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Samuel González-Seijas

Que siga sonando

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Murió Cheo Feliciano. De acuerdo con palabras de su mujer, regresaba de una pasada por el casino, adonde había ido aún ignorando la petición que ella le había hecho: “no vayas". Murió mientras regresaba a casa, en su automóvil, por una vía de San Juan de Puerto Rico. Tenía 78 años. Muere en el choque contra un objeto fijo, un poste, al parecer. De este modo, desaparece alguien que tuvo que sortear no pocas adversidades en la vida y que a pulso de trabajo y de talento artístico pudo ir esquivando, cuanto le fue posible esquivar. Quizá lo que hizo fue aplazarlas. Ellas lo seguían esperando, literalmente, en una curva del camino.

Quien conoce algo de su vida sabe que fue hombre que probó casi todo: el amor, la gracia, el éxito, los paraísos artificiales, la debacle, el presidio. Y, luego, el salir de la caverna y volver a cantar. Su gusto enorme podía sentírsele en la hondura, en la cadencia y el dejo de negro elegante que tenía, criado para el goce interminablemente triste del Caribe. ¿No ha sido su voz, para gran parte de los latinoamericanos, un sonido natural como el de algún pájaro selvático, un sonido de la manigua colada en el jazz de las ciudades? Es el sonido de la infancia en el barrio, el que salía de un radio cantabile y que hacía de coro en las horas lentas pero también sobresaltadas del cuerpo. Cuánta vida interpretada para acompañar la desesperanza pobre, esas mañanas y tardes de ollas, de patios mojados, de chorro que golpea el suelo del baño; de días de otras músicas y otros radios, algunos discretos, otros dando alaridos en las ventanas del vecindario, como cables enmarañados que chocan sus descargas.

En la voz de Cheo puede recobrarse una infancia. Fue tantas veces el arrullo de un padre bonachón, que habla con vozarrón de dios de las tormentas y sonrisa de octava de piano. Un dios que juega y acaricia. Yo tuve una casa en la que su canto disolvía los silencios y los espacios largamente entumecidos. Esa virilidad que tenía para cantar esparcía en el ambiente bríos como de caballo joven que sabe recibir el polen vaginal de la noche. Era un dios de aceite para la piel de las hembras. Ellas lo adoraban.

Cheo Feliciano despertaba todo eso. Era constatable en las rumbas que improvisaban mis tíos. Hoy las evoco como fotografías de mi álbum de familia. En la sala de aquella casa había un picó de madera, largo y algo imponente, como un mayordomo de hotel venido a menos. En él escuché casi todos mis discos infantiles. Hasta que en un golpe de suerte, el abuelo llegó a la casa con un equipo japonés, plato, deck, amplificador y cornetas tres vías. Entonces el viejo mayordomo salió con la misma discreción con la que había permanecido en la sala. Nunca supe cómo ni cuándo marchó a su exilio definitivo. Allí escuché por primera vez la voz de Cheo, aunque mis platos principales variaban desde Simón Díaz hasta las canciones del Chavo del Ocho. En ocasiones algún Gardel para consolar al abuelo. Desde ellos, El Cheo era lanzado al ruedo de la sala por mis tíos bailadores y escanciadores de ron. Eran fiestas de viernes o sábados, jamás de los domingos. Escuché sus canciones de juerga, sus improvisaciones, su montuno bien sembrado y arborescente, sus lamentos de negro borincano.
Él fue nuestra fiesta, así como de igual modo lo fueron sus acompañantes permanentes: Blades, el Pete Conde, Celia, Richie y Bobby, Willie, Harlow y el otro dios: Ismael Rivera. Ellos hacían nuestra celebración relámpago de los incansables fines de semana, en las que se barría la telaraña oficinesca y el aburrimiento de los mojigatos años setenta. Años de petróleo bonchón, de grandeza con pata de palo, en los que yo nací.


Mi madre lo ama. Yo heredé de ella, por ese apéndice umbilical que nos une, el respeto y la intimidad hacia su música. ¡Qué siga sonando!