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Rafael Quiroz Serrano

El síndrome de la producción petrolera

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Replica a Leopoldo López 

El viernes 1° de noviembre Leopoldo López publicó, en el diario El Nacional, un artículo titulado: “Venezuela y el petróleo (II)” (página 7, Opinión), en el cual afirma, entre otras cosas, que “debemos plantearnos la meta de duplicar nuestra producción petrolera en un plazo no mayor de seis años. Con ello podríamos triplicar los ingresos petroleros” (sic). La tesis sostenida por López resulta impactante en una primera lectura por dos razones: en primer lugar, por ser él un ducho economista petrolero; y en segundo lugar, porque los incrementos de los volúmenes de producción a simple vista son “espejismos” de mayores ingresos fiscales para la nación. Sin embargo, esta tesis no es sostenible, y, por consiguiente, es inviable dentro de la lógica de lo que es la economía petrolera y el mercado de los hidrocarburos. El petróleo, por su gran significado geopolítico y geoestratégico, y por ser un recurso no renovable, no puede ser medible como la mayoría de otros productos, artículos o materia prima.

Hay cierta tendencia en Venezuela a hablar con ligereza sobre el aumento de la producción de petróleo. Nuestra condición de país eminentemente petrolero nos lleva a creer que todo lo solucionamos con criterios simplistas y efectistas, para abrir más el chorro de la producción; es decir, producir tantos barriles como sea posible. El negocio del petróleo no consiste precisamente en producir a granel, sin que esto tenga efecto alguno en el mercado de los hidrocarburos.

Producir por producir, y si esa producción petrolera es cada día mayor, mejor aún, no importa el impacto que esto tenga en los precios y en el medio ambiente; porque, para los que así piensan –como Leopoldo López–, lo globalizado, “up to date”, “moderno” y “chic” es producir petróleo en grandes cantidades, bajo la falsa premisa de que el sector petrolero, cual locomotora arrolladora e incontenible, moverá y dinamizará automáticamente todos los sectores, factores, ámbitos y rincones de la economía nacional; y, por consiguiente, un significativo incremento en la producción petrolera generará, con efecto multiplicador y en forma inmediata e infalible, una aceleración del consumo doméstico, nivel de empleo e ingreso, gastos de inversión, gasto público y privado, demanda de bienes y servicios, renta nacional y hasta “entrada de capitales” a borbotones. No hay duda de que es una visión tan economicista y rentística como equivocada, pues la data histórica, tanto de la producción como de los precios petroleros, dicen todo lo contrario.

Es una especie de síndrome en el cual tienden a incurrir algunos venezolanos, con diferentes visiones y argumentos, pero con un único objetivo de incrementar la producción de petróleo per se. En el caso de López, a este lo impulsa la visión fiscal de buena parte de nuestros políticos, según la cual a mayor producción petrolera habrá más ingresos para el país, vía recaudación fiscal, y, por consiguiente, habrá más recursos para el gasto público. Si tal crecimiento de la producción petrolera implica violar las cuotas acordadas en la OPEP (y estimular una guerra de producción dentro de la organización –o salirnos de ella–), degradación del medio ambiente, agotamiento de los yacimientos, incremento de la deuda ecológica o, lo que es peor, trastoca las relaciones del mercado energético mundial con el petróleo, eso no interesa para nada, pues no son elementos a considerar por esta visión.

Lo fundamental aquí es mantener la carrera ascendente en los ingresos fiscales a través de la tripleta regalía/ISLR/dividendos, sin que importe si dicha tripleta no justiprecia la actividad económica singularizada: edad, desgaste y química del yacimiento, volúmenes de producción, tecnología, ambiente, inversión y retorno de capital; es decir, maljustiprecia los derechos económicos del Estado y sus ciudadanos, y legitima transferencia de renta al capital petrolero.

Y como para que no quede duda alguna de la pretensión neoliberal de mercado que envuelve su propuesta, López afirma: “Esto significa darle prioridad al volumen” (sic). Claro que sí, pues de lo que se trata es de volúmenes, el precio aquí no figura, pues eso es oropel, dado que el mercado debe estar por encima de todo y, por lo tanto, hay que producir el petróleo que demande el mundo desarrollado, sin importar el precio que nos den por él.

Aquí López se sincera al mitificar y endiosar el aumento de la producción petrolera, debido a la veneración que siente por el mercado, lo cual a su vez lo lleva a despreciar, y colocar en un tercer plano, el precio de esta materia prima que es savia vital para los países industrializados; aun cuando después tenga que decir como dijo Luis Giusti en sus “mejores” tiempos: “Compensaremos la caída de los precios con más producción” (El Nacional, 27 de febrero, 1998, p. E/1), y los precios seguían cayendo, mientras él se aferraba a lo que llamó la “estrategia volumétrica” de producción (altos volúmenes por bajos precios). Exactamente lo que propone López. ¿No fue acaso esto lo que fracasó en la década de los noventa, y que coadyuvó a que la cesta petrolera venezolana llegara a un vil precio promedio anual (1998) de 10,57 dólares por barril? Vender menos a cambio de altos precios hasta ahora ha sido lo aconsejable y exitoso para la OPEP.

El discurso político, por lo general, siempre ha sido antagónico al discurso energético, pero no estaría mal que de vez en cuando este discurso esté potenciado del buen juicio y la prudencia que aconsejan mantener una política racional de producción y conservación del petróleo como recurso natural agotable.

Es lamentable que venezolanos que pretenden convertirse en el futuro en jefes del Estado se dejen contagiar por el “síndrome del aumento” de la producción petrolera, atraídos, muy seguro, por la tan manida “libre competencia” y por el anhelado incremento de la renta de los hidrocarburos en función del gasto público. Bien les valdría asesorarse mejor en la formulación de políticas petroleras ciertas, conformes y concatenadas al interés nacional, geopolítico y geoestratégico del país y de la región. Y si esto no es así, que “Dios nos agarre confesados”.