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Orlando Luis Pardo Lazo

El suicidio del socialismo

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¿Recuerdan la visión de Mario Vargas Llosa, tan temprano como a mediados de 1999? Su artículo publicado entonces en El País (España), “El suicidio de una nación”, provocó un cortocircuito, uno más, donde la academia latinoamericana y, sobre todo, la norteamericana, hicieron gala de su mejor demagogia castrista para fulminar al hoy premio Nobel de Literatura.

Lo menos que se le dijo entonces a Vargas Llosa fue “reaccionario burgués”, por ponerse supuestamente en contra de la democratiquísima voluntad del pueblo venezolano. Poco importaba que el pueblo venezolano estuviera ya a punto de desaparecer como tal, para convertirse en esa categoría de guerra que es ser “bolivariano”, una palabra sacada de ultratumba y una violencia totalitaria que aspiró a ser transhistórica y supranacional y durar mil años, como todo Reich que se respete (todavía recuerdo una revistica que circulaba en la isla sólo para los miembros del Partido Comunista, y que abogaba con descaro por la fusión binacional entre Cuba y Venezuela).

Hugo Chávez por entonces era más grande que Dios (para los ateos de las universidades libres del mundo), a pesar de haber sido un golpista con crímenes en su haber, y sin arrepentimiento de nada. Se le tildaba cómplicemente de nuevo mesías redentor. Se anunciaban como “carismáticas” sus payasadas y su abuso de poder, sus intromisiones dinosáuricas en el espacio público: cantor, poeta, chistoso, comentarista, padre, fiscal, perdonador, de todo excepto simple presidente. Se redujeron a cero los valores de la democracia venezolana y se magnificó la pobreza del país. Desde el extranjero, también, se echó fuego a la radicalización entre venezolanos y se clamó por la vorágine virtuosa de una revolución. Se quería un antes y un después, un nuevo 1959 en 1999, mientras Chávez se burlaba groseramente de su pueblo en los medios masivos, diciéndoles que Cuba era una dictadura y que la propiedad privada era sagrada y, sobre todo, que él se iría del poder, cuando al final ni el cáncer consiguió sacarlo, y murió irresponsablemente en funciones, mintiendo sobre su metástasis y dejando un legado de matonismo dictatorial de solución poco menos que imposible.

En 1999 Vargas Llosa nos aguó a todos nuestra catarsis popularecha, como cualquier intelectual incisivo cuyo deber es nunca ser complaciente: “Que haya o no democracia en Venezuela le importa una higa a la comunidad internacional, de manera que ésta no moverá un dedo para frenar esa sistemática disolución de la sociedad civil y los usos elementales de la vida democrática que lleva a cabo el exgolpista, con la entusiasta y ciega colaboración de tantos incautos venezolanos. Una siniestra nube negra ha caído sobre la tierra de donde salieron los ejércitos bolivarianos a luchar por la libertad de América, y mucho me temo que tarde en disiparse”.

Parece escrito hoy por la mañana y no en un agosto de hace ya 15 años.

“Que un número tan elevado de venezolanos apoye los delirios populistas y autocráticos de ese risible personaje que es el teniente coronel Hugo Chávez no hace de éste un demócrata; sólo revela los extremos de desesperación, de frustración y de incultura cívica de la sociedad venezolana”.

Le llamaron de todo entonces al peruano incómodo, intolerable, inmanipulable: veleidoso, autor de pataletas, debilucho a la hora de la acción, prisionero de sus propias fábulas, hombre de inhabilidad apreciativa y liberal más literario que literal, presidente frustrado y suplicante de los poderes económicos internacionales (especialmente de Estados Unidos) y, en última instancia, un insensato con síntomas de ignorancia.

Ha pasado el tiempo, pero no el castrismo. Todavía la comunidad internacional defiende a capa y espada al régimen de La Habana, que es la esencia malvada del régimen de Caracas (ambos enfrentados al mismo imperialismo de siempre, que quiere aniquilar la soberanía de nuestras naciones víctimas del capitalismo).

El continente completo aún hoy parece estarse moviendo en contra de aquel cubazo de hielo de Mario Vargas Llosa en El País. Los muertos en Cuba y en Venezuela suman miles desde el inicio del socialismo, pero esos son cadáveres sin prestigio intelectual en Latinoamérica: no cuentan en las conferencias de los académicos ni en las estadísticas de la ONU y la OEA. Los ciudadanos libres estamos solos. Nos han dejado solos. Como a Vargas Llosa. A pesar de, o precisamente por, su Premio Nobel tan tardío.

Estamos entre la dictadura y la patria. Y ya es muy difícil distinguir cuál opción es peor. Por eso nos vamos, esa otra manera de morirnos. Nos largamos para siempre porque nadie cree en esos tétricos teatros de operaciones con que las seguridades del Estado (¿o será una sola seguridad?) siguen gobernando nuestra región, creando incluso falsas disidencias y oposiciones “democráticas” para no dejar de engañarnos y hacernos perder el tiempo. Y la vida.

Cuando decimos “basta de barbarie” ya apenas decimos “adiós”.

Adiós, dictadura. Adiós, patria.