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Vicente Díaz

La semilla de su propia destrucción

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El cerebro humano está diseñado para resolver problemas. Por eso es tan difícil poner la mente en blanco, necesita estímulo permanente.

Un cerebro sin problemas se los inventa.

Por eso la felicidad es intrínsecamente temporal. Sólo dejamos de resolver problemas, grandes o pequeños, reales o ficticios, con la muerte.

Y esa potencia y concentración en la resolución de problemas nos ha hecho los reyes de la creación.

Estamos a punto de desentrañar las leyes últimas del cosmos y ya nos aprestamos a conquistar otros mundos.

Pero esa pulsión a resolver problemas es también una especie de maldición.

Nos ha hecho inconformes. Siempre queremos más: los atletas nuevos récords, los escritores nuevos libros, los amantes más amor, los científicos más conocimiento, los empresarios más clientes, los trabajadores más beneficios.

 Los países que liberan y potencian esa capacidad de descubrir, fundar y crear, alcanzan ritmos vertiginosos de crecimiento y desarrollo.

China, mientras el Estado trataba de controlar qué se producía, consumía o hacía, permaneció estancada, con su población condenada a la pobreza y el subdesarrollo.

Cuando Den Xiao Ping descubrió el poder del emprendimiento personal liberó las fuerzas productivas del gigante amarillo.

Cualquier otro esquema es inviable. Fracasa. Tarde o temprano.

Cuando es el Estado el que resuelve siempre los problemas, estos serán siempre del Estado.

Pero por cada problema que el Estado resuelva, los individuos siempre querrán más.

Si hoy me diste un ambulatorio mañana lo quiero con tomógrafo, y si me pones el tomógrafo, ahora tiene que tener resonancia magnética.

Y así hasta el infinito. Las expectativas son crecientes, limitadas por el infinito. El Estado nunca estará en capacidad de satisfacerlas.

Y expectativa no satisfecha es desencanto.

 El desencanto en política se traduce en apatía o rebeldía; electoralmente, en abstención o castigo. Los sistemas político-sociales tarde o temprano necesitan que los individuos sean parte del cumplimiento de esas expectativas.

 En una sociedad donde la gente piensa que para conseguir más hay que aportar más, la disposición personal a aportar será la medida y límite de esas expectativas.

 Por el contrario, en un país donde se le dice a la gente que su mala situación personal es culpa de políticos o burgueses que les han robado, la expectativa será que alguien recupere lo robado y redistribuya esa riqueza: la gente demandará cada vez más de cualquier vengador que haya venido a resolver los problemas.

 La demanda es ilimitada cuando la gente considera que aspira a un derecho natural y no a la contraprestación de un aporte.

 Esa es la semilla que albergan en su seno todas las sociedades marxistas y que ha culminado con su propia destrucción.

 En las sociedades abiertas la espiral de aspiraciones es un aliciente al desarrollo. En las colonizadas por el Estado, esta revolución de expectativas siempre ha acabado con la otra revolución.

 Y eso es así cuando el Estado ha sido eficiente satisfaciendo necesidades, imaginen cuando no lo ha sido.