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Francisco Suniaga

La socialdemocracia venezolana

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Un artículo de Leopoldo López ha puesto sobre el tapete la idea de agrupar y articular políticamente a los socialdemócratas de Venezuela. Es de imaginarse que siendo Voluntad Popular la organización que él lidera, sea ésta la llamada a hacerlo. Ese anuncio de competir en el campo socialdemócrata causó algún escozor entre quienes reclaman pertenecer “legítimamente” a esa corriente ideológica. Tal ha sido el caso de Acción Democrática, la “decana” de la socialdemocracia en el país. Un poco de historia, quizás pueda aclarar por dónde van los tiros.

La grandeza de Acción Democrática, y en particular de su líder Rómulo Betancourt, estuvo en conformar un partido político que fuese una emanación de Venezuela misma. Por eso AD se definió en principio como un partido democrático, antimperialista,  antifeudal y profundamente igualitario.

Si Rómulo Betancourt no hubiese sido un perseguido político desde que era adolescente, quizás AD hubiese sido además un partido marxista, pero esa dolorosa experiencia lo llevó a considerar la libertad como el máximo valor humano (valor que los marxistas desconocen). Por eso rompió con el marxismo.

No ser marxista no condujo a AD a abrazar la socialdemocracia como doctrina. No estuvo ese pensamiento expresado en sus tesis ideológicas de los primeros años ni pasó a formar parte de la internacional (Internacional Socialista) que agrupa a las organizaciones que militan en el socialismo democrático. AD tampoco lo era sustantivamente. No era un partido obrero (no obstante el valor que concedió a los trabajadores y la fuerza que estos llegaron a tener dentro de la organización) sino policlasista, como se le llamó más tarde (un catch allparty, según la nomenclatura de Giovanni Sartori).

No haber militado en el internacionalismo socialista no convirtió a AD en una fuerza retrógrada, como otros partidos nacionalistas de América Latina. Por el contrario, AD fue el gran partido progresista de Venezuela, la herramienta política de promoción social y económica más importante y eficiente del siglo XX venezolano. A su imagen y semejanza el país salió del atraso y se forjaron además un Estado y un sistema político de partidos democráticos. Bajo su liderazgo, Venezuela vivió sus mejores años.

Cierto que la imagen progresista de AD estuvo empañada por la dura defensa que se vio obligada a hacer de Venezuela y su democracia en los años sesenta. Le tocó librar una auténtica guerra contra la insurrección comunista armada, impuesta como línea desde la Cuba de Fidel Castro. La guerra, se sabe, es el paraíso de los demonios y ocurren en ella cosas muy feas. Sin embargo, para medir el comportamiento de AD bastaría imaginar de qué no habrían sido capaces en similares circunstancias quienes ahora ocupan el poder.

Luego, en los setenta, cuando América Latina fue asaltada por el militarismo fascista, AD fue el partido que enfrentó internacionalmente a esos regímenes y defendió hasta la imprudencia los derechos humanos de los perseguidos (por cierto, cómo se echa de menos ahora a una AD en los países vecinos). Esa circunstancia, la lucha por la democracia y la libertad durante años, llevaron a AD y a la Internacional Socialista, bajo la jefatura de un pragmático como Willy Brandt, a coincidir. Así pasó AD a ser miembro de la IS y a liderar la socialdemocracia en el continente, una extensión del liderazgo de Carlos Andrés Pérez.

El ala tradicional de AD, que se apoderó de la imagen post mortem de Betancourt y encontró en Alfaro Ucero su expresión más acabada, siempre miró con antipatía y expresó con sorna su rechazo a esa evolución. Ese mismo lado oscuro, una vez que se apoderó de los mandos partidistas, expulsó a CAP del Gobierno y de AD (persecución que alcanzó a miles de dirigentes y militantes) y la llevó a involucionar hasta su estado actual. AD, y con ella Venezuela, fueron víctimas de la falta de democracia y transparencia internas que la nomenclatura caudillesca entronizó en la organización. Sin democracia ni transparencia, requisitos elementales para la socialdemocracia, alegar ahora esa filiación es una simple formalidad, una inercia.

Siendo ese su estado, ni Acción Democrática ni sus actuales dirigentes son capaces de asumir el proceso de integrar a la socialdemocracia venezolana. Eso corresponde a una organización profundamente democrática en su vida interna, transparente en sus procedimientos y, por encima de todas las cosas, creíble. La historia no es suficiente credencial.

¿Es Voluntad Popular esa organización solo por haberlo propuesto Leopoldo López? La duda cabe, pero los requisitos a cumplir serán los mismos y por sus hechos se sabrá. Esa brecha de credibilidad, sin embargo, no es imposible de llenar.