• Caracas (Venezuela)

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Fernando Luis Egaña

Los síntomas y la enfermedad

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En materia económica, la creciente escasez, la desbocada inflación, la masiva devaluación, la ruina del salario, la carestía de divisas, la gigantesca deuda externa o la quiebra absoluta de la confianza son síntomas que reflejan claramente que la economía venezolana no es que está gravemente enferma, es que está postrada y de manera irremediable mientras prosigan los estragos del llamado “modelo económico bolivariano”.

Y además no puede dejarse de considerar que semejante panorama acontece con el barril de petróleo en 100 dólares. Un precio muy importante en términos históricos. O sea, una catástrofe por partida doble: en sí misma y en el contexto.

Sin embargo, los jerarcas del oficialismo no ven las cosas así. Al contrario, las ven de maravilla. Si hasta Rafael Ramírez repite que el “modelo económico ha sido tremendamente exitoso”. Reconocen, eso sí, que hay algunos problemas coyunturales que, no faltaba más, pueden ser rápidamente superados con algunos toques técnicos aquí y allá, con agilizar tales o cuales trámites administrativos, o con simplificar el papeleo ante el organismo equis o zeta.

Es decir, los jerarcas alegan que la economía se encuentra saludable y que las dificultades que se puedan presentar son de carácter circunstancial y perfectamente manejables con “más eficiencia revolucionaria”..., y con algo de compromiso patriótico por parte de los empresarios nacionalistas... Y claro no puede faltar el repetido alegato de que esas “dificultades” son inducidas por los enemigos externos e internos de la “revolución”, verbigracia, la “guerra económica”.

Desde luego que estas apreciaciones no solo son la causa de que se haya malbaratado la inmensa oportunidad de la bonanza petrolera mundial del siglo XXI, sino que empujan al país por el barranco de la catástrofe continuada y agudizada. De cierta forma se asemeja al caso delirante de un paciente en grado prácticamente terminal, que no acepta tal realidad, sino acaso que tenga ciertas molestias pasajeras, por lo que le pide al médico que se las elimine, pero sin referencia alguna al grave mal que padece. Ese exabrupto de la medicina es lo que tenemos acá en la economía.

O mucho peor, porque los síntomas señalados al comienzo de estas líneas no son molestias pasajeras, sino fenómenos que revelan una enfermedad de pronóstico fatal, al menos en cuanto al asolamiento del potencial venezolano. Y si al naufragio ideológico se le agrega la incapacidad crasa y supina y, no podía faltar, la corrupción generalizada, entonces la enfermedad alcanza la gravedad de una tragedia extrema.

Y no importa que la satrapía pretenda evadir la realidad con el cuento de que están construyendo la Venezuela potencia... La realidad termina por pasar y por cobrar todas las facturas pendientes. Por eso, la economía del presente está como está: hecha jirones en medio de un boom petrolero. El tener un salario mínimo que equivalga a 60 dólares al mes, rinde suficiente cuenta al respecto.

Pero ojo, el tema de los síntomas notorios, la enfermedad comatosa, y la negación oficialista de todo lo que no sean problemillas secundarios y derivados de la conspiración contrarrevolucionaria, no solo aprisiona la materia económica, sino también la política, la social, la comunicacional, la militar, y cualquier otra que tenga que ver con esta Venezuela tan despedazada como necesitada de reconstrucción.