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Gabriel Antillano

La sinceridad en el cine o el efecto Snakes on a Plane

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Hay películas buenas y hay películas malas. Los grises entre regular y pasable son bastante subjetivos y usualmente responden a un juicio comprometido o a largometrajes que triunfan en uno o más campos pero en general fallan. Todo se reduce a eso, bueno y malo. La vía que se tome para evaluar una película es algo sobre lo cual la teoría cinematográfica se ha ocupado desde la grabación de las primeras imágenes en celuloide. Más allá de criterios personales, una cinta se puede reducir a historia, estética y calidad de montaje. Estas categorías abarcarían guion, música, actuaciones, fotografía, edición, etcétera.

El cine es un medio de gran accesibilidad, lo cual tiene tres consecuencias: 1. produce dinero, lo que resulta en que también cueste dinero y quien toma las decisiones finales es quien paga. 2. Las películas son susceptibles al tiempo y participan muy directamente dentro de la cultura pop, contribuyen al zeitgeist. Y 3. la popularidad influye en la forma en que se juzga la película. En pocas palabras, todo esto hace que la mayoría (por poca o mucha diferencia, depende del momento) de las cintas que se estrenan durante un año sean basura (incluyendo los circuitos independientes). Sin embargo, entre ese mar de celuloide prescindible, surgen maravillas. Es por esto que, resistiendo al esfuerzo de muchos, el cine sigue siendo un arte.

Extenderme sobre historia del cine, los problemas, los logros, teoría cinematográfica, estética y crítica cultural, resulta algo inútil para los propósitos de este texto.

Hace meses conversaba con una de esas personas que se autodeclaran «cinéfilas» (las mismas que son «fanáticas» de Stanley Kubrick y de Alfred Hitchcock pero aún no han visto todas sus películas, ni entienden por qué les gusta, al igual que odian a Nicolas Cage pero jamás vieron Leaving Las Vegas (1995), como decía el gran Carl Zitelmann). Esta persona me preguntaba cuál había sido para mí la peor película de 2013, a lo que yo respondía que no tenía idea «ya que no había sido un excelente año para el cine, pero probablemente The Butler». La expresión de mi interlocutora cambió a una de duda y escepticismo. «Pero The Butler no es una mala película,» argumentó, «a mí tampoco me encantó, pero está bien hecha». Y yo le respondía que sí, tan bien hecha como un comercial de Coca-Cola. Para darme el beneficio de la duda, mi amiga la snob me preguntaba entonces por la peor película de 2012, a lo que yo le respondía: «Peor aún, en ese año la cantidad de basura fue increíble, casi todas las nominadas al Oscar fueron una porquería, de los peores años del cine. Aunque si me pones a elegir, te diría que Lincoln». Mi interlocutora se quedó estupefacta, yo debía de estar loco o tener un gusto terrible en cine. Decir que Lincoln, dirigida por Steven Spielberg y protagonizada por Daniel Day-Lewis, nominada a varios premios Oscar, su película favorita de aquel año, era mala parecía un gesto de provocación de mi parte, un mal chiste o un momento de ausencia de sanidad mental. La conversación terminó allí y mi amiga «la cinéfila» se fue pensando que había perdido tiempo con un idiota y tal vez tenía razón, pero no sobre The Butler o Lincoln.

Como ya dije, existen varias formas para analizar películas. A mí me gusta comenzar por la sinceridad. Esto lo aplico para todo tipo de arte, creo que el artista debe ser absolutamente sincero consigo mismo y producir una obra sincera que responda únicamente a sus intereses y a nada más, siempre y cuando estos intereses personales no tengan que ver con agentes externos como el público o el dinero. Por eso muchos de los mejores artistas crean para sí mismos, para servir a sus necesidades e intereses. Claro, no es una norma. A veces el artista más mercantilista e irrespetuoso de su propio arte logra creaciones magníficas. Me gusta pensar que aun así se debe a que la obra es sincera, aun cuando el artista no lo es.

Considerando la crítica de cine de los últimos 60 años, es notable cómo esa sinceridad artística a la que me refiero es difícil de notar para muchos. Un perfecto ejemplo es mi amiga la snob pensando que The Butler y Lincoln son grandes películas. Esas dos películas son básicamente películas pensadas para el público y los premios. Dramas históricos escritos y realizados basándose en su consciente autoimportancia y enfocados en premiaciones y ventas de taquilla. En cuanto a la realización, es estándar. Sí, claro, grandes producciones y demás, pero ningún tipo de innovación, riesgo o creatividad. Si le hubiese dicho a mi amiga snob la gran verdad de que Raiders of the Lost Ark (1981) o Jaws (1975) son infinitamente mejores que Lincoln (para compararla con otras películas de Spielberg) probablemente me habría asesinado.

A la falsedad en el cine también pertenecen esos largometrajes del llamado «victimization cinema», los cuales consisten básicamente en hacerte sentir empatía y dolor por unas historias fabricadas para ser extremadamente dramáticas, lo mismo que ocurre con la denuncia social –ambos géneros, por cierto, muy usados por el cine nacional y el cine latinoamericano en general.

Lo peor es que este tipo de cine que sirve a esos intereses es similar al cine de propaganda y la gran mayoría del tiempo ni siquiera es bueno. Otra afirmación para mi amiga: películas de propaganda como Triumph of the Will (1935) o Battleship Potemkin (1925) son obras maestras muy superiores a los dramas históricos prescindibles como Lincoln y The Butler.

