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Paula Cadenas

El suicidio, último grito de protesta pública

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Un profesor de electrónica del liceo Antonin Artaud en Marsella, Pierre Jacques, 55 años, decide dejar una carta antes de suicidarse la víspera de vuelta a clases, domingo 1° de septiembre 2013. No es la primera vez. En 2011, una maestra se inmoló en el centro del recreo de una escuela pública en Bézier, pequeña ciudad del sur. Después de esgrimir como causas principales el deterioro de su oficio, la pérdida de relación con sus alumnos, y muy especialmente las improvisadas reformas educativas del gobierno de turno, acaba el profesor de electrónica asumiendo en su carta que pudo haber elegido la inmolación como su colega de Bézier, pero se reconoce sin ese virtuosismo. Una niña menor de 13 años también deja una carta a la madre gritando los maltratos de sus compañeros de clase, se quejó con los maestros, pero nadie la escuchó; tampoco esta es una tragedia aislada. En Francia, cada dos días se suicida un campesino. Dejan una carta o escogen su espacio público para el sacrificio. El suicidio como repetida manifestación que mediante una carta o una muerte brutal en su lugar de trabajo busca poner en escena la desesperación de un individuo. ¿Qué nos quieren comunicar en este último gesto desesperado? ¿No es la carta una forma de tejer un lazo, un último vínculo?, pero ¿con qué?

A la denuncia de un suicidio, cada político aprovecha los medios por unos días para poblarlos de declaraciones vacías. En Francia, por ejemplo, la extrema derecha sentencia en provocadoras frases simples que todos los males están en la pérdida de valores de una república que se hunde por el exceso de inmigración no controlada. Las fisuras se profundizan. La ansiedad y desesperanza no se calma, al contrario. Los de extrema izquierda invocan a su vez los mismos valores, pero reducen el problema a un lenguaje sindical. Y los artículos de opinión se desarrollan entre una lógica y otra. Falta de control y de autoridad, son las causas principales para la derecha; estrés e injusticia, son las causas para la izquierda. La solución para ambos es volver a ser lo que se era. Un campesino se quita la vida, “es culpa de la Unión Europea y la zona euro”, para la eurodiputada del Frente Nacional, Marine Le Pen, hay que devolver Francia a la Francia. Los políticos se sacan los ojos haciendo uso de la misma retórica identitaria y de sus símbolos. El camino fácil hacia el esencialismo en la tierra de Derridá.

La carta del maestro sacrificado de Marsella es claro documento de denuncia, allí describe lo que es, su carrera y los cambios políticos que se han ido dando, lamentaba el haberse vuelto ejecutor y no ya constructor de saber ni de relaciones. Y a escasos ocho meses de su muerte, insiste el gobierno de turno, esta vez socialista, con otra nueva reforma de los horarios y actividades en la escuela, sin indagar en los contenidos, sin plantear cambios de fondo. La mirada es hacia fuera, hacia causas externas, las soluciones, superficiales. ¿Cómo nos cuesta ver hacia dentro? Y cada fin de año se recoge silencioso el balance de suicidios entre la escuela y el campo. He allí los sacrificados: escuela y campo, dos espacios arquetípicos, vinculados a la cultura en su sentido más esencial. Justo allí donde se debe preparar la tierra, literal y metafóricamente, para poder seguir habitándola. ¿Qué aúllan estas imágenes dolorosas? ¿No es de una pérdida de vínculos? Pero no para que la pérdida sea rellenada con frases-amalgamas, consignas, símbolos patrios ni decretos. Una carta dejada por este hombre profesor o por un campesino, aquella inmolación de la mujer maestra en el centro del recreo o el sacrificio de la niña estudiante nos extienden hilos puertas afuera, con el espacio público. ¿No nos hablan entonces de los lazos afectivos del hombre con lo que se es, con el otro y con lo que se hace?

Acuden hoy palabras de un pensador de la tierra del Sahara que reside en Francia, Pierre Rabhi, y desde hace muchos años alerta sobre el desarraigo como causa de nuestra desesperación: “Hoy, es el desencanto, el fin de las ilusiones para un número cada vez mayor de ciudadanos de naciones llamadas prósperas. En el presente este largo proceso de alienación desemboca hacia un doble exilio: el ser humano ya no está vinculado a un verdadero cuerpo social, ni arraigado a un territorio. La movilidad se ha vuelto una condición sine qua non para conservar el empleo. La cultura viva se ve substituida por el enciclopedismo, un amasijo de conocimiento e información dignos de concursos de tele, que no construyen nada sino abstracciones y no procuran una identidad cultural original, vinculada a algo perenne. Todo es cada vez más provisorio y efímero en el corazón de un frenesí en evolución exponencial, transformando a los seres humanos en electrones hiperactivos, produciendo y padeciendo ese estrés que se halla en el origen de numerosas patologías”. (Traducción propia. Pierre Rabhi, Vers la sobriété heureuse, Actes Sud, Babel, París, 2010).