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Elías Pino Iturrieta

Los santos empresarios

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Los políticos, especialmente los que viven en la MUD, pagan los platos rotos frente a la opinión pública. Todo se les achaca cuando no funcionan las cosas. A la hora de pasar facturas fáciles, basta mirar a los jefes de los partidos para el encuentro de lo que se quiere buscar sin mucho esfuerzo. Están a mano porque son los más visibles y porque les cuesta responder los ataques cotidianos de quienes son sus aliados naturales, según se supone. Demasiado abultado ese blanco, como para pelar el dardo envenenado. ¿Para qué mirar hacia otros responsables, si ya existen unos mandados a hacer por la impaciencia y por el extremismo? No les falta razón a los descontentos, pues no todo lo han hecho bien los líderes que han enfrentado al chavismo, pero un ataque así de unilateral impide el descubrimiento de otros factores a quienes se debe mirar a la hora de descubrir las falencias y los errores de la oposición. Hoy el escribidor se acerca a uno de ellos, al cual nadie ha tocado ni con el pétalo de una rosa.

Se trata de los empresarios, a quienes difícilmente se puede someter a crítica por el hecho de que, desde el advenimiento del chavismo, han sido objeto de terribles persecuciones. Como el gobierno lleva quince años en una cruzada contra la propiedad privada y contra la riqueza que ella crea y multiplica, no resulta sencillo relacionar a los detentadores de los bienes de capital y a los emprendedores de diferente especie, con un argumento capaz de meterlos en el saco de los fracasos que solo se les achacan a los políticos. Los empresarios son las víctimas, por una parte, pero también han insistido en proclamar su distancia de la actividad política y aún la alergia que les produce. De allí que, en general, salgan lisos a la hora de los inventarios, colocados en el altar de los mártires o en la sección de la “gente decente” que evita el juego sucio de la gente de los partidos.

Por eso pasamos a su lado de puntillas, por eso no perturbamos su respetable condición de ovejas mancilladas o de limpios caballeros, como si de veras se cometiera un exceso al relacionarlos con la permanencia de la “revolución” y con los defectos de los opositores. Sin embargo, apenas basta un vistazo para topar con sus modosos documentos, en los cuales hacen bien cuando se ocupan de la defensa de su parcela, pero en cuyos contenidos faltan posiciones resueltas frente a las urgencias de la república. Es cierto que el gobierno les busca la vuelta si se ponen respondones, pero también es evidente que se esmeran en hacer fatigosos rodeos para sacarle el cuerpo a la jeringa. Es cierto que pueden perder mucho si se pasan de la raya, pero no solo en el ámbito de los recursos de su fortuna sino también en sus credenciales de ciudadanía. ¿No será por eso que dejan solos a los políticos de la oposición, y que por eso no se retratan con ellos, y que por eso los ayudan con una renuencia que clama al cielo?

Pero hay otro punto, que nadie ha presentado en letra de imprenta: a muchos les conviene la permanencia de la “revolución” porque se han aprovechado de ella para abultar el bolsillo, porque han fomentado o iniciado jugosos negocios en la compañía del chavismo o viendo cómo relacionan su interés con la necesidad de los rojos-rojitos: o, al principio, con la inexperiencia de unos advenedizos en las grandes ligas que aprenden poco a poco con la asesoría de los veteranos. No se habla ahora de la llamada “boliburguesía”, que parece una criatura más flamante y diversa, sino de capitalistas más antiguos y establecidos a quienes los últimos lustros se les convirtieron en bendición pese a los pregonados combates contra la propiedad que han escuchado durante tres lustros. Una cosa les llega al oído, pero la caja registradora tiene una curiosa manera de escuchar, habitualmente alejada de los ruidos que atormentan a la gente común.

La conducta tiene excepciones, pero tan contadas que no sugieren el cambio de unas afirmaciones cuyo propósito ha consistido en llamar la atención sobre cómo nos equivocamos en el reproche exclusivo de los políticos más mentados cuando la insensibilidad, la desgana, la frialdad, el cálculo y el egoísmo campean en otros espacios de las alturas.

epinoiturrieta@el-nacional.com