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Karl Krispin

El sueco

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El diario ABC de España trajo recientemente una noticia curiosa: luego de un coma, el estadounidense de 61 años Michael Boatwright despertó en un extravío mental hablando en sueco y pidiendo a todos que lo llamaran por su supuesto nombre Johan Ek, sin poder pronunciar una palabra de su inglés natal.

El caso se ha dado en California donde Hollywood le hará un guiño a la historia pero la amnesia global transitoria que padece el nuevo escandinavo lo hace regresar a un pasado en Estocolmo donde habría vivido, según la nota del periódico madrileño del 16 de julio del corriente. Lo que sí puntualiza la noticia es que el neo-sueco insiste en no recordar a su esposa e hijos. Negar la realidad invoca una nueva circunstancia. Esta enfermedad en su fase no delirante la hemos tenido siempre entre nosotros y no es otra que la de “hacerse el sueco” con particular énfasis en el sector político que mira para el lado desacertado y se arroga características que no tiene ni tendrá. Hacerse el sueco es hacerse el loco y no enfrentar la situación debida sino tomar las de Villadiego, escurrirse o irse por la tangente y sobre todo, equivocarse.

No hablemos del Gobierno y sus quince años de destrucción sistemática. Lo de suecos les quedaría hasta elegante teniendo en cuenta que sus jerarcas hablan de “millones y millonas” con lo cual inventan otro idioma, chancletudo, aporreado y vulgar. Se hace la sueca la oposición cuando se invoca la necesidad de una asamblea nacional constituyente como si no hubiesen bastado las 26 constituciones anteriores que hemos tenido para demostrar que la constitución y la realidad son dos primas que no se tratan ni se entienden. En su artículo de esta semana, Villegas el bueno se refería a esto al contraponer los dos planos de esta propuesta en cuanto replantear las instituciones o que esta asamblea se utilice para cambiar el orden constituido.

La constitución de 1961 ha sido la más duradera y firme de nuestra experiencia republicana, corregida por Ángel Rosenblat, bastante mejor redactada que esta y en la cual no se incluían “horrorismos” como fiscala, concejala y cuanta mutación se esté inventando en la subcultura de un lenguaje y que para todos. Y esta constitución de 1961, mil veces violada pero millones de veces obedecida, fue cambiada por la actual quien sabe si dentro de poco también moribunda.

No creo en los saltos triples mortales que dan las constituyentes. Los ejemplos contemporáneos de los países de la región no han dado resultado, sólo han servido para sustituir un orden por otro, no se ha atendido el problema institucional y se ha instaurado la dictadura electiva de los falsamente providenciales. Si la discusión fuese el regreso a la bicameralidad, asegurar el federalismo, la vuelta a nuestro nombre lógico de República de Venezuela, o la prohibición absoluta de reelección, la discusión tendría sentido. Careciendo de este fondo, se convierte una vez más en la sustitución de un orden por otro. A pesar de que tengo sueños eróticos en que el PSUV es oposición, esta no es la vía.

Se hacen igualmente los suecos quienes se han puesto al margen de la MUD, lanzando candidaturas y tarjetas aparentemente independientes con el argumento descafeinado de que la unidad no puede ser un chantaje. Todos estos corsarios y aguafiestas que se están promoviendo al margen de la institucionalidad unitaria hay que aislarlos, ni siquiera referirse a ellos y que se cocinen en su propia salsa lunática, si es que algún ingrediente traen. Quien circula en el hombrillo está apostando a bajarle la velocidad a la MUD jugando el rol del emergente que beneficia al gobierno. “Divide y reinarás”, nos recuerda el viejo refrán. Más que extravío, amnesia o negación de lo establecido, esto significa ya que se están haciendo los rojos.