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Álvaro Requena

Los símbolos del poder

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Desde siempre, casi todos aquellos que asumen el poder, llegando a él por el método que sea o porque los ponen allí, se sienten en la necesidad de mostrar públicamente símbolos que lo denoten. Algunos de esos símbolos son las coronas, los cetros, las espadas, las charreteras y los bastones de mando. Por supuesto que hubo muchos gobernantes y mandamases que no necesitaron mostrar símbolo alguno para ser reconocidos.

A veces, con sólo ser protagonistas de cuentos y anécdotas, se conocían los personajes y se calibraba la cantidad y calidad del poder que detentaban. Otras veces, las menos, a pesar de los símbolos y algunos cuentos y anécdotas de fabricación apresurada y fantasiosa, nadie le paraba bolas al gobernante y entonces este se veía en la necesidad de gastar millones en inventar cuentos, despaturrar gente y usar símbolos de poder estrambóticos.

En la actualidad, se puede decir que para algunos países en pleno desarrollo de sus economías, sociedades y formas alternativas de gobierno no democráticas, pero sí renacentistas en el sentido de repetición de modelos ya trillados, resulta que los modelos de los símbolos del poder han sufrido cambios insólitos.

Tomemos, por ejemplo, un país caribeño, isleño o no. Da lo mismo. Son esquemas similares de comportamiento autoritario con variantes mínimas indiscutidas y de uso generalizado y no cuestionado. Símbolos del poder: 1. Viajes de presentación a países acreedores o beneficiados por la largueza gubernamental o negocios aledaños, y a sitios de similar desigualdad política y judicial; 2. Insultos y escarnio público de otras figuras de poder, legítimas y de consideración sociopolíticas más democráticamente aceptadas; 3. Restricción informativa y de cobertura periodística para quienes no son aceptados por el gobierno como obsecuentes; 4. Enarbolar las banderas de lo imposible, que seguirá igual por la complicidad, pero con nuevos campeones de la lucha contra la corrupción; 5. Desarticulación y exposición de evidentísimos planes de magnicidio, llevados a cabo por siniestros personajes contratados por obvios líderes, que habiendo detentado el poder no necesitaron de tanto bombo y fanfarria para mostrar su capacidad política y de gobierno. El develar esos planes pone en evidencia que los estrategas que los concibieron eran unos cuscurros advenedizos que estaban aprendiendo a ser malucos.

Estos símbolos están establecidos como necesidades imperiosas para el uniforme de gala del gobernante. Así pues, en una mano la constitución que no se aplica, en la otra, el dedo índice recto a ver si se posa el pajarito que transmite la novedad del futuro, y en el pecho el alivio de haberse salvado, una vez más, de ese odioso intento de asesinato que hay que sacar a relucir para demostrar que uno es importante y lo sabe.