• Caracas (Venezuela)

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Alberto Soria

La señora del carrito

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En la gastronomía local, dos enigmas perduran.

¿Quiénes serán las señoras que elaboran los postres del carrito? De cada cinco sitios, cuatro y medio tienen esas famosas alternativas. Sin que el comensal proteste. El segundo enigma es por qué en todos los restaurantes quien ofrece los postres del carrito es último en la fila de prestigios de la casa. El más novato.

I

El valor de la repostería nacional es enorme, pero anónimo. No hay familia en la que manos femeninas no le den al corazón gozo, a la celebración sentido y, hasta hace poco, a la sobremesa alegría y cierre magistral.

Quien no tiene repostera con fama en la familia, la pide prestada. Y eso es de buen ver. Tan de buen ver que el sector informal se las presta a todos los que tienen patente y licencia de licores, pero en repostería son huérfanos.

No verá el lector ningún carrito proclamando de quiénes son las delicias que algunos imaginan que son pecado, y otros, exceso. Puede el comensal despachar cuatro whiskys, vodkas o rones, pero se abstiene del postre “porque tiene muchas calorías”.

Las señoritas de la modernidad huyen del carrito como del diablo. Supone uno que cuando los demás la observan disfrutar un merengón o una torta de guayaba, de inmediato la disculpan. “Es que ella tiene una gorda en el corazón”.  O mejor aún, piensan que está pasando un mal momento, o ha tomado la decisión de no competir por el Miss Venezuela.

Observando en los restaurantes a los jóvenes, se advierte la fuerza de voluntad que exige la playa y la figura. En las fiestas, los postres ocupan un lugar preferencial en la ambientación. Están más allá de los arreglos florales, pero más acá de lo prohibido. Los muchachos los miran pero no los tocan. Prefieren darle duro a los tequeños, siguiendo el ejemplo de los mayores, que con continuidad y parsimonia dicen al mesonero: “Échele, pero no me vaya a cambiar el vaso”.

II

¿Por qué el más novato e inexperto es quien conduce el carrito de la señora de los postres? No es un problema de memoria, ni de entrenamiento. Porque las doñitas, si bien repiten sus platos magistrales, no se les ocurre hacer cocina de falsa vanguardia. No hay –por ejemplo– “tembladera de azúcar, leche y huevos en su espejo de caramelo”, sino Flan.