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Maximiliano Tomas

La soledad del lector

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Hace un par de años la Biblioteca Nacional, cuya interesante política de reimpresiones habría que señalar más a menudo, distribuyó una edición facsimilar de la revista Los Libros, publicada entre 1969 y 1976 y dirigida por Héctor Schmucler. Recuerdo haber pasado una tarde entera atrapado en esas páginas, deteniéndome en algunos artículos del primer volumen de los cuatro, que totalizan unas 1.400 páginas, leyendo las reseñas tempranas de libros hoy clásicos, firmadas por críticos que publicaban sus primeros trabajos: Beatriz Sarlo, Ricardo Piglia, Josefina Ludmer. En las páginas de esa revista de artes y política, pero sobre todo, en un comienzo, de literatura, todo hacía referencia, como su nombre lo indica, a los libros: la realidad se pensaba a través de los libros, no había para sus autores nada más importante que los libros, las publicidades (de una creatividad que sorprende aún hoy) vendían únicamente libros. Ni siquiera autores: libros. Vista desde el presente, con sus páginas grises llenas de texto, con los márgenes estrechos para aprovechar mejor el espacio, no parece una publicación del siglo pasado, sino directamente de otro universo. Los libros (insisto: sobre todo la literatura) eran, para sus autores y colaboradores, el único centro de interés posible (una centralidad tan categórica como excluyente). E imagino que también para sus lectores. Los lectores. Algún día un historiador perspicaz, si es que para entonces queda alguno, deberá dar cuenta de cómo fue que en apenas treinta o cuarenta años la literatura perdió ese potencial de atracción, esa capacidad de funcionar como catalizador de discusiones y debates, y acabó siendo desplazada definitivamente por otras artes, otras técnicas y otros intereses. Mientras tanto Los Libros, al igual que esos objetos de la infancia que décadas después son exhumados en una mudanza o aparecen luego del derrumbe de una vieja casa, funciona como la cautivante memoria de un tiempo pasado, tan cercano y tan distante que parece increíble que las cosas hayan podido ser de esa manera.

Pensaba en todo esto mientras caminaba por una playa desierta y gris de mediados de febrero, y en las pocas sillas y carpas ocupadas me costaba encontrar gente leyendo. Mucho menos gente leyendo literatura. El primer día contabilicé un libro de Isabel Allende y uno, al parecer, de Marcelo Polino. Al segundo no tuve mejor suerte. Al tercero llovió. Y como llovía me puse a leer los diarios en Internet y algunas páginas y suplementos literarios, sobre todo extranjeros (ya que en Argentina, como se sabe, no existen: se llaman revistas de cultura y traen un montón de cosas, incluso cada tanto una entrevista a algún escritor, pero pocos artículos sobre literatura). Entre algunas curiosidades (un par de amigos inventaron una aplicación llamada Hemingway que corrige y convierte automáticamente cualquier texto al estilo breve y seco del americano; un ensayista que explica por qué los escritores son los reyes de la procrastinación) llego, como todas las semanas, a la columna del amigo Ignacio Echevarría en El Cultural. Se llama "La soberbia del lector" , y se refiere tanto al lector cuyo gusto es compartido por una mayoría (el lector de un best seller, por ejemplo) como al que se siente parte de una exclusiva minoría. Echevarría es demasiado inteligente como para perder el tiempo diseccionando el gusto del lector medio: no es algo sobre lo que crea que vale la pena insistir. Con quienes se mide esta vez, siempre buscando despertar la polémica e incomodar a las buenas conciencias, es con aquellos que se jactan públicamente del placer que la lectura literaria les genera. “n la literatura contemporánea hay una importante franja de libros destinados a lectores a los que les gusta que les guste leer (...) La soberbia de estos lectores es fomentada por tantos y tan conspicuos escritores que se dedican a sembrar sus libros con referencias y guiños que inducen un sentimiento de complicidad, que alientan en los lectores la excitación de ser ellos actores y no sólo espectadores de la aventura de leer” escribe.

Repasé una y otra vez estas líneas, tratando de entender su significado más profundo, pensando si estaba de acuerdo con ellas o no, hasta que llegué a la conclusión de que no sabía muy bien quiénes eran esos lectores que mencionaba Echevarría. No sé cómo andarán las cosas por Madrid y Barcelona pero, en todo caso, en Argentina los lectores de literatura parecen ser cada vez menos. La literatura no está de moda (como las series televisivas) ni es una industria ni un buen negocio (como el cine, la música). Nadie entra a un bar o a un restaurante alardeando de sus lecturas. La literatura ni siquiera sirve, como nos cuentan que podía suceder en la época de Los Libros, como argumento para intentar seducir al sexo opuesto. Y tal vez sea mejor así. ¿Cómo sería un mundo de lectores, un lugar donde se hablara todo el tiempo de novelas y cuentos? Si la literatura no le importa a nadie, o a casi nadie, como ahora, es de esperar que más temprano que tarde desaparezcan las modas literarias, las discusiones accesorias, las batallas por los pequeños feudos de poder. Dejaremos las campañas de lectura a quienes corresponde: a los funcionarios políticos. Mientras tanto algunos de nosotros, discretamente, recrearemos una y otra vez el placer de leer en soledad. Para eso no hace falta más que un buen libro, y algo de tiempo.