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Armando Durán

La salud del Presidente

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Desde hace año y medio los venezolanos de todas las tendencias políticas han seguido con atención el desarrollo del cáncer que padece Hugo Chávez. Consternados, hemos sido testigos (no informados pero sí solidarios) de sus vicisitudes quirúrgicas y de los penosos efectos causados por los tratamientos de quimio y radio a que ha tenido que ser sometido a lo largo de meses interminables. Finalmente llegó el día en que se nos dijo que Chávez ya estaba curado de todo mal gracias a las maravillas de la medicina cubana. Un serio error de cálculo, pues a los pocos meses tuvo que volver al quirófano y someterse a una tercera intervención: el tumor extirpado había resistido todos los embates de la ciencia y volvía a desarrollarse vorazmente en el mismo y profundo punto donde había surgido el otro, meses atrás. Hasta que ahora, cuando creíamos haber perdido para siempre el temor a las recurrencias amenazantes y a los peligros nuevos, cuando se suponía que Chávez entraba en una etapa de plena recuperación, ¡zassss!, otra vez algo inesperado ha vuelto a interponerse en su camino y muy probablemente en la historia de Venezuela. Sin que los ciudadanos tampoco sepamos a ciencia cierta qué pasa realmente en el corazón de las tinieblas.

Según la escueta versión de Nicolás Maduro, a pesar de los aspavientos, las cortinas de humo y el secreto, este viaje a Cuba sólo responde a necesidades (¿rutinarias?) de su tratamiento, pues Chávez está bien y pronto estará mejor. ¡Por favor, canciller! Para decir esto lo mejor era haber guardado un discreto y diplomático silencio. Sobre todo porque su compañero de gabinete Ernesto Villegas le añadió leña a un fuego que no le convenía al régimen que se propagara: Chávez estará de regreso en Venezuela para el 10 de enero, día de su nueva juramentación como Presidente de la República. Estas fueron las palabras del ministro de Información y lo que todos entendimos fue que Chávez no regresaría al país sino para los actos del 10 de enero, exactamente 94 días después de una ausencia física y política que se inició el 8 de octubre, en el llamado balcón del pueblo del Palacio de Miraflores, donde se había hecho presente para celebrar con sus partidarios la victoria electoral del día anterior.

Nadie pone en duda el derecho de cualquier enfermo de ocuparse en exclusiva de su curación. Nadie puede tampoco negarle su derecho de silenciar los detalles de una enfermedad que en definitiva sólo les concierne a él y a los suyos. En este caso, sin embargo, la situación es otra muy distinta. El enfermo no es un ciudadano anónimo, sino el jefe del Estado y del Gobierno. Un dato al que debemos añadir el hecho de que en la Venezuela bolivariana rige una institucionalidad muy particular. Aunque la Constitución advierte que la soberanía nacional radica en el pueblo, lo cierto es que sólo en las manos de Chávez comienza y termina todo, y nadie, absolutamente nadie, ni sus vicepresidentes de turno, se han atrevido jamás, ni cuando él se hallaba bajo los efectos de la anestesia o en delicado estado de recuperación postoperatoria, a tomar la menor iniciativa.

Este es un hecho insólito en la historia nacional, un gobierno sin gobernante, y los venezolanos tenemos derecho a que el régimen descorra la cortina de espeso silencio que nos oculta verdades tan esenciales como la naturaleza del cáncer presidencial o la posibilidad real de que Chávez pueda encargarse de nuevo de las funciones para las que fue elegido el 7 de octubre. Tienen derecho los ciudadanos de saber todas las verdades relacionadas con la salud del Presidente, con el tipo de cáncer que padece, si ha habido o puede llegar a producirse una mortífera metástasis, ¿por qué tanto y tan inútil silencio? Y ahora, gracias al precipitado anuncio de Villegas, tienen derecho a qué les digan si Chávez está o estará en condiciones de seguir siendo Presidente o si poco después de juramentar su cargo, o incluso antes, se verá obligado a abandonarlo.

Esta es la cruel, indeseable e irremediable realidad del momento actual y del debate constitucional en marcha sobre una posible sucesión presidencial a muy corto plazo. Una realidad cuyo origen no se encuentra en la maldad de alguien, sino en el prolongado hermetismo oficial, mientras en la agenda del nuevo Gobierno se acumulan temas tan trascendentes como la creación del Estado comunal, la sociedad socialista, la devaluación del bolívar y el aumento substancial del precio de la gasolina.

Sencillamente, el fin del mundo. Y, por ahora, sin Presidente en funciones.