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Armando Durán

¿Para qué sirven las parlamentarias?

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En vísperas de las duras realidades que nos deparan estas Navidades, los partidos políticos de la oposición más conciliadora, con la agonizante MUD a la cabeza, calientan sus muy traqueteados motores, la vista clavada en las urnas de las próximas elecciones parlamentarias.

Según repite Jesús “Chúo” Torrealba, estos comicios constituyen la gran oportunidad de la oposición para construir al fin una mayoría, afirmación que calladamente equivale a sostener que hasta ahora el no chavismo ha ido de derrota en derrota porque, a pesar de todos los pesares, no ha dejado nunca de ser minoría. También, como nos advierte la campaña electoral de Primero Justicia con inexplicable alegría, porque del resultado de estas elecciones depende que se superen o no todas las desgracias que acosan y acorralan al ciudadano común y corriente. Otra mentira más.

Para alimentar esa quimera de conquistar la distante cima del monte Carmelo y derrotar la inflación, el desabastecimiento y la inseguridad, ¿es que los venezolanos deben votar por los candidatos de la MUD? Peor aún: ¿basta participar en estas elecciones parlamentarias previstas para el año que viene para hacer trascendente y ajustar los pasos de la oposición a una visión verdaderamente democrática del mundo, “independientemente de las condiciones y ventajismo del oficialismo”, como señala Freddy Lepage en su columna del viernes en este diario? ”

Estos temas que manosean con gran naturalidad los dirigentes de la MUD, y la trastienda que ocultan, no son nuevos. Ni ciertos. En primer lugar, no vivimos en el mundo maravilloso de Alicia, sino en el del chavismo simple y duro. En segundo lugar, los políticos profesionales no están enfrascados en un amable torneo poético, sino en una guerra sin cuartel. Contra sus adversarios, pero también contra sus aliados. Por último, el universo electoral sigue estando a merced de la implacable alianza Miraflores-PSUV-CNE.

Precisamente para rechazar de plano esta opción, AD, Copei y una fracción de PJ liderada por Leopoldo López, decidieron abstenerse de presentar candidatos y votar en las elecciones parlamentarias del 4 de diciembre de 2005. La abstención fue entonces de 75%, una contrariedad sin duda deslegitimadora del régimen, que puso a Hugo Chávez contra la pared, aunque por muy poco tiempo, porque los partidos se arrepintieron enseguida de haber emprendido ese camino rupturista. Cinco años después, el 26 de septiembre de 2010, creyeron haber superado aquel error. A pesar de perder la votación por menos de uno por ciento, gracias a las alteraciones ilegales del CNE en los circuitos electorales, esa pírrica victoria se tradujo en una abultada diferencia de 33 diputados a favor del régimen. No obstante, la MUD obtuvo 67 escaños, suficientes para arrebatarle al régimen la mayoría calificada y para presentarle al gobierno un sólido bloque opositor. Ya sabemos, sin embargo, que en la práctica no fue así. A golpes físicos, jurídicos e institucionales, la Asamblea, bajo la conducción de Diosdado Cabello, ha funcionado estos 5 años exactamente igual a la que se armó con la abstención en diciembre de 2005.

En las próximas semanas continuaremos reflexionando sobre decisivos temas electorales. Por ejemplo, la selección en la Asamblea de los nuevos directores del CNE y la celebración de elecciones primarias en las filas de la oposición, como se hizo hace 5 años, o volver a la tradición dedocrática de los cogollos partidistas. Por ahora sólo quisiera dejar en el aire una angustia inquietante: si en el terreno de los hechos concretos nada diferenció la Asamblea monocolor de 2005 de la multicolor de 2010, ¿en qué puede diferenciarse de ellas la Asamblea de 2015?