• Caracas (Venezuela)

Opinión

Al instante

Francisco Javier Pérez

El sueño de Herodes

autro image
  • Tweet:

  • Facebook Like:

  • Addthis Share:

El crimen se comete en Belén en un tiempo en que la historia sería cortada en dos por la llegada de un niño. Herodes I, apodado el “Grande”, padre de aquel otro de marca “Antipas” (asesino también como su progenitor y causante de la decapitación de Juan el Bautista), condicionado por sus cortesanos adulantes y por el temor a Roma muy presente ya, que le advierten del peligro de un niño que lo derrocará, ordena matar a todos los menores de 2 años para hacer que el oráculo no se cumpla, sin saber tontamente que toda predicción de este tipo es inexorable. Desesperado antes de que se realice el designio sangriento, será acosado por lúgubres fantasmas después de que el mandato esté cumplido con tanta sangre inocente derramada por las casas y las calles del poblado. Lo que siempre se creyó culminación tranquilizadora del tirano, no fue sino origen de la más grande y pavorosa locura persecutoria que recuerde la historia. El crimen que hostiga sin respiro al criminal. Tragedia del hombre acosado por su conciencia devastadora. La moral como tortura de los seres más sanguinarios y sin piedad. Satisfacción del inocente ante el desafuero del poderoso.

La revelación la encontramos en el texto del oratorio La infancia de Cristo (1854) de Hector Berlioz, versos aterradores que el compositor ha redactado para rubricar el desprecio por el jerarca y para condenarlo a las hogueras de su propia maldad. Más que presentarlo como el magnate pletórico y triunfante por su atroz decisión, nos lo muestra como un pobre hombre, débil y temeroso, que noche tras noche sueña con que el designio se va a cumplir y que será derrocado por uno de esos infantes no alcanzado por la muerte. Cumplimiento irremisible del pronunciamiento de la esfinge o de los astros y por una mala pasada de su cruel destino.

Noche tras noche sueña Herodes con ese infante no asesinado. Noche a noche se desgasta con sus obsesiones malsanas y temerosas. Noche a noche se le presenta el terrible sueño en el que él será aniquilado por el inocente: “Siempre este sueño de ese niño que debe destronarme. No sé qué creer de ese presagio amenazante para mi vida y mi gloria”. La noche torturadora del desdichado rey: “Noche profunda que tienes a todos en un reposo sumergido y a mí con el pecho destrozado”. El miserable rey que reconoce su infelicidad: “Miseria de rey, que reina, pero no puede vivir”. El todopoderoso que reniega de su vida malhadada y que, en cambio, envidia la suerte del cabrero que pasta en calma con sus ovejas, recorriendo en paz el bosque sosegado.

Imagen del poderoso corrompido y degradado por sus crímenes. Imagen del rey que no puede disfrutar de su poder por el peso de sus acciones de muerte. Imagen del gobernante acosado por sus demonios de sangre. Imagen del dictador que maltrata a su pueblo sin piedad y que convive torturadoramente con los espectros de sus muertos. Imagen del mandatario que no gobierna sino que solamente teme ser derrocado. Imagen, en definitiva, del tirano infeliz.

La faz política del arte decimonónico queda cumplida como crítica contemporánea tras la lectura del pasado bíblico e histórico.