Quiero ser absolutamente claro en esto porque pienso que las películas pretensiosas y vacías que se hacen pasar por grandes logros cinematográficos son mucho más peligrosas que las malas películas. Los largometrajes idiotas conscientes de sí mismos han existido durante muchísimos años (y seguirán existiendo). Solo las películas «bien hechas» que logran impacto por su calidad técnica y hacemos pasar por buen cine afectan la verdadera critica. Nadie afirmará que las películas de Adam Sandler son una joya de la creación visual que perdurara en el tiempo. Por esto las películas malas son menos peligrosas que las pretensiosas. Cuando sepamos la diferencia entre buen cine y mal cine podremos ocuparnos de reducir un poco la cantidad de películas malas que se realizan. Mientras, el cine seguirá empeorando.

Odio tener que volver a mi amiga snob, pero siento que caracteriza al así llamado «cinéfilo» de nuestros tiempos. Mi amiga pierde mucho tiempo criticando películas como Click (2006) –de nuevo, Adam Sandler– y This Is the End (2013). Creo que en mi vida he nombrado estas películas. La primera no la vi y la segunda sí. La cosa es… ¿para qué hablar de esas películas? Es una pérdida de tiempo verlas y lo es aún más hablar sobre ellas. Y a esto me gusta llamarlo el efecto Snakes on a Plane. Todos recuerdan la película Snakes on a Plane (2006), aquellas dos horas sobre un avión lleno de serpientes que no tiene absolutamente nada de importancia más allá de la gran frase de Samuel Jackson, protagonista de la película, cerca del final: «I've had it with these mother fucking snakes on this mother fucking plane!». La película revela toda su trama en el título: un avión lleno de serpientes. Y eso es todo. La gente se queja de la película y aseguran haber perdido dos horas de su vida. Tienen razón, pero entonces ¿esperaban que fuese buena? ¿Al ver un título como serpientes en un avión pensaron que entraban a ver un nuevo clásico del celuloide? Si fue así, el error fue de ustedes, muchachos. Es una película que te da exactamente lo que te ofrece. ¿Es una mala película? Sí, sin duda, solo que te lo han dicho desde el principio, no hay ningún tipo de pretensión de ser una candidata en Cannes. Yo también desearía que este tipo de películas no existieran, pero es una meta imposible. Por eso trato de usar mi tiempo de crítica para evitar que la gente confunda lo que es buen cine, ya que todos tenemos bastante claro lo que significa el mal cine.

Tomemos otro ejemplo: la última película de Guillermo del Toro, Pacific Rim (2013). Aquí se ejemplifica muy bien el efecto Snakes on a Plane. Mucha gente la tildaba de estúpida, simple y mala. Es una lástima que aquí no usaran aquello de «está bien hecha», porque se cumple, está muy bien realizada. De nuevo, ¿es una película simple? Sí. ¿Es mala? Sí y no, depende de dónde lo veas. Pacific Rim te da exactamente lo que te ofrece: un homenaje al género Kaiju (películas de monstruos, incluyendo peleas entre monstruos, así como Godzilla, Ultraman y demás). Es decir, robots y monstruos dándose golpes y destruyendo ciudades. La película vive a su oferta. Sin embargo, falla. No por la simpleza de su argumento ni la superficialidad de su guión, falla en todas las escenas melodramáticas sobre los personajes. Queremos ver más monstruos, más robots, más peleas y, por supuesto, más destrucción.

Claro, la sinceridad no lo es todo. Si lo fuese, Pacific Rim competiría con clásicos como Apocalypse Now (1979) y está muy lejos de ser el caso. Como dije, es solo lo primero que me gusta tomar en cuenta. Luego entran otros criterios como la calidad del guión, la fuerza de los diálogos, el desarrollo, el inicio, el final, la música, las actuaciones, la producción, la fotografía, etcétera. Todos buscamos diferentes cosas en las películas, pero las mejores son las que nos hacen realmente sentir algo, las que tienen un efecto en nosotros y experimentamos miedo, terror, felicidad, intriga, entre otras muchas sensaciones. Solo que si la película no es sincera, no logro sentir nada de esto.

Sobre ello hay un nombre que no deja de sonar en mi cabeza: Pauline Kael (1919-2001), la mejor crítico de cine de las últimas décadas. Kael es admirada por los mejores directores de la actualidad, pero en su momento era una de las voces más polémicas. Kael no tomaba prisioneros, destrozaba sin piedad todo lo que había que destrozar y odiaba la pretensión. Gracias a esto pudo elevar a la fama a directores como los gigantes Brian De Palma o Robert Altman. Kael defendía películas que no siempre eran del agrado del público y criticaba muchas de las que obtenían mayor alabanza. Jamás se arrepintió ni se disculpó.

Si dedicáramos el tiempo que usamos para ver malas películas –y el tiempo que gastamos criticándolas– en revisar la historia del cine y apreciar películas hechas antes de los 2000 –mi periodo favorito: los setenta–, tal vez aprenderíamos par de cosas. Entonces no solo prescindiríamos de las películas malas, que siempre han existido y existirán, también podríamos identificar las farsas que tratan de pasar por buenas, cosa que al parecer no estamos haciendo.

A veces pienso que todo el esfuerzo de Pauline Kael se perdió, pero, como siempre, me gustaría estar equivocado.