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Itxu Díaz

Me he subido a un árbol

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Me he subido a un árbol. Ustedes no van a creerlo, pero me he subido a un árbol. No me perseguía un oso, o al menos, no estrictamente hablando, ya que el ministro de Hacienda está de vacaciones. Pero me he subido a un árbol y la primera sensación es lo extrañamente cómodo que se siente uno aquí arriba. Nunca he creído que vengamos del mono. Nadie sensato puede creer que algo tan bello como que Claudia Schiffer proceda de algo tan feo como un mono. Sin embargo, aquí arriba, de rama en rama, por una vez en la vida me siento como en la redacción del periódico sin estar en ella. 

La vida desde un árbol se ve mejor. De los humanos sólo veo inmensas cabezas y algunos traseros prominentes que las rodean en perspectiva. Las plantas se muestran con una belleza inusual, las flores, abiertas a mi privilegiada perspectiva. Y las rodajas de limón para acompasar el ron están increíblemente más cerca que antes. Reposo sobre un limonero. 

Desde aquí arriba lo único importante son los limones. Han tardado meses en formarse, ajenos a toda la basura que circula por el telediario, a las dietas de adelgazamiento de verano, y a las preocupaciones cotidianas más banales. Estos limones aún no llevan ninguna etiqueta burocrática, ni han pagado impuesto alguno, ni están sujetos a más control de calidad que el de la madre naturaleza. Son limones libres. De haber crecido en Cuba, habrían tenido que brotar hacia adentro, ocultarse tras grandes hojas y, al paso de los guardias, poner cara de langosta, que es la fruta preferida de los Castro. Que todo el mundo sabe que los limones cooperan con eso que se llama “cubalibre”, en evidente conspiración anticastrista. 

Sentado en el tronco más grande y horizontal del limonero, contemplo la vida con una inusual sensación de libertad. En los dibujos animados, los buenos se suben a los árboles para que no se los coman los leones. Hoy nuestros leones son esa maraña de contraseñas de las que depende nuestra vida moderna, esos idiotas que se han hecho con el poder político en medio mundo, y esa caterva de hijos de una hiena que están torturando y masacrando inocentes en nombre del Corán, llenando de sangre cada edición del periódico. 

Sí, me he subido a un árbol y, lo lamento, pero no tengo planes para bajarme. Aquí no hay más norma que la que dicte el viento, no es posible cruzarse con Paris Hilton –que me dicen que anda suelta por una cabina de pinchadiscos ibicenca-, y se respeta como en ningún otro lugar el asunto de las raíces. Las tradiciones están firmemente ancladas a la tierra y no hay moda pasajera, ni vientecillo de modernidad capaz de estropear la vida, o de engañar a los incautos, siempre deseosos de dejarse engañar. 

En este precioso limonero, lo maduro cae por su propio peso, no como en Venezuela, que se perpetúa en la rama, lastrando a todo el árbol. Que tiene ese hombre al país dolorido y encorvado, como la caña de un pescador de truchas en la hora más feliz de su vida. Y le da igual, porque desconfía del viento de la libertad que mece las ramas. Que no ha nacido para buen fruto sino para pudrirse en el árbol y contagiar a otros con su miseria. 

Por suerte, desde aquí arriba todo importa mucho menos. El árbol crece hacia el sol y mirar hacia abajo se considera una obviedad, una ordinariez, y una pérdida de tiempo. A un árbol no le asombran los lagartos que se arrastran por el suelo, sino los pájaros que pueden sobrevolarlo. Y, desde hoy, supongo, también le impacientan los escritores con sobrepeso que pueden tomar la inesperada decisión de subirse a sus ramas, poniendo en riesgo toda la estructura sólo para perpetrar una columna original. 

Lo lamento por el limonero, pero de aquí no me bajan. Estoy a salvo del gobierno, de la actualidad, de la mala vida, y del olor a sudor en la playa. Estoy a salvo de los embotellamientos en la carretera, de los modernos y progres de consigna, e incluso de los ecologistas coñazo. Estoy en la cima, esta vez sí, y tengo la copa. Y, no por casualidad, aquí arriba estoy un poquito más cerca del cielo.

@itxudiaz