvidar que han sido 15 años, que el adversario es implacable y carece de escrúpulos o frenos morales) y el fantasma de un 1814 pareciera tomar entidad en la mente de muchos. Basta mirar los resultados de las elecciones del 8-D para entenderlo. Si se miran objetivamente, fueron buenos (y pudieron haber sido mejores si más gente hubiese ido a votar), pero hay sin embargo en la masa opositora una apreciable sensación de derrota. Como si de pronto se considerara que el adversario es invulnerable, que no hay nada que hacer y que lo mejor sería recurrir o por lo menos soñar con el inefable plan B.

 

El caso Spear, ese horrible asesinato que representa a miles de víctimas anónimas, no hizo sino añadir dolor y frustración a esa desesperanza (“ausencia de futuro” la llamó Laureano Márquez). Caraqueños de buena voluntad, ya hartos de tanta incompetencia gubernamental en materia de seguridad, convocaron una manifestación el pasado domingo y la asistencia fue magra. Como si ya no valiera la pena presionar al gobierno de Maduro para que cumpla sus obligaciones (cierto que además de incompetente, desde los tiempos del “Eterno” el gobierno se ha cruzado de brazos ante el delito, y hasta lo ha promovido según la coyuntura, para aterrorizar a la masa opositora), como si ya no valiera la pena luchar. Pero 2014 no tiene por qué ser un 1814 para los demócratas de este país, y aun si lo fuere, por esa extraña vocación de la historia a repetirse, hay que confrontar al adversario, la lucha no puede parar.

 

Es obvio que para confrontar al régimen de Maduro la oposición debe actuar unida y organizada, y es mucho lo que se ha avanzado en ese sentido. Quienes han llevado adelante la tarea de combatir a este régimen fascista-estalinista durante tres lustros han dejado el alma en ese afán. Conocen de cárceles, exilios y atropellos de toda naturaleza y, no obstante, lograron consolidar un mecanismo unitario, la MUD, para dar una pelea asimétrica. Pero, tal vez por los apremios del tiempo político y las dificultades creadas por el adversario, la unidad gestada no ha sido lo suficientemente unívoca en objetivos e intereses para alcanzar el nivel de eficacia que se requiere para vencer al chavismo. En este receso de dos años, esa debe ser la principal tarea: rediseñar una unidad política de la oposición capaz de derrotar a Maduro y su régimen. Una unidad con dientes, que pueda morder a los adversarios y también a los opositores narcisos que con sus necedades los favorecen.

 

Eso pasa, entre otras cosas, por fundar la unidad en partidos democráticos de verdad (de esos que hacen congresos para discutir sus proyectos, realizan elecciones internas libres y renuevan sus autoridades por períodos previamente establecidos en sus estatutos). Partidos que por su impecable ejecutoria democrática interior puedan convocar a los venezolanos desesperanzados que están más allá de ellos. Partidos que cumplan con su papel de generar y promover líderes legítimos, con los que continuar la lucha en la que la Venezuela genuinamente patriótica estará empeñada hasta vencer. Hay que olvidarse de 1814, este es 2014 y puede y debe ser un año de los demócratas.