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Lorena González

Un solo gesto

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El performance en Venezuela ha sido uno de los capítulos menos estudiados de nuestra historiografía. Es probable que su proceder transitivo e indomable le haya hecho desplazarse por momentos únicos, hincando su expansión dentro de los quiebres de una columna vertebral en transformación constante. Proyectos como ID Performance, durante seis ediciones en el Centro Cultural Chacao con la gestión de Iván Oropeza, afirmó un amplio caleidoscopio de protagonistas de esa historia; en tanto que la curadora María Elena Ramos ha recopilado valiosos testimonios y disertaciones en libros como Acciones frente a la plaza, publicado en 1995 a partir de una experiencia realizada en 1981, o en proyectos posteriores como ¿Qué puede hacer el arte por la ciudad de Caracas?, el cual en 2012 reunió las acciones de distintos creadores en varios municipios de la capital.

En los más recientes sucesos que han tenido lugar en el país, la toma creativa de la plaza Francia de Altamira por parte de varios grupos de artistas volvió a colocar sobre el tapete la fuerza del performance como estrategia de reflexión y acción en la conjunción de elementos visuales y en la capacidad crítica del propio cuerpo para formar parte de las aristas comunicativas de una poética irreverente frente a estatutos tradicionales. Todo se originó a partir de la militarización de la plaza el 17 de marzo, acción sorpresiva por parte del Estado que generó la reacción en cadena. Con la fe puesta en el arte, el fotógrafo y docente Carlos Ancheta inició una convocatoria a la que se sumaron creadores como Consuelo Méndez, Rolando Peña y Érika Ordosgoitti, quienes lo ayudaron a ensamblar el proyecto.

El martes 18 de marzo, desde las 3:00 pm y bajo el título Nuclear: circuito de performance: hasta que el cuerpo aguante, comenzaron las acciones con ocho intervenciones en sitio. El miércoles 19 la toma denominada Foto acción la hicieron varios fotógrafos mediante talleres abiertos de fotografía con celulares para la comunidad. Finalmente el 21 de marzo participaron varios artistas en el núcleo Acciones en plaza Altamira. En cada uno de estos eventos se dieron cita creadores que combinaron sus necesidades expresivas con las protestas pacíficas que tenían lugar en el entorno, confrontándonos con un entramado prolífico donde los trozos de circunstancias que el pintor José Vivenes repartió a los asistentes, el canto ahogado de un Himno Nacional atorado en la garganta de Consuelo Méndez, la sonora caminata de Ordosgoitti con restos de bombas lacrimógenas o la petición de unidad y libertad que Cristóbal Ochoa construyó en una fuente sin agua con las monedas y deseos a viva voz de los presentes, se amalgamaron con la bandera de los estudiantes, los rezos del rosario, las cornetas de los carros, las proclamas en el semáforo y el paso de los transeúntes.

En una conversación que tuve con Ramos hace unos años me dijo una frase crucial sobre el performance: "Un arte que pregunta puede hacer que la ciudad se mire a sí misma". Hoy parece que esta actividad se ha desprendido desde la inquietud moldeada por el artista hacia una escalada opuesta: ahora brota desde el gesto de un ser social que necesita manifestarse autónomamente, encontrarse y ser reconocido en medio de la mirada extraviada y los dictámenes sórdidos de una realidad que nos supera.