• Caracas (Venezuela)

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Ignacio Ávalos

La suerte de Dilma pendiente del balón

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I.

Este Mundial será Brasil, convertido en el ombligo de la “aldea balón”. O sea, la “globalonización” del planeta, suerte de estadio infinito, albergando a cerca de 4 millardos de personas sentadas frente a su televisor al mismo tiempo, en todas partes. El altar de la religión con más adeptos en estos tiempos secularizados. La sublimación ritual de una guerra sin muertos, como escribió alguien. Un bálsamo temporal en medio de tanta zozobra en todos los rincones de la Tierra. La recuperación de nuestra infancia cada cuatro años, según pudo haber dicho el escritor español Javier Marías. El nacionalismo en versión ajustada a estos tiempos en los que el nacionalismo se replantea a la fuerza. El honor patrio puesto (todavía) en los pies de los jugadores, mientras el fútbol posnacional asoma su cara. Tal vez el último mundial tal como lo conocemos desde 1930.    


II.

Este Mundial serán 12 estadios de primera línea. El Maracaná remodelado a fin de espantar los fantasmas del “maracanazo”. Inversiones milmillonarias y sospechas serias de corrupción. Favelas desalojadas a lo macho por las autoridades a fin de acondicionar los escenarios deportivos. Protestas sociales de mucho calado, basadas en razones que no se pueden desestimar. La amenaza de que en el evento se produzcan disturbios serios.

Será la presidente Dilma Rousseff rogándole al cielo que no haya protestas que sofoquen el campeonato. Pidiéndoles a todos los brujos que Neymar sea como dicen que va a ser Neymar. Prendiendo velitas a diestra y siniestra para que la selección brasileña corresponda a su condición de favorita para ganar el torneo, convencida de que su vida política pende del balón. 

Será la  FIFA ligando con la presidente, pero no porque Blatter tenga en peligro la permanencia de su cargo, él será presidente hasta que tenga ganas de serlo, pues quién dijo que la FIFA es democrática.


II.

Este Mundial será 34 equipos, unos más equipos que otros. Unos que cumplieron con solo con llegar a Brasil. Otros obligados a ganar. Los más, con la pretensión de llegar lo más lejos posible. Será muchos equipos integrados mayoritariamente por “legionarios” que no juegan en el país que representan. Será no pocas selecciones multiétnicas. Será la prueba del debilitamiento del “estilo nacional”, como el sello de juego de cada selección. La prueba de que todos juegan más o menos parecido, consecuencia, en gran parte, de la globalización. De que no habrá choque de culturas futbolísticas, como gustan afirmar algunos comentaristas.

Este Mundial será el “fair  play”, con sus fallas e hipocresías, pero también con sus enormes méritos. Será la FIFA preservando contra viento y marea el sacrosanto repertorio de normas que gobierna el balompié a lo largo y ancho de todo el globo terráqueo, dosificando la introducción de los avances tecnológicos. El diseño, como siempre, de un nuevo balón, ventajismo para los delanteros, terror para los porteros, según se dice siempre de los nuevos balones.


III.

Este Mundial será la FIFA demostrando otra vez que los campeonatos mundiales son su especialidad. La constatación de que en el beisbol no se sabe organizar un campeonato ni siquiera parecido. Las empresas multinacionales haciendo su agosto en junio y julio. La Coca-Cola reafirmando su primacía entre los refrescos a pesar de que su fórmula secreta ya no es secreta. Este Mundial será el mensaje ecológico desde la FIFA siempre políticamente correcta hacia un mundo que aún no digiere eso del desarrollo sustentable, a través de un armadillo, especia en extinción. Será un himno muy feo, peor que el del Mundial surafricano.

Este Mundial será (ojalá que no) la nostalgia por los grandes futbolistas. La presencia de jugadores cada vez más atléticos y cada vez más obedientes a lo pautado en el libreto que se le entrega antes de cada partido. Alimentados por inyecciones y pastillitas, menos fuertes que en otros deportes, que saben evadir la raya amarilla de los controles antidoping.  El racionamiento, en algunos equipos anticuados, de la práctica del sexo bajo el argumento de que la eyaculación debilita a los futbolistas y dificulta el orgasmo del gol. El director técnico como capataz, ayudado por computadoras y otras yerbas tecnocientíficas que buscan automatizar el balompié. 


IV.

Este Mundial será, como en las demás ocasiones, la ausencia de nuestra Vinotinto, esta vez sin resignación, más bien con arrechera. Será los venezolanos inventándose lealtades, tratando de no caer en exageraciones “pasteleras”. La esperanza de que la próxima vez sí, segurito que sí, aunque ya no sabe si creerle a los que mandan en el fútbol local desde hace casi una eternidad.

En fin, Brasil 2014 será también, y sobre todo, la gran fiesta de los terrícolas. Una efímera interrupción en la que les será permitido creer que la vida no es sino un balón deslizándose sobre la alfombra verde y que todo lo demás sale sobrando. Un pequeño paréntesis ante el exceso de realidad, aunque sepa que, mientras tanto, ella seguirá haciendo de las suyas.