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Tulio Hernández

Un fuera de serie

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Ahora que Simón Alberto Consalvi ya no está entre nosotros he estado pensando en cómo definir su perfil frente a alguien que no haya conocido ni su obra ni su persona. Porque llamarle intelectual, escritor, periodista, dirigente político, diplomático, ministro, canciller, editor o promotor cultural, así a secas, me resulta insuficiente.

En sentido estricto, lo que mejor define a Consalvi es su capacidad para haber ejercido con talento y probidad todos esos oficios y vocaciones, destacarse en cada uno de ellos y transferirles los saberes y experiencias de los unos a los demás, y convertirse así en una suerte de espíritu renacentista del siglo XX o, como le gusta llamar a Antanas Mockus, en un “anfibio cultural”.

Por eso creo que la mejor manera de presentarlo es anunciándolo como un fuera de serie, una figura excepcional entre los hombres públicos venezolanos de los siglos XX y XXI que mantuvo un persistente compromiso político con el destino del país, una convicción profunda en torno al valor de la democracia, y una pasión por el pensamiento y la memoria histórica mantenida con vitalidad y capacidad productiva hasta el final de su vida.

Cuando se estudien en detalle sus aportes concretos en los tan diversos campos en los que actuó; cuando sumemos, por ejemplo, el valor de su prolífica obra escrita, el peso de su valiente actuación –prisión incluida en los años de resistencia contra de la dictadura de Pérez Jiménez, su intervención decisiva en la ampliación de la plataforma marítima de los países caribeños, su trabajo para la mediación y reconciliación con la izquierda guerrillera o su aporte en las negociaciones paz en los conflictos bélicos de Centroamérica en la década 1970-1980, entre tantos otros ejemplos–, entonces nos vamos a llevar una sorpresa y vamos a terminar de comprender por qué estamos ante una figura excepcional.

Pero entre todos sus aportes hay uno que me parece decisivo: su intervención como promotor cultural y, especialmente, su responsabilidad en la construcción de la primera institucionalidad cultura estatal que tuvo Venezuela gracias al advenimiento de la democracia en 1958.

Consalvi, con el apoyo de Mariano Picón Salas y Ramón J. Velásquez, logró convencer al presidente Raúl Leoni y a su equipo de la creación, en 1965, del Instituto de Cultura y Bellas Artes, el primer organismo autónomo que se creó en el país para la ejecución de políticas culturales de Estado. Pero también fue artífice de la creación de Monte Ávila, la primera gran editorial del Estado que junto con el Fondo de Cultura Económica de México fueron modelo y ejemplo en toda América Latina.

Eran tiempos de ebullición cultural. En 1967 se creó el Premio Internacional de Novela Rómulo Gallegos, que en su primera edición ganó un joven de 32 años llamado Mario Vargas Llosa. Y el mismo año se creó la revista Imagen, a cargo en sus primeros tiempos de Guillermo Sucre y Esdras Parra. Allí también estaba la mano impulsora de Consalvi.

Pero, saltándonos por razones de espacio muchas de sus otras contribuciones, probablemente uno de sus proyectos finales, la Biblioteca Biográfica Venezolana, editada por El Nacional con el respaldo del Banco Caribe, sea uno de sus más importantes aportes a la cultura y la memoria del país.

Consalvi, que entendía a plenitud la importancia de la memoria colectiva para la cohesión social de una nación, y dentro de esa memoria el valor decisivo de reconocer, agradecer o condenar el aporte o los daños generados por los personajes con peso histórico en el devenir de la nación, se propuso promover una colección que se dedicara a las biografías de venezolanos destacados. Con una particularidad, que se tratara no sólo de las clásicas biografías de próceres y políticos, sino que incluyera también académicos, empresarios, artistas religiosos, deportistas y otras profesiones. Lo logró.

Alberto Barrera Tyszka y el autor de estas líneas, además de amistad, compartimos durante dieciséis años esta página con Simón Alberto Consalvi. Al saber la noticia nos hablamos por teléfono para recordarlo con cariño y despedir al vecino. Lo extrañaremos. De ahora en adelante siempre la página estará incompleta. Buen viaje, Simón.