• Caracas (Venezuela)

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Alberto Soria

El paraíso en el bolsillo  

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Hay gente que cree que lleva el paraíso en el bolsillo. Tienen en su teléfono inteligente las fotos de las botellas. Con dos toques saben cuál fue la añada buena y cuál la mala.

Tienen listas de los “mejores restaurantes del mundo”, miles de fotos y cientos de recetas. Como hoy no hace falta ir para estar, creen que han visitado los templos del sabor. Que la lechuga contribuyó más a la civilización que la berenjena. Y que la hamburguesa es un manjar.

Uno teme que el moderno síndrome pantalla-multimedia avance. Ejemplos: improvisar arengas todos los días, a cada rato, para la televisión y creer que eso es gobernar. Suponer que es el smartphone el que debe almacenar y reconocer los aromas y el gusto “del mundo”.

 

I

La banalización de necesidades fundamentales de la sociedad está dando frutos. Por necesidad de usar la redundancia, la sociedad pantalla-multimedia está generando bolsones de resistencia. Fantásticos, anticuerpos.

En el pasado, redundancia era la repetición intencionada de una cosa (como el control del punto de sal). Hoy, redundancia se ha convertido en la repetición inútil de un concepto.

Observo en la televisión a un señor que anuncia que “hay de todo” en los mercados. Siempre lo hubo, dice. A su lado, personas que usan la misma camisa de color, medio sonríen, con sorna. Abandono el teclado y corro al supermercado en busca de harina integral. No hay. Hace meses. Polvo para hornear, tampoco.

Regreso al teclado. El señor sigue hablando en la pantalla. Está inaugurando una fábrica nacional de fusiles que ha perfeccionado la bayoneta. En la calle me he tropezado con universitarios sin libros ni comedores, pidiendo limosna. ¿Saben ustedes dónde está el supermercado en el que hay de todo?, pregunto. Uno de los manifestantes observa mi bastón, se compadece y busca en su teléfono. En la televisión, responde.

 

II

A golpe de pantalla-multimedia se cocina ahora la credibilidad. Para el ciudadano, la situación no deja de ser confusa. La televisión le muestra abundancia de alimentos que no existen. Los universitarios que yo he visto, tampoco existen.

Lo sabroso que emociona de la cocina de doñitas no tiene pantalla. Las carnicerías no tienen solomo. Porque se retrasó el barco. La TV muestra la llegada de cargueros con productos exóticos: azúcar, arroz, caraotas.

Apago el televisor y el smartphone. De ese paraíso no me fío, me digo.